Disparos, represión
y falsas versiones
Así
el Estado
intentó ocultar...
...los asesinatos poselectorales
de 2024
Disparos, represión
y falsas versiones
Así
el Estado
intentó ocultar...
...los asesinatos poselectorales
de 2024
La letalidad de las actuaciones de los cuerpos de seguridad del Estado fue mayor en las protestas poselectorales de 2024. Las 25 personas asesinadas identificadas por Monitor de Víctimas y la Alianza Rebelde Investiga (ARI), conformada por Runrun.es, El Pitazo y TalCual, tenían heridas de bala. Más de la mitad recibió disparos en la parte superior del cuerpo, por encima de los hombros. Dos años después no hay justicia
Las muertes ocurrieron en nueve estados. De estos, ocho están entre los 10 más poblados del país. Cinco de estos son sedes de las Regiones Estratégicas de Defensa Integral (REDI), es decir, de las regiones militares establecidas en Venezuela por la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB)
Según el entonces fiscal general Tarek William Saab, en la masacre de San Jacinto, en Maracay, actuaron “grupos terroristas que realizaron disparos contra los funcionarios”. Sin embargo, seis de las siete víctimas son civiles. Testigos aseguraron que la balacera comenzó después de que la guardia nacional lanzara bombas lacrimógenas a la multitud
El caso del sargento primero de la GNB José Antonio Torrens Blanca, el único uniformado muerto durante las manifestaciones, es también el único que tiene una persona detenida por su asesinatos
Eran las 8:00 pm del lunes 29 de julio de 2024 cuando Jeison Javier Bracho Martínez salió junto a sus padre a protestar por el presunto fraude de los resultados de las elecciones presidenciales en Venezuela. Se unió a quienes manifestaban en las calles del sector El Limón, en la carretera Caracas - La Guaira, cuando una pareja de motorizados disparó contra ellos. Mientras el resto corrió para guarecerse de los balazos de los presuntos miembros de colectivos –grupos armados afectos al chavismo–, a Bracho Martínez lo alcanzó un proyectil en la cabeza.
En medio del revuelo, el padre del joven de 22 años logró trasladarlo en una moto hasta el Hospital Periférico de Catia “Dr. Ricardo Baquero González”, pero por las carencias del centro de salud lo remitieron al Hospital Dr. Miguel Pérez Carreño. Poco antes de la medianoche murió por la hemorragia que había sufrido.
Bracho Martínez no fue el único manifestante asesinado por los colectivos en julio de 2024. Los datos recogidos por Monitor de Víctimas y ARI indican que estos grupos cometieron al menos 20% (8) de los 25 homicidios que ocurrieron en medio de las protestas poselectorales y que, además, estuvieron presentes en 12 de las 16 manifestaciones donde se registraron muertes. Casi nunca actuaron solos. En 8 de esos 12 eventos estuvieron también fuerzas de seguridad del Estado, como cuerpos policiales o militares, que no impidieron que abrieran fuego contra la población.
Esa alianza también fue observada en el informe “Castigados por buscar un cambio. Asesinatos, desapariciones forzadas y detenciones arbitrarias tras las elecciones de 2024 en Venezuela”, de Human Rights Watch, que documentó “cómo, en muchos casos, las fuerzas de seguridad inicialmente trataron de controlar o dispersar las protestas utilizando barreras, lanzando gases lacrimógenos y deteniendo a los manifestantes. En caso de que las manifestaciones continuaran, miembros de los ‘colectivos’, a menudo armados, llegaban a la zona para intimidar o atacar a los manifestantes”.
Este reportaje siguió la pista de los asesinatos ocurridos en 2024 durante las manifestaciones generadas por el descontento de los resultados electorales. A través de entrevistas a familiares de las víctimas y testigos de los 25 homicidios, se revela un patrón represivo aplicado en las movilizaciones que, aunque guarda similitud con los ejecutados en las protestas masivas contra el gobierno en 2014, 2017 y 2019, confirma una mayor letalidad: disparos más arriba de los hombros, provenientes de armas de fuego cargadas con balas y no con municiones no letales. Además, se afianza la evidencia de que los colectivos actúan sin que el Estado lo impida y contraviene la tesis del gobierno según la cuál todas estas muertes fueron cometidas por civiles que respondían a las órdenes de la oposición para crear caos.
“Estos grupos (los colectivos armados) estuvieron activos en el control social de la protesta en los sectores populares (...) A medida de que el Gobierno se va tornando más autoritario y su legitimidad está seriamente cuestionada, ellos adquieren una mayor relevancia social y política para controlar el descontento de la población”, aseguró la socióloga e investigadora Verónica Zubillaga, quien durante años ha dedicado parte de sus estudios a los colectivos.
Zubillaga advirtió que, en la última década, estos colectivos han atravesado una especie de proceso de legalización: pasaron de estar en una “zona gris” a tener una función social clave en las comunidades, como estar vinculados a los consejos comunales, convertirse en fundaciones o ser miembros de la reserva de la Milicia Nacional Bolivariana, integrada por ciudadanos que no están en el servicio militar.
En esa misma línea, el abogado, activista y miembro de la ONG Programa Venezolano de Educación y Acción en Derechos Humanos (PROVEA), Marino Alvarado, señaló que aunque hubo participación de los colectivos en las protestas, estos grupos “se han dedicado los últimos años a administrar los múltiples negocios que tienen (...) Su participación en la escena política se ha ido reduciendo porque al final algunos se han convertido en maquinarias para hacer dinero”.
El mismo día que asesinaron a Bracho Martínez en Caracas, hubo otros dos casos sucedidos en la capital a manos de presuntos colectivos. La tarde del 29 de julio, Jeison Gabriel España Guillén, de 18 años, protestaba en la avenida San Martín, al oeste de la capital venezolana, junto a su familia y vecinos. Un día antes, había votado por primera vez en una elección. Estaba convencido de que el voto de los jóvenes cambiaría el destino del país y por eso, apenas cumplió la mayoría de edad, se inscribió en el Registro Electoral. Pero mientras reclamaba, un disparo en el tórax lo desplomó en el pavimento.
La ráfaga de disparos provino de decenas de motorizados, muchos encapuchados, que rodearon el lugar. Allí también hirieron a Edgar Alexander Aristiguieta Orta, de 42 años de edad, un obrero ajeno a la manifestación que regresaba de trabajar en una obra en el barrio El Guarataro. Antes de irse a casa, se detuvo muy cerca de donde estaba España Guillén, en la entrada de la estación del Metro Capuchinos, a observar a quienes protestaban, cuando fue alcanzado por una bala en la nuca que lo mató.
Aristiguieta Orta era padre de cuatro hijos y hace poco había logrado conseguir ese empleo fijo luego de pasar años en trabajos informales como lavar carros en la calle y cortar monte.
A los asesinatos de Bracho Martínez, España Guillén y Aristiguieta Orta a manos de colectivos se sumó el de Walter Loren Páez Lucena, de 29 años, el 30 de julio de 2024 en Carora, estado Lara. Manifestantes que estuvieron al momento que cayó herido aseguraron que los pistoleros que actuaron desde el techo de la sede del PSUV eran civiles encapuchados.
En el informe de HRW sobre las protestas se destaca que Páez Lucena dijo a su madre antes de morir que los disparos fueron hechos por encapuchados desde el lugar mencionado. En el documento se describió que un análisis balístico de la policía encontró casquillos de bala en el piso superior del edificio, lo que les permitió concluir que el tiroteo se produjo desde la casa del partido de gobierno.
Otro caso ocurrió muy cerca de una sede del PSUV en el estado Zulia. Isaías Jacob Fuenmayor González, un adolescente de 15 años, fue baleado en el cuello mientras conversaba con amigos cerca de una protesta que se desarrollaba la noche del 29 de julio. Estaba en la avenida 39 de San Francisco, en la esquina con la calle 161, cerca del Liceo Eduardo Mathías Lossada, un centro de votación, y de la sede local del partido de gobierno. El adolescente venía de practicar un baile de 15 años. Testigos en la zona aseguraron que hombres armados llegaron en motos y dispararon contra los manifestantes y una de esas balas hirió de muerte a Isaías. También pudieron identificar a una de las personas que disparó: uno de los escoltas de Omar Prieto, el exgobernador chavista de la entidad y alcalde durante dos períodos de ese municipio.
Zubillaga resaltó que, en esas actuaciones de los colectivos en los sectores populares hay “zonas borrosas” porque muchos miembros de estos grupos también son policías que van sin identificación ni uniforme.
La inclusión de policías dentro de los colectivos ha sido alertada por expertos y se ha comprobado con hechos. El más claro fue el homicidio de Heyker Leobaldo Vásquez Ferrera, uno de los agentes de las extintas Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) en enero de 2018, cuando murió al ser presuntamente atacado por el masacrado exinspector del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), Óscar Pérez, quien se había rebelado contra Nicolás Maduro. Su funeral, en la parroquia 23 de Enero, estuvo rodeada de funcionarios policiales pero también de colectivos de la zona, porque Vásquez Ferrera era el líder de Tres Raíces, uno de los colectivos con mayor poder de fuego en esta zona controlada desde hace años por el chavismo y estos grupos armados.
Funeral de Vásquez, jefe de Tres Raíces y funcionario de las FAES | Fuente: Runrun.es
Para Zubillaga, hay suficiente evidencia de las armas con las que cuentan estos grupos y esto se debe un problema estructural que sufre el país desde hace años: el descontrol de la tenencia de armas. “Lo digo porque yo estuve en la Comisión Presidencial para el Control de Armas y Desarme y ese era un problema que no se resolvió. El acceso a estas en el país es muy fácil. No hay control”, sentenció.
Hay otros casos que enlazan la actuación de los colectivos con los gobiernos locales, como el de Luis Eduardo Roberto Hernández, joven comerciante de oro y mototaxista, de 19 años, a quien mataron con un disparo en la cabeza en Upata, estado Bolívar, cuando se desarrollaba una protesta en la plaza central de esa localidad, en las adyacencias de la Alcaldía de Piar. Personas vinculadas a la víctima así como testigos han confirmado que su asesinato ocurrió por las ráfagas de balazos de los colectivos que son cercanos a la Alcaldía que, en ese entonces estaba a cargo de la hoy gobernadora de la entidad, Yulisbeth García.
Disparos letales
contra la juventud
Bracho Martínez tenía 22 años, la edad que más se repitió entre las 25 víctimas de homicidio en medio de las protestas poselectorales. La edad promedio de quienes cayeron es 27 años. En ese grupo hay un menor de edad. 68% (17) de los que mataron ni siquiera llegaba a los 30 años.
En años anteriores de protestas masivas, la mayoría de las víctimas recibía disparos en el tórax, no por encima de los hombros. En 2017, por ejemplo, 21% (24 de 157) de los abaleados registrados recibió impactos en la cabeza, rostro o cuello. En 2019, ese porcentaje bajó a 14% (6 de 42). Eso cambió en las manifestaciones de 2025.
Tal como le ocurrió a Bracho Martínez en la carretera Caracas-La Guaira, 56% (14) de los presuntamente asesinados recibió disparos letales por encima de sus hombros: a uno lo impactaron en el rostro, a seis en la cabeza y a otros ocho en el cuello.
Hubo cinco personas (20%) con heridas en el tórax, mientras que a dos (8%) les dispararon en la espalda, y a otros dos (8%) en el abdomen. Solo una persona recibió un disparo letal en la pierna. En uno de los casos no se pudo precisar cuál parte del cuerpo fue impactada.
“Todos los disparos de arma de fuego que mataron a los manifestantes en los eventos en los que miembros de la GNB realizaron operativos de orden público impactaron zonas vitales de los cuerpos de las víctimas. Los seis manifestantes que murieron en la protesta de Maracay recibieron los disparos en la cabeza, cuello, tórax y/o abdomen. Las dos personas muertas en la protesta de El Valle recibieron los disparos en el tórax. La persona que murió en el municipio de San Francisco recibió un tiro en el cuello”, se lee en el informe de la Misión de la ONU “Crímenes de lesa humanidad: el rol de la Guardia Nacional Bolivariana” .
La mayoría de los balazos, 72% (18), provino de armas cortas, mientras que 28% (7) se hizo con armas largas. Estas últimas fueron presuntamente utilizadas por militares.
Bracho Martínez se había graduado de bachiller y seis meses antes de su homicidio había comenzado a trabajar como vigilante en una empresa en Altamira, uno de los sectores más elitescos de Caracas. Como él, 36% (9) de las víctimas trabajaba en el sector obrero (albañiles, camioneros). Otro 24% (6) tenía trabajos precarios como barberos, luncheros o vendedores en negocios pequeños. Y 8% (2) tenía empleos informales (mototaxistas, comerciantes). Solo 8% (2) estudiaba y uno (4%) de ellos era un sargento de la Guardia Nacional.
Mapa de
la represión
En el mapa de los homicidios durante las protestas poselectorales, se dibuja una franja roja en el norte del país que se desplaza desde el centro hasta el occidente. Pasa por los estados venezolanos más poblados –ocho están entre los 10 con más habitantes–, en donde hubo movilizaciones tanto en las capitales como en los pueblos. El único estado del sur que sumó una muerte fue Bolívar.
Cinco de los nueve estados en donde sucedieron las muertes son sedes de Regiones Estratégicas de Defensa Integral (REDI), es decir, de las regiones militares establecidas en Venezuela por la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). En Distrito Capital está la sede de la REDI Capital; mientras que en Aragua está la de la REDI Central. En Zulia se hallan las oficinas de la REDI Occidental (comandado por Alejandro Rafael Díaz Espinosa en esos días); en Bolívar, las del REDI Guayana; y en Táchira, las de la REDI Los Andes.
Llama la atención que cuatro de los cinco comandantes de estas REDI fueron ascendidos poco después. Johan Alexander Hernández Lárez, de la REDI Capital, es hoy comandante general del Ejército. Su hermano, Domingo Hernández Lárez, fue comandante del Comando Estratégico Operacional de la FANB (CEOFANB). Orlando Ramón Romero Bolivar, a cargo de la REDI Central, es el actual comandante general de la Milicia Bolivariana, mientras que el entonces comandante de la REDI Guayana, Rafael David Prieto Martínez, fue Inspector General de la FANB y desde marzo de 2026 es comandante del CEOFANB. Quien regía la REDI Occidental, Manuel Enrique Castillo Rengifo, meses después fue designado subcomandante y Jefe del Estado Mayor Conjunto del Comando Estratégico Operacional de la Fuerza Armada (CEOFANB). En julio de 2025 pasó a retiro.
76% de las muertes durante las protestas de 2024 sucedió en áreas urbanas clave de las regiones Capital y Central de Venezuela (Caracas, Maracay y ciudades satélite de Miranda y Carabobo). En Distrito Capital ocurrió 32% (8) de los presuntos asesinatos, seguido de Aragua con 28% (7) de las víctimas. En Carabobo, Miranda y Zulia hubo dos homicidios en cada estado (8% por región), mientras que en Táchira, Bolívar, Lara y Yaracuy, hubo una muerte en cada uno, 4% en cada lugar.
Masacre
en San Jacinto
Dos testigos describieron el momento. Los manifestantes que se habían reunido desde las 2:30 pm del 29 de julio de 2024 en la redoma de San Jacinto, en Maracay (Aragua), decidieron avanzar y concentrarse frente al portón de la 99 Brigada de Fuerzas Especiales “GJ Félix Antonio Velásquez” –también conocida como la antigua Brigada 42 Infanteria Paracaidista– creada por el exministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, en 2017 con el objetivo de defender el gobierno de Nicolás Maduro de una hipotética invasión militar extranjera. Allí se apostaron para reclamar por los resultados electorales de la jornada anterior y pedir que se unieran al reclamo.
Quienes protestaban no estaban solos. Entre los manifestantes, de acuerdo con el testimonio de un testigo, se infiltraron civiles armados que empezaron a caldear los ánimos.
“Ahí había gente buena, que estaba manifestando, carceroleando, pero había un grupo, muy minoritario, unos 60 quizás, que tenía otra intención. Eran malandritos, chamos drogados, con las caras tapadas”, aseguró una de las fuentes consultadas que presenció los hechos. Presumió que se trataba de colectivos chavistas.
El testigo afirmó que cuando comenzó la aglomeración, salieron al paso efectivos armados del Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro (CONAS) de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), que conformaron una especie de punto de control frente a la Brigada junto con otros miembros de la GNB.
“Ahí salió el comandante y les dijo (a los manifestantes): ‘retírense, este no es lugar para ustedes. Esto es una institución militar. Nosotros no podemos atenderlos’”, comentó la fuente que estuvo en el lugar. La multitud comenzó a irse del sitio, pero a los pocos minutos, ingresaron dos tanquetas a la Brigada. El gesto hizo que la gente regresara a protestar frente al portón. Eran ya las 5:30 pm.
En ese momento, arribaron más guardias nacionales y formaron otro piquete, esta vez, unos 20 pasos más adelante del grupo anterior. A 100 metros, en un escampado en la avenida Bolívar, entre las avenidas Maracay y 2 Oeste, decenas de funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana se instalaron listos para reprimir.
Minutos después, de entre los dos piquetes de guardias nacionales, dispararon tres bombas lacrimógenas hacia los manifestantes. Allí empezó la masacre.
“De ahí en adelante, eso fue plomo parejo. Y empezaron a sonar disparos, disparos, disparos, piedras. De allá para acá y de aquí para allá”, contó un segundo testigo.
Los informes de la Misión Internacional de Determinación de los Hechos sobre Venezuela de la Organización de Naciones Unidas (ONU) (septiembre, 2025) y de Human Rights Watch (abril, 2025), coinciden en que la escalada violenta comenzó luego de las bombas lacrimógenas.
Según la Misión, los manifestantes lanzaron piedras, bombas molotov, y otros elementos que provocaron que los uniformados “usaran fuerza potencialmente letal, de manera indiscriminada y sin justificación válida”. La organización tomó como fuentes los testimonios de testigos, víctimas y familiares, corroborados con videos, una pericia forense independiente e información de fuentes abiertas. Con todo ello concluyó que existen “motivos razonables para creer que la GNB y el Ejército dispararon armas de fuego contra los manifestantes”.
Los uniformados no estaban solos en la Brigada. Otro grupo de guardias nacionales que se había apostado al final de la avenida 2 Oeste, en las adyacencias del diario El Aragüeño, se unió a los funcionarios de la PNB y disparó hacia los manifestantes de la avenida Bolívar. Allí cayó la primera víctima: Rancés Daniel Yzarra Bolívar, un ingeniero y comerciante de 30 años. A ese mismo contingente de soldados pertenecía el único uniformado que murió en la masacre: el sargento primero de la GNB, José Antonio Torrens Blanca, a quien presuntamente hirieron mientras estaba en el escampado.
El asesinato de Yzarra Bolívar despertó la ira de quienes protestaban. Así, arremetieron contra los policías y los despojaron de sus escudos, equipos antimotines y motos que posteriormente quemaron.
La masacre de San Jacinto dejó, en total, seis civiles (Antonhy David Moya Mantía, de 20 años; Gabriel Alfredo Ramos Pacheco, de 33; Andrés Alfonso Ramírez Castillo, de 36; Jesús Gregorio Tovar Perdomo, de 21; Jesús Ramón Medina Perdomo, de 56; además de Yzarra Bolívar) y un militar (Torrens Blanca) muerto, además de una veintena de heridos que se distribuyeron entre el Hospital Central de Maracay y el Hospital del Seguro Social Carabaño Tosta.
El informe de HRW muestra un gráfico en el que geolocalizó los videos en los que se muestran a tres de las víctimas de la masacre.
El mapa muestra el lugar de la masacre de San Jacinto, cerca del Obelisco, y una serie de capturas de video y fotos vinculadas con el hecho que fueron geolocalizadas | Fuente: HRW
Aunque no detalla cuál fue la víctima, el informe de la Misión sobre la GNB indica que una de las víctimas fatales de la masacre “recibió un disparo de perdigones ‘buckshot’ proveniente de un tipo de escopeta que usan los guardias nacionales. Ese disparo se hizo a una distancia inferior a los 10 metros.
Un Estado letal
La participación de efectivos en la masacre de San Jacinto no fue un hecho aislado durante las protestas de 2024. Las fuerzas de seguridad del Estado son presuntamente responsables de la muerte de al menos 14 personas en estas manifestaciones poselectorales. Se trata de 56% del total de los homicidios ocurridos en ese lapso.
Desde hace una década, los cuerpos de seguridad del Estado pueden usar sustancias tóxicas y armas de fuego con municiones letales para reprimir aquellas manifestaciones que consideren violentas o que se tornen de esa manera. Así lo dejó establecido la Resolución 8610 del 23 de enero de 2015, dictada por el Ministerio de la Defensa, que contiene las “Normas sobre la actuación de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en funciones de control del orden público, la paz social y la convivencia ciudadana en reuniones públicas y manifestaciones”.
“Sin embargo, la Constitución no consagra discrecionalidad alguna respecto de la calificación de una manifestación o la forma como reprimirla, por el contrario inequívocamente dispone -sin margen de apreciación alguna por parte de los funcionarios– la prohibición de uso de armas de fuego y sustancias tóxicas. Sorprende la ligereza con que se desestima la alegada violación al derecho a la vida y a la integridad personal”, señala un análisis sobre la resolución de la ONG Acceso a la justicia.
El informe de la Misión de la ONU sobre la Guardia Nacional Bolivariana describe el modus operandi de este cuerpo militar en las protestas de 2024 y señala que las víctimas no cometieron actos que amenazaran la vida de otras personas o justificaran el uso de la fuerza letal por parte de los efectivos.
“La Misión tiene motivos razonables para creer que los funcionarios de la GNB dispararon sus armas de fuego sin que mediara esta justificación y de manera indiscriminada”, señala el documento.
En la región capital, los funcionarios de la PNB fueron supuestamente los autores de la mayoría de las muertes. Testigos afirmaron que, en la urbanización El Valle de Caracas, presuntamente mataron a Anthony Enrique García Cañizalez, de 19 años, y Olinger Johan Montaño López, de 23. Sin embargo, sobre estos casos, el informe de la Misión de la ONU sobre la GNB sostiene que, tras el análisis de videos, pudieron concluir que ambos cayeron heridos luego de que se escuchara una descarga de armas de fuego de nueve segundos de duración, en un área donde operaba la GNB.
En el sureste de la ciudad, las manifestaciones estuvieron controladas por la GNB y la División de Inteligencia Estratégica (DIE). A esta última se le atribuyen los homicidios de Dorian Rair Rondón, de 22 años, en Las Adjuntas; Euris Junior José Mendoza Royé, de 24, en Antímano; y de Aníbal José Romero Salazar, de 26 en Carapita.
A Dorian Rondón lo persiguieron para asesinarlo | Fuente: Parientes de la víctima
En Guarenas, Miranda, también hubo dos muertes a manos de las fuerzas de seguridad del Estado. A Carlos Omar Porras, de 27 años, le dispararon guardias nacionales cerca de su casa, en la urbanización La Vaquera; mientras que a Yorgenis Emiliano Leyva Méndez, de 35, lo mataron policías nacionales que reprimían una protesta en la plaza Bolívar del pueblo.
El único caso en el que están presuntamente involucrados policías estatales (Policarabobo) es en la muerte de Víctor Alfonso Bustos, de 35 años, en Naguanagua, Carabobo, durante una manifestación en donde también había presencia de la GNB.
En 8% (dos) de los casos, los victimarios no están identificados, pero la presencia de fuerzas de seguridad en 88% (22) de los homicidios deja evidencia que estas no actuaron contra los autores materiales de los homicidios o que se aliaron con ellos. Esto se deduce de casos como el de Táchira, por ejemplo, donde Julio Valerio García fue baleado frente a efectivos del Plan República, que no intervinieron.
“La Misión (de la ONU) tiene motivos razonables para creer que los funcionarios de la GNB dispararon sus armas de fuego sin que mediara esta justificación y de manera indiscriminada”
Informe de la Misión de la ONU
La falsa
versión oficial
En 2024, la historia de Aníbal José Romero Salazar, conocido como “Pimpina”, fue una de las que evidenció que desde el oficialismo se falsea cómo ocurren algunos de los homicidios en medio de las protestas de origen político.
La muerte de “Pimpina” se difundió por redes sociales la noche del 29 de julio. Los post que lo mencionaban lo mostraban con una franela roja de estampados blancos y el rostro ensangrantado por un disparo en la frente. El hecho ocurrió en Carapita, parroquia Antímano del municipio Libertador del Distrito Capital, la zona popular del suroeste capitalino en donde él vivía y que no fue indiferente a las movilizaciones contra los resultados electorales.
Dos días después, el miércoles 31 de julio, el entonces fiscal general de la República, Tarek William Saab, dijo en una rueda de prensa que algunas víctimas de las protestas eran jóvenes que usaban salsa de tomate para simular su muerte. Más tarde, Maduro mostró en una alocución televisada la foto de “Pimpina” y presentó la declaración de un joven moreno y más delgado, vestido con franela roja, que aseguraba que él era el de la imagen y que había fingido su asesinato.
Pero todo ese montaje resultó ser falso. “Pimpina” sí existió y era un joven obrero nacido en Sucre que desde hace algunos años había salido de Caripito, estado Monagas, a ganarse la vida en la capital. Así lo confirmaron sus allegados a Monitor de Víctimas y ARI.
“Pimpina” no tenía familiares en Caracas y por su muerte solo habían respondido sus amigos y vecinos del barrio. Por eso se retrasaron los trámites para el retiro de su cadáver.
Aunque los allegados del obrero no saben quién lo mató, Marino Alvarado, miembro de Provea, indicó los testigos señalaron a funcionarios de la Dirección de Acciones Estratégicas y Tácticas (DAET), adscrito a la PNB, como los responsables de haberle disparado y de evitar que lo trasladaran a un centro de salud cuando lo hirieron.
Mientras tanto, el Estado esquivó el tema y parece haber borrado el rastro de la víctima. Monitor de Víctimas y ARI confirmaron que aunque a “Pimpina” lo llevaron al Hospital Dr. Miguel Pérez Carreño, a donde llegó sin signos vitales, allí no quedó registro de su ingreso. En los partes oficiales difundidos sobre las víctimas de la protesta no se menciona a Romero.
No es la primera vez que el gobierno intenta difundir versiones falsas de los hechos. Uno de los ejemplos más recordados ocurrió en 2017, cuando el oficialismo difundió la tesis de que el estudiante Juan Pablo Pernalete había sido asesinado con una pistola de perno en una protesta contra el gobierno en Altamira, Caracas. En realidad lo mató el impacto de una bomba lacrimógena disparada de frente por guardias nacionales, como lo adelantó Runrun.es y lo confirmaron posteriormente fiscales del Ministerio Público de la época.
Desde la Fiscalía General de la República también se han difundido versiones erróneas de los hechos de 2024. Según Saab, “grupos focalizados” intentaron asaltar el Palacio de Miraflores, la 99 Brigada de Maracay, Aragua, y el Fuerte Paramacay, en Valencia, Carabobo. Insistió en que todos los “desórdenes” se desataron luego de que la líder opositora, María Corina Machado, desconociera el triunfo de Maduro en las presidenciales durante la noche del 28J.
Saab atribuyó los dos homicidios sucedidos en El Valle a una banda criminal del sector El 70, aunque testigos aseguraron a Monitor de Víctimas y ARI que no identificaron la presencia de delincuentes ni civiles armados en el momento de los homicidios. Allí solo quedaba la PNB, de acuerdo con sus testimonios.
El Ministerio Público también aseguró que los dos asesinatos de la avenida San Martín fueron a manos de “grupos delincuenciales instrumentalizados por los comanditos (células políticas de apoyo de Edmundo González y María Corina Machado)”, pese a que testigos y videos han demostrado que colectivos del centro de Caracas atacaron la protesta.
Aunque ya el Estado venezolano admitió que Luis Eduardo Roberto, de 19 años, fue asesinado en Bolívar de un disparo, el entonces gobernador de ese estado, Ángel Marcano, declaró en rueda de prensa poco después de su muerte que el joven había muerto por "una pedrada", lo que fue desmentido por sus familiares, quienes aseguraron que allí actuaron colectivos cercanos a la Alcaldía de Piar.
El caso del sargento Torrens Blanca es el único que tiene una persona detenida por su asesinato. Según Tarek William Saab, en la masacre de San Jacinto, en Maracay, actuaron “grupos terroristas que realizaron disparos contra los funcionarios”. El autor material de ese crimen, afirmó, fue Reiner José Márquez Velásquez, quien fue identificado a través de un video en donde aparece armado y está detenido.
“El Estado ha mantenido su posición de que ninguna de las muertes en las protestas es atribuible a los cuerpos de seguridad, sino a la oposición política, por medio de sus activistas (‘comanditos’), bandas criminales o delincuentes contratados por ella. La investigación de la misión no ha revelado tales conexiones”, señala el informe de la Misión de la ONU de septiembre de 2025.
Obstáculos en medio
de la tragedia
Los familiares de las víctimas de ejecución extrajudicial sufren malos tratos, desinformación por parte de las autoridades, trabas para hacer los trámites burocráticos y hasta amenazas. Todo esto lo transitó Ricardo Roberto en julio de 2024 cuando intentaba recuperar el cadáver de su hijo Luis Eduardo, de 19 años. Intentar mantenerlo con vida después del balazo también fue un suplicio.
El martes 30 de julio de 2024, Roberto recibió una llamada alarmante de la madre de su hijo y corrió a verlo al Hospital Dr. Gervasio Vera Custodio, ubicado en Upata, al sur del estado Bolívar. El joven ingresó de emergencia tras recibir un disparo en la cabeza en medio de una manifestación por los resultados electorales del 28J.
Aquel mediodía, Luis Eduardo yacía ensangrentado sobre la camilla del hospital, inerte, pero respirando. Horas más tarde fue trasladado en ambulancia hasta el Hospital Dr. Raúl Leoni - mejor conocido como Guaiparo- en San Félix, a casi una hora de distancia de Upata.
Para hacerle una tomografía, sus familiares tuvieron que recolectar dinero a través de redes sociales y trasladarlo a la Clínica Humana, en la misma ciudad. El hospital no contaba con el equipo para hacer el examen que dibujó la posición y trayectoria del proyectil que atravesó el ojo del joven y quedó incrustado en su cerebro.
Cuando volvieron a Guaiparo debían someterlo a una cirugía, pero según su madre, Lenon Núñez, los cuatro doctores de guardia recomendaron esperar a que desinflamara para retirar la bala. Aunque su familia oraba mientras los médicos lo estabilizaban, a las 9:40 pm sufrió un paro respiratorio mortal.
Al día siguiente, el padre de la víctima se encargó de las diligencias para retirar el cuerpo de la morgue. Los funcionarios le prometieron que antes de las 9:00 am se lo entregaban, pero eran las 3:00 pm y nada avanzaba.
Dos horas después, a las 5:00 pm, le dieron el acta de defunción que debía ser firmada en la sede del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) para que pudiera llevarse consigo el cadáver. Hasta allí lo llevó y, tras una larga espera, lo abordaron y subieron al último piso del edificio policial y le presentaron al presunto jefe del recinto. ''Yo también tengo jefe. Mi jefe no quiere que te firmen'', le dijo el funcionario. Pretendían cambiar la causa de la muerte y oficializar que había sido una pedrada.
Ricardo Roberto se negó. Recordó que después lo llamaron de un número desconocido: ''si tú quieres velar a tu hijo, aunque sea un rato en tu casa, firma que fue una pedrada, porque no te lo van a dar'', le dijeron.
En medio del conflicto, llamó a un conocido que trabajaba en el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) de Upata, y le explicó la situación. ''Inmediatamente, me llamaron para entregarme el permiso'', dijo el padre. Solo así pudieron velarlo.
No todo terminó allí. En el pueblo, corrieron rumores de que Roberto tenía una supuesta orden de detención, que lo buscarían, y que los colectivos robarían las motos de los asistentes al funeral, tal como presuntamente sucedió cuando mataron a Luis Eduardo. Pero nada pasó.
El día del entierro, Roberto pensaba alquilar tres buses para movilizar personas hasta el cementerio, que queda lejos del pueblo. Pero solo obtuvo negativas de parte de los conductores. ''Nadie se quería meter en problemas (...) que le iban a quitar la licencia, le iban a quitar el autobús. Nadie me quiso alquilar el autobús. De todas maneras sobró carro, camión (…) Me pusieron piedra de tranca por todos lados, y fueron ellos los que no querían que velara a mi muchacho”, relató.
Pero hay amenazas que sí se cumplen. A María de los Ángeles Lameda se la llevaron detenida mientras su pareja, Walter Loren Páez Lucena, de 29 años, agonizaba en un hospital luego de que le dispararan en una manifestación en las cercanías del PSUV de Carora, en el estado Lara, el 30 de julio de 2024. Funcionarios de la PNB se la llevaron el 3 de agosto de 2024 cuando salió a comprarle medicamentos, horas antes de que su marido muriera. La imputaron por terrorismo e incitación al odio y la tuvieron encerrada durante cinco meses, a pesar de que no participó en las protestas. Se presume que el hecho de difundir lo que había sucedido con su esposo, atacado por presuntos colectivos, le valió su estadía en prisión.
Para los familiares, el obstáculo mayor ha sido que las muertes de los suyos no consigan justicia. "Eso se quedó así", "eso nunca procedió", son algunas de las respuestas que, dos años después de estos asesinatos, dan cuando se les pregunta sobre las acciones que el Ministerio Público y los tribunales debieron emprender para atrapar y penar a los victimarios.
