YORLIANNY DELGADO
YORLIANNY DELGADO
La foto sobre
el féretro
YORLIANNY DELGADO
YORLIANNY DELGADO
La foto sobre
el féretro
Desde que estaba en bachillerato, Yorlianny Delgado se imaginaba como militar. Pero siendo una madre tan joven tenía muchas dificultades para estudiar eso que quería. Hasta que un día se decidió y se alistó en el Ejército, pensando que esa era una forma de asegurarse beneficios económicos que le permitirían salir adelante con su hijo y ayudar a su familia
—Hija, ¿por qué no te quedas y pasas el 31 con nosotros? Anda, luego te vas.
La sargento 2da Yorlianny Delgado estaba de visita en su casa. Había llegado el 18 de diciembre para celebrar la Navidad con su familia en Pavía, en el oeste de Barquisimeto. Pero ya era 26 y debía irse: en el Fuerte Guaicaipuro solo le habían dado una semana libre. Yelitza Suárez, su madre, intentaba convencerla de que se quedara porque todavía no se acostumbraba a tenerla tan lejos. Además, le dijo, así podía pasar un poco más de tiempo con Eddie, su hijo de 5 años, que ella cuidaba con esmero.
—No puedo, mamá, me tengo que ir —le respondió.
Entonces la acompañó hasta la puerta, le echó la bendición y le pidió que se cuidara.
Siguieron hablando con frecuencia por chats y videollamadas. El 28 de diciembre, Yelitza le dijo que se iría al campo a pasar el fin de año en la casa de la abuela, donde la señal siempre era intermitente.
—Los amo mucho, a ti y a mi bebé —le dijo al despedirse.
Después no hablaron tanto; apenas intercambiaron unos pocos mensajes en los que la chica contó que la había pasado bien junto a sus compañeros.
Yorlianny le contó a su madre que no sabía cuándo le volverían a dar permiso, porque la estaban enviando mucho de prácticas, pero no le dijo a dónde. Yelitza pensó en eso el 2 de enero, cuando no podía conciliar el sueño: recordaba a su hija y otra vez sentía ganas de llorar.
¿La extrañaba? Sí, pero más que añoranza, lo que sentía era una angustia que no sabía cómo expresar.
El 3 de enero, al despertar en el campo, un hermano de Yelitza le dijo que habían bombardeado Caracas y zonas aledañas, y que se habían llevado a Nicólas Maduro.
—Vamos a un lugar en el que tenga señal para tratar de hablar con Michelle.
Michell es Yorlianny. Siempre le gustó que se refirieran a ella por su segundo nombre, y así la llamaba su familia.
El primer mensaje que entró al teléfono de Yelitza era de una compañera de su hija: el pésame.
De inmediato se salió de ese chat y vio que los compañeros de Michelle que tenía registrados en su celular comenzaron a poner en sus estados fotos de ella.
La llamó.
La llamó, una y otra vez, sin parar, pero la llamada no caía.
Vio su última hora de conexión en WhatsApp: 1:14 de la madrugada.
Con esa asfixia entre el pecho y el estómago, se devolvió a casa, y entonces le confirmaron la noticia: la pareja de Michell —también militar— acababa de llamar para avisar que ella había muerto.
Eddie, el hijo de 5 años, observó a su abuela desbordarse en llanto, se le acercó y sin comprender lo que sucedía le dijo:
—¿Por qué lloras? ¿Es por mi mamá? Dile que se venga y deje esos sargentos allá.
El nombre de Yorlianny Michell Delgado comenzó a circular en bases de datos que, ávidos de informar, construyeron distintos medios de comunicación. Ni el Ministerio de Defensa ni ningún otro organismo estatal informaba detalles sobre los fallecidos, así que cualquier referencia era valiosa para quienes tenían familiares en los cuarteles.
De acuerdo con esas listas, Michell había muerto en Fuerte Tiuna. A Yelitza le parecía raro, porque hasta donde sabía su hija estaba en el Fuerte Guaicaipuro. Pero también sabía que a familiares les habían avisado que la noche antes algunos soldados habían ido a una comisión en Fuerte Tiuna.
Para Yelitza, la confusión fue una lucecita de esperanza.
Quizá todo esto era un malentendido.
Pero no. En efecto, su hija estaba en el Fuerte Guaicaipuro, y sí, había muerto en el bombardeo.
