ÁNGEL VIVAS

ÁNGEL VIVAS

Le pidió un cuerpo,
no cenizas

ÁNGEL VIVAS

ÁNGEL VIVAS

Le pidió un cuerpo, no cenizas

En el pueblo donde nació Ángel Vivas, hacer la carrera militar está muy arraigado entre los jóvenes. Fue la opción que él escogió sin decir nada a sus padres. Les aseguraba que le daban buen trato y se sentía bien. A ellos les prometió que los visitaría en el mes de enero

Ángel Edecio Vivas se encuentra desconcertado. Aún no entiende lo que pasó y se niega a aceptar que no volverá a ver a su “Angelito”. Así llamaba a su hijo Ángel Eduardo Vivas Montilva, de 24 años, quien era sargento 2do del Ejército y padre de una niña. Fue una de las víctimas de los bombardeos estadounidenses del 3 de enero de 2026.

Ángel Eduardo nació en la aldea Las Coloradas de San José de Bolívar, en el municipio Francisco de Miranda, al norte del estado andino de Táchira. Se trata de una zona rural donde la vida transcurre entre la agricultura y la ganadería. Los jóvenes que aspiran continuar estudios universitarios suelen optar por ingresar a seminarios o escuelas militares, siguiendo una tradición muy arraigada en la cultura local.

Cuando murió, Ángel Eduardo ya tenía cuatro años en las filas del Ejército venezolano, componente al que se unió sin comunicar nada a sus familiares.

—A los dos meses de Angelito haberse alistado, fue que nos enteramos de su decisión —cuenta el padre, quien jamás estuvo de acuerdo con esa decisión.

Ángel Eduardo prestó servicio militar por dos años y, al finalizar, lo alistaron como tropa profesional. “Hijo, esa vaina es peligrosa, no se hubiera metido”, le dijo cuando se enteró. La respuesta del sargento fue más contundente: “Papá, quiero prestar servicio. Me siento bien, me tratan bien y aquí no aguanto hambre”.

Sus familiares lo recuerdan como un muchacho despierto, ágil, aficionado al deporte y al fisicoculturismo. Antes de entrar al Ejército se dedicó, junto a su hermano mayor, a trabajar en una granja. Luego se fue a Mérida, también en Los Andes, a ganarse el sustento como agricultor en una finca.

El joven estuvo destacado en Mérida y allí se graduó. Después, pasó por Barinas y Valencia, hasta llegar a Miranda, en el centro del país. “Ahí lo agarró el baila salsa —refiriéndose a Nicolás Maduro—, ese fue el fracaso de Ángel”, comenta un allegado del militar. La última parada del joven fue el Batallón 74 de Fuerte Tiuna, donde murió mientras dormía junto a otros 14 compañeros.

Las conversaciones de Ángel Eduardo con sus padres eran eventuales y les llamaba desde diferentes números telefónicos. La última vez que habló con ellos fue el 27 de diciembre, luego de varias semanas, y se disculpó por haber estado ocupado.

Aunque le dieron un descanso en Navidad, no viajó a Táchira.

—Era un permiso de muy pocos días. Prometió que lo haría en enero por más tiempo… y volvió a la casa, sí, después de seis años sin venir, pero dentro de una urna.

La última vez que sus padres vieron a Ángel Eduardo con vida fue en diciembre de 2020, cuando fue al Táchira para recoger unos documentos personales que necesitaba anexar a su expediente en el Ejército. Se encontró con su papá en la aldea Pericos, cerca de San Cristóbal, en la casa de su abuela. Allí permaneció 10 días.

El viernes 2 de enero de 2026, cerca de las 10:00 de la noche, conversó durante varios minutos con su hermana menor, y le aseguró que estaba bien. También le comentó que no tenía teléfono porque en su trabajo le habían extraviado el móvil. Estaba incomunicado.

Cuando la familia Vivas se enteró de los bombardeos en el centro del país, trató de hablar con Ángel Eduardo llamando a todos los teléfonos desde los cuales él se había comunicado. Pero fue inútil. Y al mediodía, un repique interrumpió el almuerzo. La tía atendió la llamada. Fue la primera en saber que había muerto.

—Hace unos meses, los militares le habían pedido a los muchachos los números de contacto de sus familiares en caso de emergencia —recuerda el señor Ángel Edecio—. Mi hijo había dado el número de teléfono de su hermano Roberth. El superior de Angelito fue quien llamó a contar lo que había sucedido.

—Yo le dije: “Le sabré agradecer, mi general, usted me trae a mi hijo a la casa, me trae su cuerpo; no me traiga cenizas, me trae el cuerpo”.

El padre reclama que no pudo ver el cadáver porque la urna viajó desde Caracas hasta las montañas de Táchira totalmente sellada.

—Ese ha sido el dolor más grande para nosotros, no poderlo mirar, porque lo trajeron todo tapado, sellada la urna por todas partes, y lo único que pudimos ver fue una foto que imprimió la hermana y la pegó ahí en la urna. Era de esas fotos que él le mandaba por WhatsApp cuando estaba en el batallón. Por más que rogué, no me la dejaron abrir.

Durante las exequias, en medio de los honores militares que se rindieron y los discursos de funcionarios del gobierno oficialista del Táchira —entre ellos el secretario general de gobierno, Jiuvant Huérfano; la presidenta del Consejo Legislativo del Estado Táchira, Yaniré Chacón; diputados regionales y alcaldes—, varios de los familiares lanzaron reclamos a las autoridades.

—¿Se dan cuenta de lo que pasa, de lo que ustedes hacen? Aquí caen los pendejos, a los grandes no les pasa nada, esos son santos. Ahí está la consecuencia de estar sirviendo a una patria que la tienen usurpada, vuelta nada y sin validez —gritó uno de los presentes mientras el resto guardaba silencio.

—La justicia está a los pies de ellos y la cabeza principal, una cabeza vagabunda y borracha de poder, ya no está y ese no vuelve —protestó otro.

—No hay empleo, el dinero se disuelve y en los hospitales falta lo más básico —dijeron otros. En la aldea donde nació Ángel Eduardo llevan siete meses sin gas y tienen que cocinar con leña recogida en el campo.

El señor Ángel Edecio cree que su hijo y sus compañeros no se dieron cuenta de nada.

—Ellos estaban durmiendo cuando el bombardeo. No estaban en posición de ataque ni defensa, estaban en santa paz, dormían tranquilos. Si hubieran estado por ahí en la calle con un fusil enfrentándose, pues ya uno lo toma diferente.

Con indignación, califica de “sangrientas y criminales” a las fuerzas estadounidenses responsables del bombardeo a la sede militar.

—Es un dolor inmenso, que hoy tiene a muchas familias venezolanas sumidas en la tristeza y el sufrimiento. Un dolor que nunca debió ocurrir. Quizá, si esos jóvenes hubieran tenido otras oportunidades, no habrían estado allí. Pido por la paz y la tranquilidad de Venezuela.