ALEJANDRA OVIEDO
ALEJANDRA OVIEDO
“Me daba miedo que estuviera en esa carrera”
ALEJANDRA OVIEDO
ALEJANDRA OVIEDO
“Me daba miedo que estuviera en esa carrera”
Aunque los primeros días de Alejandra Oviedo en la Guardia Nacional Bolivariana fueron duros, poco a poco se fue adaptando. Quería ser diseñadora gráfica, pero esa era una carrera que su familia no podía costear. Cuando habló por última vez con su mamá, le dijo que la extrañaba
La sargento 2da Alejandra del Valle Oviedo estaba de guardia de fin de año en Fuerte Tiuna. No quería estar alejada de los suyos durante esos días en los que la familia se reúne para compartir en torno a la mesa, pero no tenía opción. El deber es el deber. Debió conformarse con una llamada telefónica: el 31 de diciembre le marcó a Carmen Velásquez, su madre —que estaba en Margarita, donde vive con las hermanas de Alejandra— para desearle un feliz año.
En esa conversación, breve, de apenas minutos, le contó que no se sentía muy bien. Estaba triste, de hecho, se le salieron las lágrimas. Es que extrañaba a su mamá. Sobre todo, esos días.
Alejandra tenía tan solo 20 años. Nació y creció en Margarita. En las aulas de la Unidad Educativa Estadal Encarnación Rodríguez de Rojas —donde estudió desde preescolar hasta la secundaria— pensó que sería diseñadora gráfica: le encantaba dibujar. Pero al graduarse de bachiller entendió que era una carrera que la familia no podía costear. Buscando nuevos horizontes, se mudó a Yaguaraparo, el pueblo del estado Sucre de donde es oriunda su madre y donde todavía viven sus abuelos maternos, sus tíos y varios de sus primos.
Hablando con varios jóvenes del pueblo, se le metió en la cabeza entrar al Ejército. A doña Carmen le sorprendió. Nunca se había imaginado a su niña haciendo orden cerrado en un cuartel. Ella jamás había manifestado esas inquietudes. No le gustó la idea, pero la apoyó. Y le echó su bendición cuando, con esos amigos del pueblo, a los 18 años, se fue a Caracas.
El primer mes fue horrible.
Alejandra la llamaba llorando, muy cansada. A veces le decía que quería devolverse, que el entrenamiento era demasiado exigente. Poco a poco se fue adaptando. Le agarró el gusto y allí se quedó, como parte de la Guardia Nacional Bolivariana.
Sus nuevas ocupaciones hicieron que se distanciara de la familia. Hablaba poco con su madre; la veía esporádicamente cuando tenía suficientes días libres para ir a visitarla. Doña Carmen siempre sabía de su hija por las fotos que esta le enviaba por WhatsApp o por lo que publicaba en sus redes sociales.
Quizá por eso —porque ya parecía habituada a la distancia—, era raro que aquella noche del 31 de diciembre estuviera presa de la melancolía. Después de esa conversación, no volvieron a hablar. No hubo más llamadas ni notas de voz; solo intercambiaron palabras escritas por WhatsApp.
Y entonces, llegó el 3 de enero.
Doña Carmen se despertó con la noticia de que fuerzas estadounidenses habían bombardeado Caracas. Fuerte Tiuna, allí donde estaba su hija, era uno de los puntos más afectados, porque era donde se encontraban los objetivos de esa operación militar: Nicolás Maduro y Cilia Flores, a quienes detuvieron.
La angustia que sintió rápido devino en una pesada certeza: alguien —no sabe quién— llamó a un tío de Alejandra que vive en Caracas, y fue este quien le dio la noticia. Su hija había muerto en el bombardeo.
¿Qué hacía ella esa noche? ¿Estaba preparada para semejante ataque? ¿Era ella, siendo apenas sargenta —uno de los rangos más bajos de la estructura militar— parte del anillo de seguridad de Maduro?
Ahora, con la voz apagada —el llanto a punto de impedirle el habla—, doña Carmen dice que no sabe. Que son demasiadas preguntas que nunca tendrán respuestas. No entiende nada de lo que ocurrió, insiste, porque —más allá de sus quejas iniciales y de que luego se convirtió en una buena estudiante— nunca supo detalles del desempeño militar de su hija.
—Me daba miedo que estuviera en esa carrera, pero esa había sido su decisión y yo se la respetaba.
Ese día, en medio de la conmoción, alguien le dijo que trasladarían el cuerpo de su hija a Sucre, porque era allá donde había vivido antes de mudarse a Caracas. Entonces tan pronto como pudo, doña Carmen viajó de Margarita a Yaguaraparo. Mientras, el tío de Alejandra, que se encontraba en Caracas, se encargó de algunos trámites. Luego, un teniente acompañó el carro fúnebre hasta Sucre. Fue este quien canceló los gastos funerarios.
Desde entonces no ha ocurrido mucho más. Eso dice doña Carmen. Un día la llamó una persona del ejército, le dijo que le harían un homenaje a su hija, pero al final no se concretó. También le han dicho que los beneficios que tenía Alejandra como miembro de la Fuerza Armada se los traspasarían a ella.
—Ojalá que así sea, porque una de las razones por las que Alejandra continuó en esa carrera era para ayudarme a lograr una casa; yo vivo alquilada en Margarita, junto a mi hija menor.
Han pasado dos meses y todavía trata de digerir lo sucedido:
—A veces pienso que no, que no es, que es mentira que está muerta, porque no la vi: a ella no la pudieron destapar porque su cuerpo quedó todo quemado.
Epílogo
El jueves 29 de enero, la Cámara Municipal de Arismendi, en Margarita, discutió y aprobó en primera discusión el proyecto de ordenanza para la creación de la Orden Honor al Mérito “Guardia de honor presidencial teniente Alejandra Oliveros”, en su única clase. El presidente de la Cámara, Norberto Ferrer, afirmó que darán una segunda discusión pero no duda de su aprobación, para rendir memoria a la joven.
