Crédito ilustración: Sebastián Angresano

Un equipo de la ARI estuvo en Güiria, entrevistó a familiares y allegados de tres hombres que murieron en las explosiones, y logró identificar a ocho de los asesinados del estado Sucre. “Eso es lo que Donald Trump no se puso a pensar. Está matando a un padre de familia y no sabe por qué se montó en ese bote. Él se había ido porque nosotros teníamos que llevar a la niña a un dermatólogo y no teníamos la plata”, dijo la esposa de uno de ellos

Por: Alianza Rebelde Investiga
(Editoras: Ronna Rísquez y Lorena Meléndez)

En Güiria, cada vez que el Comando Sur de los Estados Unidos lanza un “ataque cinético letal” contra botes que surcan el mar Caribe, se comenta la noticia. Allí, en ese pueblo de pescadores del Golfo de Paria en el estado Sucre, al noreste de Venezuela, sus habitantes se preocupan y se preguntan si, esta vez, alguno de los suyos se ha convertido en una nueva víctima.

Las personas que allí viven reconocen que el narcotráfico ha sido parte de la dinámica económica del pueblo desde hace décadas. De ahí que varios de sus habitantes hayan muerto en los bombardeos. “Los explotaron los gringos”, dicen cuando ocurre uno de estos ataques.

Pero mientras el gobierno de Donald Trump se ufana de haber matado a decenas de “narcoterroristas” en altamar, los relatos de los güireños revelan que los caídos eran personas humildes, cuyas familias quedan hoy aun más vulnerables.   Son historias como la de Luis Ramón Amundarain, el mototaxista y capitán de 36 años, cuyo último mensaje a su esposa fue una broma cotidiana. El hombre, que ni siquiera tenía casa propia ni bienes costosos, se fue a hacer su primera “vuelta” porque no tenía cómo pagar el dermatólogo de su hija menor ni cómo alimentar a sus otros cuatro niños. 

También está la historia de Eduard José Hidalgo, un antiguo pescador artesanal que, tras ser deportado de Estados Unidos en diciembre de 2025, fue obligado por las mafias que controlan el narcotráfico a volver a hacer una “vuelta”. 

Finalmente, está el relato de Juan Carlos Fuentes, chofer y mecánico de autobuses que, ante la imposibilidad de reparar su vehículo en una Venezuela en crisis, viajó a Trinidad y Tobago buscando un futuro. “No aguantó más. No aguantó más. Mis hijos a veces me piden algo y yo no tengo nada que darles”, le dijo a su esposa antes de partir. Su travesía terminó en una explosión en aguas internacionales.

Otros fallecidos en circunstancias similares identificados en esta investigación fueron Luis Alí Martínez, Dushak Milovcic, Robert Sánchez, Eduardo Jaime y Jesús Carreño.

Las lanchas en las que presumiblemente viajaban fueron explotadas sin mediar juicio, sin presunción de inocencia y sin considerar que, en los eslabones más débiles de las economías ilícitas, sobra hambre y necesidad.

En este capítulo de Los bombardeados: sin derecho a la defensa, se reconstruye la vida de tres hombres cuyas muertes fueron celebradas en redes sociales por autoridades internacionales, pero lloradas en silencio por quienes conocían sus  luchas. Es una investigación coordinada por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística, CLIP, de la que forman parte la Alianza Rebelde Investiga (ARI) de Venezuela; 360, Casa Macondo y Verdad Abierta de Colombia; The Guardian de Trinidad Tobago; y periodistas freelance en República Dominicana, Ecuador, Costa Rica y México, con el apoyo de El Veinte y Airwars. 

El último mensaje de Ramón

A las 7:41 de la noche Ramón desapareció. No llegó su habitual respuesta a los mensajes de su esposa con ese tono firme y burlesco que aquí en Venezuela es una caricia, una invitación al romance o un juego entre parejas. Lo último que Ramón envió, en tono de broma, fue “vaya a hacer cena. Rápido”. Ocurrió el 2 de octubre de 2025. Lo envió por WhatsApp y no volvió a conectarse. 

El 3 de octubre el Comando Sur de Estados Unidos, a través de su Operación Lanza del Sur, bombardeó una lancha rápida que se movía en el Caribe por aguas internacionales, muy cerca de las costas de Venezuela. Cuatro hombres estaban a bordo. Todos murieron. Uno de ellos era Luis Ramón Amundarain, o Ramón, como lo llamaban sus seres queridos. 

Nació en Güiria, donde también está su familia. Donde su esposa recibió ese mensaje. Donde Ramón —como lo conocen todos— vivió todos sus 36 años . Antes de ser víctima de aquel ataque y de ser catalogado como narcoterrorista por autoridades norteamericanas, Ramón era un pescador experimentado, y también mototaxista. 

Ramón en su motocicleta | Créditos: Allegados a la víctima

Ramón en su motocicleta | Créditos: Allegados a la víctima

Hoy, su esposa camina despacio, como arrastrando cada paso. Con los hombros apuntando al piso y las cejas caídas. Con los ojos mojados. Con una voz ronca que se corta cada vez que se imagina qué hicieron con ellos y cómo fueron sus últimos minutos.

—Cuando vi el primer bote que bombardearon, en que estaba el señor Che María, yo le hago una pregunta. Yo le digo: “Ay, ¿eso es verdad?”. Él me dice: “sí, parece que sí”. Todavía estoy con la angustia de qué sentiría esa gente. O sea, en el momento exacto. Cuando me dicen a mí que él estaba… -La voz de la esposa de Ramón se corta y no puede aguantar el llanto. Hace una pausa larga—Es algo que yo me imagino… — se vuelve a quedar sin palabras mientras caen lágrimas por sus mejillas— que… cómo… o sea, cómo lo vivió. Algo tan feo. Porque es algo feo.

Ella es alta y corpulenta, pero cuando habla de Ramón adopta una postura que la hace ver frágil, vulnerable. Recuerda su conversación con él luego del bombardeo del primer bote, el 2 de septiembre de 2025, donde fallecieron 11 personas. 

“Che María”, era un güireño conocido en el pueblo. Su nombre era Luis Alí Martínez y para el momento del ataque debía estar cumpliendo una condena de casa por cárcel tras ser considerado responsable de los naufragios de 2020 en Güiria, donde murieron más de 40 adultos y niños, entre ellos tres de sus hijos.  

—Ramón, ¿y si esa gente agarra así para la vía de Macuro? Como el mar devuelve todo. 

—No, vale, esa gente no se va a meter para acá.  

—¿Tú crees?

—No, chica. 

—Ajá, pero si tú vas en el bote y tú en ese momento estás viendo hacia arriba, y tiran una cuestión de esas, ¿te da chance de saltar? Y, ¿qué les pasó? ¿Se quemaron? ¿Se esmigaron?

Ella camina por el centro de Güiria bajo el sol. Está acostumbrada a los más de 30 grados de temperatura. Ahora se hace esas mismas preguntas sobre su esposo. Dice que eso la atormenta, porque no sabe qué le pasó a él. A veces, cuando sale, siente la mirada de sus paisanos y se incomoda. Habla con voz baja de cómo fue el momento que su pareja, tras 15 años juntos, desapareció. 

—Nosotros estuvimos un rato hablando, echando broma porque jodedor (bromista) como él, ninguno. 

Esa noche, el 2 de octubre, ella estaba fuera de casa jugando a la lotería y él le escribió:

 —¿Qué tú haces?

—Jugando lotería. 

—Vaya a hacer cena. Rápido —le dijo, en chiste.  

—Bueno, yo voy a hacer cena —le respondió siguiendo el juego. 

Eso fue a las 7:41 de la noche. En aquel momento Ramón estaba en Trinidad.  Su esposa en Venezuela, en la casa donde vivían ambos junto a sus cinco hijos, todos menores de edad. El 28 de septiembre se había ido a la isla antillana que está a menos de 100 kilómetros de Güiria. 

Se fue para buscar más ingresos, según cuenta su esposa, porque en las calles del pueblo las opciones son escasas. La ganancia de la pesca y los traslados en moto habían dejado de ser suficientes para esa familia de siete. 

—Él salió de acá de Güiria un 28 de septiembre. Y, normal. Después, cuando estaba por allá fue que tuvimos conversación. Y el 3 de octubre en la mañana yo me levanto esperando esa llamada o ese mensaje de buenos días. No llegó. Me extrañó. 

Fue entonces cuando llegó la llamada de su hermana, la cuñada de Ramón:

—Explotaron una lancha. 

—Ajá, ¿y qué yo tengo que ver con eso? —respondió. 

—Ahí iban Ramón y Juan Carlos. 

—¡Eso es mentira! —fue lo único que alcanzó a decir. 

Quedó en shock por dos horas, antes de que las lágrimas comenzaran a salir. Sus hijos la veían llorar pero no sabían por qué. El mayor tenía 12 años y se enteró cuando los vecinos empezaron a acercarse a dar el pésame.

Juan Carlos iba en la lancha de Ramón | Crédito: Allegados a la víctima

Juan Carlos iba en la lancha de Ramón | Crédito: Allegados a la víctima

Ramón no dijo nada

Juan Carlos Fuentes, Robert Sánchez –primo de Ramón– y Jesús Carreño también iban en la lancha ese día, según dijeron varias fuentes en Güiria. Los dos primeros eran de Güiria, cercanos al experimentado pescador. El último era de Macuro; un pueblo vecino,  a unos 40 kilómetros y tan cerca de Trinidad que desde la playa pueden verse las luces que de noche dan vida a ese país. Ambos pueblos pertenecen al municipio Valdez.   

El escepticismo de su esposa no era solo por el impacto de la noticia. Tenía otra base. Él, que solía contarle todos sus planes, no le dijo que haría ese viaje. Ese jueves 2 de octubre en la mañana se habían dado los buenos días y Ramón le había contado su itinerario para las siguientes horas.  

—Él me dice que en la mañana se iba a donde mi hermana, que está allá en Trinidad. Es por eso que cuando llega la noticia yo no lo creo, porque él me dijo a mí que iba para donde mi hermana. Lo llamo y no me responde. Entonces llamo a mi hermana y le pregunto: “¿Ramón llegó allá?”.

La respuesta aquella mañana despertó sus miedos:

—No, Ramón no está aquí. ¿Tú no escuchaste lo que están diciendo? —preguntó la hermana.

—Sí, yo escuché pero como él me dijo que él se iba para allá… 

—Yo también lo quedé esperando.  

Entonces ella supo que su esposo no hizo lo que le dijo que iba a hacer. Cree que lo hizo porque de haberle dicho lo que tenía en mente, ella hubiera hecho lo imposible para persuadirlo. Ya había tenido éxito antes. No era la primera vez que a Ramón le llegaba una idea como esa.

Nadie sabe a dónde iba Ramón, pero todo apunta a que estaba por hacer una “vuelta”, como le llaman a los traslados de alguna mercancía ilícita. Pero otra persona cercana al pescador asegura, con firmeza, que para el momento en que la lancha fue explotada, ellos no llevaban ningún tipo de droga. 

“Yo estoy seguro que ahí no llevaban droga. Estoy seguro, seguro, seguro. Y un bote yendo de aquí para allá va a buscar mercancía, no va a traer mercancía. Entonces, él (Donald Trump) está matando gente por matar”, dijo un amigo de Ramón. Añade que  no sabe cuál era  el  destino de Ramón. 

Su esposa, de nuevo, suena triste. —Cuando me pasan el video de la lancha, yo digo que en ese video se ven personas nadando. Si hay personas nadando, ¿qué ellos hicieron con esas personas? ¿Los remataron? Esa es mi pregunta de todos los días, porque yo veo que hay gente nadando. Yo lo veo. Y yo digo: “¿y si es Ramón que estaba ahí?”. ¿Ellos no vieron que eran seres humanos? ¿No se van a tocar el corazón? Mi forma de pensar es que la persona puede estar haciendo lo que esté haciendo, pero hay una forma de juzgarla. ¿Por qué no interceptaron esa lancha, vieron y corroboraron si ahí llevaban droga? 

Se calma, y con voz aún más débil, mientras se seca las lágrimas con sus dedos, dice: 

—Hasta ahora es mentira para mí, porque yo no he visto ningún cuerpo. Yo no he visto nada. Pero sí lo creo. O sea, sí tengo como que ir asimilando la cosa porque desde esa fecha hasta ahora no he recibido ninguna respuesta. Ningún mensaje. Nada. 

La publicación de las autoridades norteamericanas luego del ataque no ofrece detalles ni pruebas. El secretario de defensa, Pete Hegseth, fue el encargado de confirmar la noticia: “Nuestra inteligencia, sin lugar a dudas, confirmó que esta embarcación traficaba con narcóticos, que las personas que iban a bordo eran narcoterroristas y que operaban en una ruta de tránsito conocida del narcotráfico. ¡¡¡¡Estos ataques continuarán hasta que se terminen los ataques contra el pueblo estadounidense!!!!”. 

—Yo digo: ¿por qué dañan a tantas familias? ¿Con qué fin? Porque independientemente de que ellos son capitanes de un bote, ellos igual no son dueños de eso. El bote no era de ninguno de los que estaban. Ramón a lo que se dedicaba era a la pesca. Nosotros no tenemos ni casa y dicen que él es un narcoterrorista. Un narcoterrorista tiene que tener sus cosas, sus propiedades. Nosotros no tenemos casa. Yo vivo en la casa de mi hermano. Para el momento del ataque, las acciones militares habían sumado un total de 21 fallecidos. En la actualidad, la cifra asciende a más de 180 personas. 

La pesca y los traslados en mototaxi no era suficiente para Ramón para mantener a su familia | Crédito: ARI.

La pesca y los traslados en mototaxi no era suficiente para Ramón para mantener a su familia | Crédito: ARI.

La esperanza de la familia

Desde los 14 años, Ramón se había dedicado a la pesca. Era un capitán excepcional. Nunca había viajado muy lejos. Por lo general, Macuro y Pedernales eran sus destinos más remotos. Recogía el pescado que atrapaban allá, lo trasladaba al muelle de Güiria y se iba a casa. Tomaba su moto y empezaba a hacer “carreritas”. 

Su esposa confiesa que, después del 3 de octubre, había dejado de mandar a los tres niños mayores a la escuela. Solo el de 12 años sabía exactamente lo que había pasado. Los otros dos se enteraron de todo en las aulas, porque sus compañeros les decían que a su papá lo habían explotado. 

—Cuando su abuela decide hacerle un rezo [por el alma de Ramón], mi hijo mayor dice “yo no voy. Si ella no tiene fe, yo sí la tengo”. Mis hijos hasta el momento dicen que su papá va a aparecer. 

El rezo fue el 3 de abril. Seis meses después del bombardeo. Hasta ese momento la madre de Ramón todavía tenía la esperanza de que su hijo llegará, pero alguien le dijo que sí habían sido atacados, que él estaba en ese bote y que se lanzaron al mar. —Yo tengo la niña de dos años, la menor, que si ella come pescado, se brota. Y aquí el pescado es lo más barato. Si yo compro pescado, ¿qué le doy a ella? Yo tengo que tenerle una dieta. Y él era el que me cubría todos esos gastos. 

Había que pagar la comida, los antialérgicos, las cremas. Si la niña se “brota”, el cuerpo comienza a picarle y se rasca hasta romperse. La crema que usa cuesta más de 10 dólares y le dura unos ocho días. En Güiria todo es más caro y no hay médicos especialistas. Las familias comen bien los 15 y 30, cuando reciben el bono. Algunos, como la esposa de Ramón, ya han adquirido tantas deudas para esa fecha que el bono solo le alcanza para pagarlas. 

—Eso es lo que Donald Trump no se puso a pensar. Está matando a un padre de familia y no sabe por qué se montó en ese bote. Él se había ido porque nosotros teníamos que llevar a la niña a un dermatólogo y no teníamos la plata. Eso tiene que ser fuera de Güiria; hay que reunir [dinero], hay que tener cómo movernos. Y él dijo: “bueno, yo me voy a ir a ver qué hago”. 

Dice que por eso se fue a Trinidad. Hace una pausa, habla de otra cosa, y luego menciona: 

—No voy a tapar el sol con un dedo de que él haya decidido montarse en ese bote a hacer eso. O sea, por la situación puede ser que lo haya hecho, sí. Pero, en el momento en que pasa lo de la explosión, lo mataron injustamente porque él no llevaba nada. 

Ella no sabe quién lo contrató, con quién había hablado, quién era el dueño del bote, de quién era la mercancía que iban a buscar, a dónde iban a buscarla. En los meses previos al viaje, Ramón solo trabajaba como mototaxista. Para el momento en que fue bombardeado, era la primera vez que tomaba esa ruta. —En esos días, la niña (de dos años de edad) tenía la piel bastante fea. Por eso también se fue. Llamaba todos los días. Después que pasó eso, a la niña yo le vi mejoría. Eso también como que me pegó, porque pensé “tan contento que se hubiese puesto Ramón”.  

Asegura que nunca le exigía a su esposo nada más que la comida, en parte porque sabía cómo funcionaban las cosas en el pueblo. No quería que se montara en un bote y se fuera a hacer “vueltas”. A veces, cuando la comida no alcanzaba, la conversación llegaba a la mesa:  

—Fulano me dijo para hacer un viaje. 

—Ajá y, ¿para qué? Yo prefiero tener para la comida, así no tenga un lujo, pero yo no quiero que tú te montes en un bote. A ver si te vas por ahí y te agarran preso, o se cae la mercancía o llegas aquí y no te pagan. 

Aquel 2 de octubre lo recuerda con particular nostalgia porque siente que ese día Ramón, por chat, la hizo reír más de lo habitual.

—Ese mismo día yo tenía fiebre. Y yo le escribo: “a mí nadie me quiere”. Y él dijo: “ya va, ella que nadie la quiere. ¿Tu marido no te quiere? ¿Tu mamá no te quiere? Y, ¿tus hijos no te quieren? Más nadie te tiene que querer”. Ese audio, dice, lo escucha todos los días. 

Ramón era padre de cinco hijos | Crédito: Allegados a la víctima

Ramón era padre de cinco hijos | Crédito: Allegados a la víctima

El viaje de la esposa
de Ramón

A menudo, ella solo mueve ligeramente hacia arriba la comisura de los labios para formar una sonrisa. Su mirada es tierna e inocente y sus párpados están caídos. Ella habla con soltura pero también con precaución. Solo sonríe mostrando los dientes cuando cuenta alguna anécdota con su esposo o su hija menor.

Algunos pasan, la reconocen y la saludan. “Estás caminando lejos”, le dicen. Pero pocos en el centro del pueblo parecen conocerla. O tal vez fingen que no la conocen. En el sector donde vive, una zona montañosa del pueblo, es más popular. Fue ahí donde llegó el alcalde a buscarla, el 29 de noviembre. Eran las 11 de la noche. 

—Tienes que estar a las ocho de la mañana en el aeropuerto —le dijo el mandatario local.

—¿Y eso? ¿Para qué? 

—No lleves ropa, no lleves nada. Solamente lo que tú puedas.

—Pero, ¿para qué? 

—El presidente las mandó a buscar. 

—¿Pero a mí sola? 

—No, no. Van varias.

A ella y a las esposas de otras cuatro víctimas, incluyendo a Juan Carlos, Robert y Luis Alí, las llevaron el 30 de noviembre al Palacio Federal Legislativo en Caracas. Jorge Rodríguez (presidente de la Asamblea Nacional), Pedro Infante (primer vicepresidente AN) y América Pérez (segunda vicepresidente AN) las recibieron.    

—Él (Rodríguez) nos preguntó si nosotros queríamos salir en cámara. Le dijimos que no. En el video aparecemos, pero de espaldas. Nos prometieron villas y castillos. A mí me preguntaron si tenía casa y dije que no. Llegó una persona a medir para el terreno donde me podían hacer la casa, pero después todo quedó en palabras.

Ella y la esposa de Juan Carlos aseguran que en el momento en el que avisaron que no querían salir en cámara, les pidieron recoger sus cosas y las regresaron al pueblo. En diciembre la gobernadora del estado Sucre las visitó. A la esposa de Ramón le ofreció —a través del alcalde— ayuda para tratar la condición cardíaca de su hijo de 12 años. Aún no recibe nada. 

—Mi hermana que está en Trinidad me dijo “deja de estar esperando por nadie. Busca al niño y dale, que yo te voy a pagar la consulta”. Entonces del cardiólogo me lo refieren al nefrólogo. Y esta es fecha que yo estoy esperando por el alcalde para la ayuda.

Hace unos meses fue incluida en la nómina de la Alcaldía del Municipio Valdez como parte de las “cuadrillas” que se encargan de limpiar las calles. Ella recibe como pago un bono. 

Los niños siguen esperando por Ramón. Sobre todo la pequeña, que todas las noches pregunta por su papá. Le envía audios que nunca llegan a su receptor y le pide que no se olvide de llevarle pan. 

—Ahí viene tu papá —le dice la madre cuando se porta mal.

—Papi no viene todavía —responde la niña. 

En las noches, cuando ya va a dormir, la dinámica cambia. 

—Má, llama an papi ahí. 

—¿Para qué?

—¡An pan! —dice, reprochando que no le ha llevado su pan. 

—Ya yo lo voy a llamar.

Es entonces cuando le reproduce uno de los audios viejos que Ramón le mandó. Después, cuando se va a acostar, la niña dice:

—Diosito, que venga papi. Amén.

La esposa de Ramón llora de nuevo. Recuerda que él nunca la dejó trabajar pese a que a veces la mesa de la casa no estaba llena. Él se encargaba solo de todos los gastos. 

En la casa de la familia de Ramón todos se enfocan en el teléfono, esperando una llamada que disipe la incertidumbre. Los niños mayores son los más atentos.

—Ellos están aferrados a que: “Mami, no te quedes sin saldo porque mi papá va a llamar”. Yo quedarme sin saldo para mis hijos es como un trauma. Suena el teléfono, a veces yo no quiero responder, y ellos dicen: “Mami, ¿si es mi papá?”. Ellos viven con el día a día de que su papá va a llamar, que su papá va a venir.Se seca las lágrimas, haceuna pausa y agrega:

—Si Ramón fuera narcoterrorista, si estuviera montado [si tuviera dinero], créeme que no estaría viviendo donde vivo. Y si vas a la casa de esas otras tres personas que mataron, no tienen gran cosa. Porque es que eso no es de ellos.

A Eduard lo apodaban “El Chingo” | Crédito: Allegados a la víctima

A Eduard lo apodaban “El Chingo” | Crédito: Allegados a la víctima

Eduard, el deportado
de EE. UU.

Lo último que supieron de Eduard José Hidalgo fue que estaba en Caracas. Había ido a presentarse ante las autoridades, o al menos eso fue lo que les dijo a sus allegados. Él era uno de los 266 venezolanos deportados en un vuelo directo desde Estados Unidos hasta el aeropuerto Internacional de Maiquetía (en la capital venezolana) el pasado 3 de diciembre de 2025, y supuestamente tenía la obligación de reportarse con cierta periodicidad ante los cuerpos de seguridad. 

Eso es lo que aseguró una persona cercana a él que prefirió mantenerse en el anonimato, por seguridad. 

Volvieron a tener noticias de Eduard el 23 de febrero de 2026. Dijeron que lo habían “explotado”. Así, sin más. “Ataque cinético letal, 23 de febrero de 2026” era el título del comunicado oficial publicado por el Comando Sur en su página web. Estaba acompañado por las imágenes del momento del ataque. “Durante esta acción murieron tres narcoterroristas varones”, se especificó en el texto. Aunque no detallaba los nombres, en el pueblo se supo que Eduard era uno de los que estaba a bordo. 

Tenía 46 años. Había nacido en Caracas pero vivió en Güiria desde muy joven. Como la mayoría de los que crecen en ese pueblo costero, se dedicó a la pesca. Se le conocía en el pueblo como “El Chingo”. Había nacido con labio leporino y, aunque había sido operado, la cicatriz en su bozo lo delataba. No tardó en conocer el mar y aprender a manejar. Navegaba bien ese estrecho del Caribe que inunda a las tierras güireñas, a Macuro, a la Boca de Dragón y a las islas que conforman las Antillas Menores. El tipo de pesca que hacía Eduard y la mayoría de sus paisanos era artesanal, en pequeños botes de madera impulsados por motores fuera de borda. 

Mar, una vieja amiga de Eduard, lo conocía bien. Contó que no sabía cuándo  salió de su casa hacia Caracas y cuándo zarpó hacia aguas internacionales donde lo bombardearon. “Nos enteramos de lo que pasó por las redes sociales y familiares de los otros dos muchachos que también estaban”, explicó. 

Aseguró que las otras dos víctimas eran de Güiria, pero que no conocía sus nombres. Solo sus apodos. “A uno lo llamaban Andresito y al otro le decían Topo, o algo así”, recordó. Así el rumor de que “El Chingo”, “Andresito” y el “Topo” habían muerto corrió rápido en las pequeñas calles güireñas. “Los explotaron los gringos. Eso fue después de Carnaval”, decían.  El rumor corría de boca en boca y resultó siendo cierto, como ha ocurrido desde los primeros ataques en los que han caído güireños.

Las publicaciones en redes sociales no tardaron. Principalmente en Facebook. “Mi compadre, me dolió mucho esta noticia” y “Qué dolor y tristeza esta noticia. Mi compadre y amigo” eran algunos de los textos que se leían sobre las fotos de Eduard que circulaban en esa plataforma. 

Las fotos por la muerte de Eduard circularon en redes sociales | Crédito: Allegados a la víctima

Las fotos por la muerte de Eduard circularon en redes sociales | Crédito: Allegados a la víctima

Pero esa es la única información que las personas cercanas de Eduard han recibido sobre su suerte. “Esta es fecha que ellos no aparecen, así que…”, agregó Mar. Ni ella, ni la madre de Eduard ni sus cinco hijos han sabido algo de él desde aquel día. Lo único que habían escuchado fue unos escasos y confusos detalles sobre cómo ocurrieron los hechos en el mar. 

La lancha no se movía

El video divulgado por las autoridades norteamericanas tenía el mismo formato que los de los 43 ataques anteriores. La única particularidad era que la lancha no estaba en movimiento. Parecía fondeada en medio del Caribe. No se observaba la cantidad de tripulantes porque esa parte de la toma fue cubierta. 

“Según nos dijeron, ellos venían de regreso y el bote estaba parado porque estaba esperando a otro bote que les iba a llevar el combustible para llegar a tierra”, relató Mar. Dijo que esa información llegó de personas que están “metidas en la movida”, en las “vueltas”; como suelen llamar a cada actividad que realizan al margen de la ley. 

Mar dijo que no se sabía de dónde salió la embarcación y que cualquier información que pudiera dar sobre ese punto sería mera especulación. El comunicado del Comando Sur y los voceros norteamericanos tampoco dieron datos exactos cuando esta alianza periodística se los solicitó.    

Estos hombres de Güiria fueron las víctimas 161, 162 y 163 de las más de 180 que suman estas acciones militares en el mar Caribe y que forman parte de una campaña para frenar el narcotráfico hacia Estados Unidos, según señalan las autoridades estadounidenses

Eduard había llegado a Estados Unidos entre finales de 2024 y principios de 2025 por caminos irregulares. Un tiempo después fue detenido y posteriormente deportado a Venezuela. Aterrizó en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, en Maiquetía, y luego fue trasladado a Güiria. 

Según sus allegados, debía presentarse ante el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en Caracas, una medida que inició luego de su llegada al país. Ellos desconocían el motivo. Sin embargo, el gobierno había señalado que los ciudadanos venezolanos deportados de EE. UU. que tuvieran órdenes de captura previa o fueran considerados de alto riesgo político, debían presentarse ante las autoridades.

Mar no sabía que Eduard tuviera alguna de estas medidas. Sin embargo, insistió: “debía presentarse en el Sebin en Caracas”.

Dijo también, con cautela, que aunque él no dio información de su zarpe ni siquiera a su madre, era improbable que alguien lo engañara para hacer ese viaje. Según Mar, Eduard ya conocía los riesgos por los ataques norteamericanos y sabía que los que habían desaparecido en el mar fueron reducidos a un número y un término: “narcoterroristas”. 

Versiones de allegados y gente del pueblo apuntan que no era la primera vez que Eduard hacía estas “vueltas”. Tenía 10 años haciendo esos viajes con otras mercancías. Lo contrataba “la gente” de Río Salado, un pueblo sucrense en donde está instalada una célula del Tren de Aragua, según ha sido documentado en el libro El Tren de Aragua: la banda que revolucionó el crimen organizado en América Latina. 

Eduard hacía las “vueltas” para obtener dinero que le permitiera proveer a su familia. Sus hijos mayores son aún adolescentes. En Güiria, los trabajos disponibles para un hombre promedio son la pesca, la agricultura o la venta informal. Pero la rentabilidad de estas actividades es casi nula en un país empobrecido como Venezuela, donde el salario mínimo oficial es menos de un dólar mensual y el salario promedio de una familia de cuatro personas es de 200 dólares al mes.

A pesar de la necesidad, Mar duda que Eduard se haya lanzado al mar aquel día en particular por iniciativa propia. Tampoco cree que hubiese planeado con detalle ese zarpe. 

“Lo obligaron, lo estaban buscando… La organización para la cual él hacía ese tipo de  ‘trabajos’ (los mismos de Río Salado) lo buscó después que lo deportaron de Estados Unidos. Hizo un viaje a Trinidad y no quería hacer más viajes,  pero lo siguieron buscando y él tuvo que ir a ese viaje”, apunta Mar. 

Juan Carlos quería tener dinero para reparar su autobús | Crédito: Allegados a la víctima

Juan Carlos quería tener dinero para reparar su autobús | Crédito: Allegados a la víctima

Juan Carlos estaba
en esa lancha

Cuando la lancha rápida fue bombardeada en el Caribe por Estados Unidos y la noticia llegó a Güiria, lo supo de inmediato. No le dijeron en ese momento que su esposo había subido a esa lancha. Ella solo lo presentía. Así que cuando llegaron clientes a su trabajo diciendo que explotaron otro bote, soltó con voz más nerviosa que firme:

—En esa lancha iba Juan Carlos   

Esa mañana, la del 3 de octubre de 2025, se sentía agotada, descompensada, como si no hubiera podido dormir. Ella sabía que su esposo zarpaba la noche anterior hacia un rumbo desconocido. Era güireño. Había crecido en la comunidad de Guarama y salió desde Trinidad y Tobago con otros tres hombres, no sin antes dejarle un mensaje desde el teléfono de un amigo. “Negra boi saliendo pídele ala birje”, decía. 

Su esposa conserva los mensajes de voz de Juan Carlos, así como lo último que le escribió | Crédito: Allegados a la víctima

Su esposa conserva los mensajes de voz de Juan Carlos, así como lo último que le escribió | Crédito: Allegados a la víctima

Al día siguiente, mientras trabajaba, los visitantes de la tienda solo hablaban de eso. “Explotaron una lancha -le decían. Fue la noticia del día en ese pequeño pueblo de pescadores en el estado Sucre venezolano. Su jefa le confirmó. 

—En esa lancha iba Juan Carlos, le dijo ella.

—No, chica. ¿Cómo tú vas a decir eso? `—le respondió su jefa.

—Sí, yo lo presiento. Ahí iba Juan Carlos. Ahí iba Juan Carlos.

Cuando llegó el mediodía, la esposa de Juan Carlos regresó a su casa y se sentó afuera, cerca de la entrada principal, acompañada por un primo. Ahí llegó una vecina unos minutos después y se sentó con ellos.

—¡Ay, Dios mío! Mira lo que me aparece aquí. Explotaron una lancha, Ella no respondió. Solo se limitó a repetirle a su primo lo que le había mencionado a su jefa: que presentía que su esposo estaba a bordo de esa lancha. No podía levantarse de la silla de inmediato. Sentía que le faltaban fuerzas en las piernas.

Al final del día se fue a vender empanadas. Su teléfono repicó varias veces pero no lo contestó porque estaba ocupada. Cuando pudo revisar, ya en su casa, se dio cuenta de que la llamada provenía de un número extranjero. Su corazón de nuevo se aceleró. Empezó a tener más certezas de que algo le había pasado a su esposo.

El teléfono sonó de nuevo. Era un conocido que estaba detenido en Curaçao.

—Me dijeron que Juan estaba en ese bote —dijo el hombre.

—No, vale, no eran ellos —respondió ella.

—Hija, yo te entiendo. Yo sé que tú no lo vas a aceptar. Pero sí está confirmado que eran ellos. ¡Coño! Juan Carlos está loco. Está viendo cómo están las cosas y se lanzó así —replicó el hombre.

Ella quedó sin palabras. No hizo ningún gesto. No sabía cómo reaccionar. Se mantuvo quieta por un rato. En ese momento, estaba sola en su casa. Ya no le quedaba ninguna duda. Había perdido a su esposo. Se lamentaba y se culpaba por no haberlo convencido para que no hiciera ese viaje. De repente, la casa se empezó a llenar de vecinos y amigos que supieron lo que había pasado.  

El autobús de Juan Carlos sustentaba a su familia | Crédito: Allegados a la familia

El autobús de Juan Carlos sustentaba a su familia | Crédito: Allegados a la familia

Juan Carlos salió
desde Trinidad

Juan Carlos tenía 43 años y era padre de cuatro varones. En el pueblo era famoso por manejar un autobús de la flota de los Yutong que llegaron al país en 2011 y fueron asignados por el Estado a conductores particulares y líneas privadas con la modalidad de financiamiento. Eso fue entre 2014 y 2015. Su Yutong era su fuente de ingreso principal.

Pero desde que la Emergencia Humanitaria Compleja golpeó al país en 2016, el vehículo sufrió daños que con los años resultaron ser irreparables o impagables para él. Aún así, Juan Carlos —que también era muy bueno en la mecánica— reparaba lo que podía y lo ponía a andar, a medias, para cubrir la ruta Güiria-Yoco.

En la casa de Juan Carlos y su esposa la comida era escasa, pero él se encargaba de hacer lo que fuera necesario para llevar alguno de los tres platos, sobre todo a su hijo pequeño. En el último año el Yutong no estaba operativo. Esa desesperación lo condujo a Trinidad el 28 de septiembre de 2025 junto a Luis Ramón Amundarain y Robert Sánchez.

Tenían contactos en la isla que le aseguraban una oportunidad laboral en un autolavado. Dos días antes del viaje, el 26, Juan Carlos estaba intentando reparar el Yutong cuando el disco del esmeril se salió y le hizo un corte en una de sus manos, desde el inicio de los dedos hasta cerca de la muñeca. Él era diabético, pero parecía despreocupado por lo ocurrido.

Se puso solo una bolsa en la mano y siguió. Para su esposa, sin embargo, esa era una señal de que no debía viajar. Él, en cambio, seguía convencido.

—Negra, yo no aguanto más. Yo voy a tener que irme. Me voy a tener que ir, me voy a tener que ir —le dijo unos días antes del viaje.

Una vez en Trinidad, recibió una llamada particular para un trabajo en el que estaría acompañado de sus amigos Luis Ramón y Robert. También de otro joven: Jesús Carreño.

—Negra, me salió ahí un viaje. Tengo ganas de lanzarme —le dijo a través de una llamada telefónica. 

—No, Juan Carlos, quédate en Trinidad. Por lo menos tú conoces de la mecánica. Busca un trabajo, trabajas allá y nos ayudamos así.

—No, Negra, yo voy a ir. Yo voy a ir

Su esposa le suplicó a Juan Carlos no hacer el viaje | Crédito: ARI 

Su esposa le suplicó a Juan Carlos no hacer el viaje | Crédito: ARI 

Fue entonces cuando ella le recordó lo que había ocurrido un mes antes, cuando Estados Unidos había bombardeado una embarcación en la que viajaban 11 personas. Uno de ellos era del pueblo, el Che. Cuando se supo de esa explosión, el pueblo quedó conmocionado. Juan Carlos estaba al tanto de todo. Había visto las noticias, las fotos, los videos.

—Juan Carlos, por ahí no se puede ir ahorita a nada, porque ahorita así no vayas a hacer nada si ven un bote por ahí lo van a explotar —siguió ella.

Él, con la terquedad y el carácter fuerte que lo caracterizaba, le respondió:

—Negra, ¿eso es lo que tú quieres? ¿Que me pase algo malo?

—Yo no quiero que te pase nada malo, Juan Carlos, pero ve lo que está pasando. Mira lo que pasó. Tú te vas a lanzar por ahí así… No vayas.

—Es que yo no aguanto más esta situación. No aguanto más. Mis hijos a veces me piden algo y yo no tengo nada que darles. Y yo veo ese carro ahí parado. Yo quiero ver a mi Yutong rodando.

—Piensa en el muchachito, Juan Carlos.

—Si por él es que me voy. Yo me voy. Yo no aguanto más este desespero. Yo me voy a vivir o a morir, pero yo me voy —sentenció.

Pero Juan Carlos era persuasivo. Ella no tiene claro en qué momento logró convencerla de que la “vuelta” no era una mala idea.

El jueves 2 de octubre, poco después de las siete de la noche, Juan Carlos se comunicó. Estuvieron hablando por videollamada:

—Negra, ya va, ya va, que creo que vamos a salir ahorita 

—¿Para dónde? 

Él no respondió. Así que ella continuó:

—¡Ay, Juan! No vayas por ahí. No vayas. No vayas.

—Ya en dos días yo estoy en el sitio donde voy a llegar —¿Pero ustedes llevan algo?

—No, negra. Nosotros no llevamos nada. Nosotros lo único que llevamos es la logística que nos dan. De allá para acá sí vamos a traer mercancía. 

Cuando ya iba a zarpar desde alguna playa trinitense, volvió a escribirle, pidiéndole que rezara por él. Fue su último mensaje

El duelo y el hambre

—Juan Carlos nunca en su vida ha hecho “vueltas” —dice su esposa—. Nunca en su vida había hecho nada de eso. Nada de eso. Nada. Lo intentó por desesperación, porque Juan Carlos lo que decía era que él quería sacar su Yutong.

Asegura que no sabe quién lo contrató para aquel viaje del 3 de octubre. Pero tiene la certeza que ni el bote ni lo que en él había le pertenecía a Juan Carlos. Y, de hecho, era la primera vez que su esposo emprendía una travesía como esa.

—A ellos los buscan para hacer ese tipo de trabajo, pero uno no sabe de dónde son, ni de dónde es el bote, ni de quién es —explica.

Por eso, rechaza que en el comunicado oficial norteamericano lo señalen como “narcoterrorista”.

—Juan Carlos no era ningún narcoterrorista como ellos dijeron. Juan Carlos era un hombre trabajador. Toda su vida ha sido chofer. Le ha tocado hacer bloques, ser chofer de otro carro que no ha sido el de él, ser caletero de autobuses en viajes a Caracas para cargar los bolsos. Hacía todo eso.

Ella mira todavía el video de la explosión publicado por el secretario de guerra norteamericano, Pete Hegseth. Le parece que no es real, que es el mismo video de las lanchas que habían atacado antes. Siente como si Juan Carlos estuviera de viaje. A veces tiene esperanzas de que pueda estar vivo, pero se desvanecen cuando recuerda que, de ser así, ya habría buscado la forma de comunicarse. En seis meses no lo ha hecho. Llevaban 28 años viviendo juntos. Era su pareja desde los 14. Ahora tiene 42.

—Mi proceso lo he pasado yo en mi casa sola. Solita, solita. Hay veces que estoy bien, pero hay veces que paso las 24 horas del día pensando en Juan Carlos. Porque me imagino en qué lado de la lancha iba sentado cuando le pasó eso...

Cuenta, entre lágrimas y suspiros, cómo ha pasado los últimos meses.

—Yo me la paso encerrada en mi casa. Los primeros días, cada vez que salía al mercado, lo que hacía era llorar todo el camino. La gente me medio decía algo y era llorar, llorar, llorar. Y duraba dos o tres días sin comer. A veces estoy así, y de repente me siento en el frente y veo a los hijos de los vecinos diciéndoles papá, y pienso que ya mis hijos quedaron sin papá. Mis hijos no tienen papá.

Incluso durante las actividades más rutinarias, como ir al mercado municipal de Güiria, la esposa de Juan Carlos lloraba su muerte | Crédito: ARI

Incluso durante las actividades más rutinarias, como ir al mercado municipal de Güiria, la esposa de Juan Carlos lloraba su muerte | Crédito: ARI

Sus hijos son todos mayores de edad, excepto el último. Ella sigue contando:

—Yo no trabajaba, yo no hacía nada porque Juan Carlos nos trataba de dar todo. Y a veces en la casa no tenemos nada y lo que hago es ponerme a llorar y pensar en Juan Carlos. Yo digo que si él estuviera aquí yo no estuviera pasando por nada de eso. Porque algo hacía siempre. Aunque no tuviera el autobús, algo resolvía. Él sabía mucho de la mecánica. 

Desde que él no está, hay noches en las que ella y sus dos hijos menores, que son quienes siguen en casa, se acuestan con el estómago vacío. Por eso cuestiona que Estados Unidos ataque los botes sin saber quiénes van allí.

—Yo digo que si lo hubiesen agarrado preso, OK. Porque aún estando presos ellos trabajan. Porque así es el conocido que tengo. Él está preso pero trabaja ahí mismo y le manda a su esposa.

Aunque no ha recibido ninguna información adicional sobre lo que le pasó a su esposo, ella tiene claro que él estaba en ese bote.

—Yo digo que estoy 100% segura de que sí eran ellos. Porque Juan Carlos hubiese buscado la manera de ver cómo se comunicaba con nosotros. Yo sé que en cualquier lugar donde él esté, está pensando en nosotros, en que era el único sustento. Él sabe que era el pilar de la casa.  

A su hijo menor aún no le ha dicho qué le pasó a su papá. El penúltimo asegura que lo esperará hasta el último día de su vida. Los mayores lloran con su madre desde la distancia, porque tuvieron que emigrar, y enfatizan que harán lo posible para que no les falte nada.

Ella perdió a sus padres hace unos años y no tiene contacto con sus hermanos. Solo ha encontrado apoyo en la esposa de Luis Ramón, con quien habla de cómo se siente y se intercambian noticias que ven sobre el caso de sus esposos.

—A veces me da cosita con ella porque tiene cinco muchachitos pequeños. A veces nos vamos a sentar en la plaza las dos solitas o en la playa. Y allá lloramos. A veces nos vamos para allá, para la playa,  y decimos “¿te imaginas que ellos lleguen aquí ahorita?”.

Con el paso de las semanas, aprovecha los días buenos y se queda en casa en los días malos. Sobrevive con el pago que recibe por formar parte de la nómina de la Alcaldía del Municipio Valdez, del que Güiria es la capital; con la venta de domplinas y otros platos típicos de la zona que le encargan, y con las empanadas.

—Para yo superar esto, tengo que buscar ayuda —dice—. Si no, yo no la voy a superar. Y siento que eso me está afectando muchísimo.

Los Bombardeados

Los bombardeados: sin derecho a la defensa es una investigación sobre las víctimas civiles de los ataques de Estados Unidos en Latinoamérica, coordinada por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) en alianza con Casa Macondo, Verdad Abierta y 360 grados (Colombia); Runrunes, Tal Cual y El Pitazo de la Alianza Rebelde Investiga (Venezuela); The Guardian (Trinidad y Tobago) y con el apoyo de Airwars (Reino Unido) y El Veinte.