LUIS LÓPEZ
LUIS LÓPEZ
“Mami, te amo”, le dijo para despedirse
LUIS LÓPEZ
LUIS LÓPEZ
“Mami, te amo”, le dijo para despedirse
A Luis López le gustaba la música. Antes de inscribirse en el Ejército, estudió ingeniería mecatrónica. Le decía a su madre que siendo militar tendría mejores beneficios económicos. Ella lo visitaba con frecuencia en su trabajo, a pesar de sus temores iniciales porque su hijo hubiese escogido esa carrera
Luego de seis días acuartelado, a Luis López le provocaba algo dulce. Estaba en Fuerte Tiuna desde el 27 de diciembre de 2025, cuando llegó para asumir la guardia de Año Nuevo. La noche del 2 de enero, pasadas las 11:00 de la noche, mientras cenaba pasta con caraotas, hizo una videollamada a Ana María, su madre. Ella respondió desde su casa, en Ciudad Belén, un complejo urbanístico de la Misión Vivienda ubicada en Guarenas, estado Miranda, a las afueras de Caracas. Luis le contó que estaba bien. Y como ella tenía pensado visitarlo al día siguiente, le pidió que le preparara una torta y se la llevara. Ella le respondió que no tenía harina para hacerla, pero que le compraría una hecha cuando fuese de camino a verlo.
Al poco rato, colgaron. Ya era muy tarde y ambos tenían que pararse muy temprano. Pero a los minutos él le mandó un mensaje pidiéndole unas cosas personales para algunos de sus compañeros, y se despidió diciéndole: “Mami, te amo mucho”.
Fue lo último que le dijo.
Ana María se quedó despierta viendo una serie. En eso estaba cuando escuchó el sobrevuelo de unos aviones. Su esposo se levantó, ella dejó de prestarle atención a la pantalla y se angustió. Sobre todo al enterarse de que estaban bombardeando Fuerte Tiuna y otras partes de la Gran Caracas. No quería pensar en malas noticias. Sin embargo, la mente se le llenó de ideas funestas a eso de las 10:00 de la mañana del 3 de enero, cuando recibió una visita. Era Bryan, el mejor amigo de Luis, compañero de la Guardia de Honor Presidencial, quien estaba de permiso.
—Señora Ana María, estamos esperando que nos confirmen algo —le dijo visiblemente preocupado.
En ese momento, ella lo supo. Fue una corazonada, ese instinto de madre que dicen que nunca se equivoca. Intentaba espantar los pensamientos diciéndose a sí misma: “No, mi bebé es muy pilas, ese anda escondido por ahí, seguro se puso a salvo”.
Pero no.
A las horas le llegó la información verificada: su hijo, de 21 años, había muerto en el bombardeo.
Antes de alistarse en el ejército, Luis López estudió ingeniería mecatrónica en la Universidad Nacional Experimental Politécnica, en Caracas. Iba por el 3er semestre cuando llegó a casa diciéndole a Ana María que estaba pensando en cambiar de rumbo para hacer la carrera militar. Tenía 19 años. Ella pensó que era broma. Él le explicó que no, que era en serio, que allí tendría buenos beneficios económicos y que podría seguir estudiando. Además le contó que Bryan, su amigo a quien quería como un hermano, también lo estaba considerando. En realidad, ya lo habían decidido. De hecho, ambos estaban haciendo trámites para irse de Guarenas a Caracas.
—Quédese tranquila, mamá, que no me va a pasar nada —le dijo Luis cuando finalmente se fueron.
A los muchachos les iba bien. Les gustaba ese mundo. Hacían cursos, tenían buenas notas. Ana María los visitaba, no solo sábados y domingos, sino que a veces lo hacía también entre semana.
Ingresaron en la Guardia de Honor Presidencial en mayo de 2024. La responsabilidad de ese cuerpo es proteger al presidente de la República. Por eso estaba allí, tan cerca de Nicolás Maduro, cuando cayeron misiles y militares estadounidenses se lo llevaron junto a Cilia Flores.
No fue sencillo identificar el cuerpo. A los fallecidos los dividieron por grupos: los de la Milicia, los de la Aviación, los de la Guardia Nacional, los del Ejército, los de la Guardia de Honor. Por error, el cuerpo de Luis López quedó entre los de la Aviación.
El velorio ocurrió tres días después, entre el martes 6 y el miércoles 7 de enero. Rosas rojas y una foto de Luis cubrían el féretro. Ana María decidió que el funeral fuera en su propio apartamento en Ciudad Belén. La sala se mantuvo atestada de gente que fue a darles el pésame, hasta que a las 12:00 del mediodía del 7 de enero salió una caravana fúnebre rumbo al Cementerio Jardines El Cercado.
Ana María, conmocionada, apenas podía abrir los ojos y sostenerse de pie. Algunos allegados la sostenían por los brazos para que pudiera caminar.
Lloraba. Lloraba mucho.
Han pasado algunos días desde aquella escena. Ahora es 14 de enero. Sentada en su casa, Ana María vuelve a llorar mientras mira fotografías de Luis. De niño. De adolescente. De adulto. Fotos que ha visto muchas veces y otras que algunos familiares le han mandado a lo largo de estos días.
A pesar de su duelo, está pendiente del estado de ánimo de las dos hijas que le quedan: Teresa, de 19 años, y Dailymar, de 12 años, quien hoy no fue a clases porque no se sentía bien. La acompañan ellas y su esposo, así como unas sobrinas que decidieron venirse para estar con la familia en estos días.
A la mente le van llegando anécdotas que, por instantes, hasta la hacen sonreír.
—Era mi único varón, mi primer hijo, fue el que me enseñó a ser madre. Yo parí en octubre, mi mamá murió en febrero, y yo me aferré a él. No es fácil perder a una madre. Por eso decidí sepultarlo en Jardines El Cercado, donde está mi mamá.
Cuenta que a su hijo le gustaba la música: hace tres años grabó una canción con un vecino, que titularon “Qué hago”, y la subieron a YouTube. Y recuerda también que él le dedicó un tema: “Madre anoche en las trincheras”.
—Le enseñó esa canción a su Batallón del 25 de Septiembre, y el que no se la aprendía, lo ponía a pagar plantón, eso es lo que decían los muchachos —sonríe Ana María.
No ha parado de escucharla una y otra vez.
Es la banda sonora de su duelo.
—Esto es muy fuerte. Pero él me está dando la fortaleza. Él la cantaba cada vez que estaba en la casa y me abrazaba. Esa canción habla del amor a su madre y de la amistad… Pasar por ese proceso de buscar a mi hijo por todos lados, de reconocerlo y traerlo a mi casa para velarlo, fue duro. Pero me siento bien conmigo misma, porque no fui mala madre.
En la sala, una fotografía de Luis impresa en una hoja blanca, un vasito lleno de café negro, una vela blanca encendida y una caja con sus insignias y accesorios militares son su forma de honrarlo.
Epílogo
El día en que sepultaron a Luis López en Guarenas, a 44 kilómetros de distancia, en el Cementerio General del Sur, funcionarios de la Guardia Nacional y de la Milicia Bolivariana rindieron honores a otros tres militares fallecidos en el bombardeo de Fuerte Tiuna: Yechezkel Lafare Monjes Arraiz y Carlos Leandro Mata Muñoz, de la Academia Militar, y el sargento 1ro César Augusto García Palma, integrante de la plaza del 397 Grupo Misilístico de Defensa Aérea portátil “General en Jefe José Félix Ribas”.
—Fueron compañeros que nos enseñaron con su ejemplo el valor de la dedicación. Hoy nos queda un vacío inmenso, pero también la suerte de haber compartido con ellos. A sus familiares les mandamos nuestro cariño y esperamos que el orgullo de haber tenido a alguien tan especial les brinde un poco de paz —dijo Rafael José Morillo Araujo, comandante de la 3101 Compañía Comando del Ejército.
Luego, le entregaron a las madres una bandera de Venezuela que cubrió el ataúd de sus hijos. Y pasadas las 2:00 de la tarde, 18 funcionarios vestidos de gala cargaron los féretros.
La Hora de Venezuela confirmó que sus nombres, al igual que los del resto de los militares fallecidos, estarán inscritos en un monumento que están construyendo cerca de la entrada del Cementerio General del Sur.
