MONITOR DE VICTIMAS | INFORME 2021 CAPÍTULO 5

Explorando el comportamiento de la violencia homicida contra la mujer: Un análisis inferencial

MONITOR DE VICTIMAS | INFORME 2021 CAPÍTULO 5

Explorando el comportamiento de la violencia homicida contra la mujer: Un análisis inferencial

Desde su comienzo, la pandemia ha cambiado muchos aspectos de la sociedad. Un cambio preocupante ha sido aquel en los comportamientos de las personas dentro y fuera de los hogares. Entre estos, se ha observado un incremento significativo de casos de violencia de género en los hogares latinoamericanos[1]. La violencia contra la mujer es un tema preocupante que debe ser estudiado y analizado a profundidad. Venezuela, además, presenta un contexto institucional que muestra fallas a la hora de investigar y castigar estos casos, donde no existen mecanismos suficientes de prevención y protección y donde estas prácticas parecieran formar parte de un comportamiento sistemático y arraigado en muchos hogares. En este sentido, nos interesamos en analizar las características de los homicidios en donde las víctimas eran mujeres y, de esta manera, determinar los factores que han dominado dichos asesinatos y observar los posibles riesgos que conlleva una cuarentena prolongada en los hogares. De esta forma, logramos obtener una imagen más clara de las características de estos sucesos y, así, colaborar en el diseño de políticas a futuro que busquen prevenir tan lamentable situación.

Un enfoque inferencial

Para el análisis, nos enfocamos en tres condiciones a fin de observar si presentaban una relación estrecha con el sexo de la víctima: tipo de arma (separado entre arma de fuego y el resto), victimario (círculo familiar y el resto) y el contexto del homicidio (si fue en el hogar o fuera). Para determinar la interrelación de estos factores con el género, se trabajó con el test de independencia de Chi Cuadrado, el cual compara los casos observados con la distribución esperada que deberían tener los datos cuando no existe asociación, estableciendo si las categorías son independientes entre sí.

En este caso, se encontró que, para la muestra trabajada[2], las mujeres presentan un sesgo significativo (no aleatorio) a ser asesinadas por un individuo del círculo familiar, en el hogar o utilizando fuerza física o un arma blanca[3]. En contraste, los hombres son menos propensos a morir en estas condiciones, presentando relaciones significativas, pero en el sentido contrario, donde el valor observado era inferior al valor esperado.

 Entre los resultados también destaca la diferencia entre los valores observados y esperados para las mujeres, que fueron mayores para todos los casos. De los 210 casos de asesinatos de mujeres analizados, se esperaba que, para que la relación fuera aleatoria, solo 6 de los homicidios se dieran a manos de un familiar; 37 con un arma blanca o fuerza física[4]; y 55 en el hogar. En cambio, se encontró que 45 de los casos observados fueron cometidos por familiares (21,1% del total, comparado a 1,6% en el caso de hombres); 112 fueron realizados con un arma blanca, objetos contundentes o fuerza física (58,5% del total, comparado a 23,6% en el caso del sexo opuesto); y 98 se llevaron a cabo en el hogar (41,9% del total, comparado a 22,4% en el caso de hombres)[5].

Adicionalmente, se llevó a cabo una prueba relacionando el sexo, arma utilizada y el contexto. En este caso, los casos femeninos presentaron una relación no aleatoria con estas condiciones, mientras que no se observó una relación significativa para los hombres. Esto implica que el hecho de ser mujer guarda una relación directa con morir en casa mediante la fuerza física o un arma blanca. Esto se evidencia al ver que el valor esperado de la intersección de estas dos características (52,3) fue 24,3 % menor que el valor observado (69).

 

Más allá de la estadística: las  (posibles) explicaciones detrás de los resultados

La dependencia entre el sexo de la víctima y las condiciones del asesinato se debe a distintas razones, las cuales deben ser analizadas con cuidado. En primer lugar, resalta la diferencia de armas empleadas de acuerdo al género de la víctima, donde las mujeres son asesinadas en mayor medida con armas blancas, objetos contundentes o mediante el uso de la  fuerza física. La razón de ello es que se conoce que, en los homicidios, uno de los factores que influencian el arma empleada es las características de la víctima[6], donde dependiendo del género, el victimario puede modificar decisión en cuanto al arma homicida, considerando los costos y beneficios asociados al crimen[7]. Considerando entonces que la mayoría de los victimarios son hombres, las víctimas mujeres, al encontrarse típicamente en desventaja física frente a su atacante, no son percibidas como amenazantes, por lo que sus victimarios prefieren usar armas blancas o incluso sus propias manos. Se evidencia así que ni la cercanía requerida para ello, ni la posibilidad de lucha por parte de las mujeres les asusta.

Lo anterior, aunado a que se conoce que los principales motivos para las estrangulaciones en el caso de las mujeres son por cuestiones sexuales, celos o por problemas personales entre víctima y victimario[8] [9], permite plantearse que los homicidas actúan de modo impulsivo o no premeditado y, al no poseer una barrera física o emocional de miedo que les impida cometer estos actos, las mujeres se ven en una situación especial de vulnerabilidad.

Adicionalmente, esto contribuye a explicar el tipo de arma homicida dominante en mujeres, ya que otro de los factores influyentes es la circunstancia del asesinato.[10] Al ser un motivo personal, resulta consistente el uso del cuchillo u objeto contundente pues son las armas más usadas en los homicidios domésticos,[11] [12] los cuales, al requerir mayor proximidad, suelen ser una experiencia más difícil a nivel emocional para el victimario.[13] Por esto, tendría sentido asumir que poseen una mayor motivación, e incluso una alta carga emocional negativa al cometerlo. Lo anterior es consistente con la teoría interaccionista social, que argumenta que la violencia de este estilo se considera coerción y la misma es usada para vengarse, ajustar cuentas o para manipular a otros[14].

Además, no debe ignorarse que la vida de estas mujeres fue tomada en su gran mayoría por personas que conocían (particularmente miembros de su círculo familiar), lo cual es consistente con lo ya desarrollado. De esta manera, considerando que un porcentaje importante de los homicidios de mujeres ocurren en sus hogares, se puede concluir que las mujeres no solo carecen muchas veces de un ambiente seguro, sino que también deben de experimentar altos niveles de miedo al conocer o encontrarse en estas circunstancias; especialmente considerando la alta vinculación entre la violencia de género y el hecho de que el asesinato sea llevado a cabo por la pareja.[15]

Un problema que sigue creciendo

Desde la creación del Monitor de Víctimas, se ha podido observar un incremento anual del porcentaje de mujeres asesinadas. Parece, de igual forma, que la cuarentena radical, impuesta a raíz de la pandemia del COVID-19, ha creado condiciones para que la proporción de feminicidios aumente de manera preocupante en el país. Entre abril y diciembre del año 2020 en el Área Metropolitana de Caracas, 9,1 % de los homicidios fueron hacia mujeres, lo que en términos relativos supone un incremento de al menos 40,9 % con respecto al mismo periodo en el año 2019.

Esto da a entender que la cuarentena en Venezuela ha sido un factor influyente que ha provocado el aumento significativo de los crímenes de género en Caracas. Este aumento se puede atribuir a que las mujeres tienden a estar más tiempo en sus hogares juntos a sus parejas o acompañante, lo que parece fomentar el deterioro de la sana convivencia o la exacerbación de conductas negativas -atribuidas al estrés económico y social que supone la pandemia- que se traducen en violencia doméstica y eventualmente en violencia homicida. Tal es así que, aproximadamente la mitad de los asesinatos de mujeres entre abril y diciembre del 2020 ocurrieron en el hogar de la víctima.

La situación que enfrentan las mujeres en la ciudad es alarmante. El análisis inferencial nos permite ver cómo ellas tienden a ser asesinadas por personas conocidas, en sus hogares y utilizando fuerza física o un arma blanca, a diferencia de los hombres. En muchas ocasiones, la imagen que tenemos es aquella de una mujer indefensa sin ningún tipo de mecanismo de prevención y protección al cual recurrir. Y muchas veces pareciera ser resultado de conductas sistemáticas y prácticas arraigadas en la sociedad. Por esto, es de suma importancia hacer de esta problemática una prioridad.

La prevención y reducción de la violencia contra la mujer debe ser un esfuerzo en conjunto de todos los miembros de la sociedad: familias, líderes y autoridades locales, organizaciones de la sociedad civil y el gobierno nacional. Es vital fortalecer el compromiso en su prevención y reducción, adaptar los sistemas educativos con este objetivo, crear espacios de prevención primaria, respaldar a las mujeres víctimas de violencia y promover un sistema de justicia capaz de canalizar, investigar y castigar este tipo de actos.

Para todo lo anterior, es necesaria la disposición del Estado. Lamentablemente, pareciera ser algo que no está presente en nuestro país. A Venezuela la caracteriza una capacidad institucional reducida, en gran medida por la impunidad, la falta de transparencia, la desidia procesal y la inacción de los cuerpos de seguridad responsables de la investigación de los crímenes. El caso de Karla Ríos es un perfecto ejemplo de cómo una muerte se hubiese podido evitar si las autoridades competentes hubieran actuado a tiempo y efectivamente. Es importante entender que el asesinato de una mujer por estas razones conlleva, en muchos casos, el asesinato de una madre; lo que supone el desmembramiento de un núcleo familiar y el orfanato de niños que, muchas veces, no cuentan con los recursos familiares, económicos o institucionales para hacer frente a lo ocurrido. Para evitar esto, es necesario contar con autoridades comprometidas y efectivas a la hora de actuar e investigar.

Entonces, queda claro que la violencia contra la mujer tiene costos incalculables para la sociedad en el corto, mediano y largo plazo, y en muchas ocasiones pareciera estar desatendido. Es responsabilidad de todos los miembros de la sociedad y especialmente del Estado, de generar espacios de protección, reducción y prevención de estos actos atroces, promoviendo la convivencia, la igualdad, la seguridad y el bienestar de todas las personas. Apuntemos a una sociedad en la que estos valores prevalezcan gracias a los esfuerzos de todos sus miembros. 


[1]López-Calva, L. F., & R. (2020, November 3). No safer place than home?: The increase in domestic and gender-based violence during COVID-19 lockdowns in LAC. UNDP.

[2] Todos los casos recopilados por el Monitor de Víctimas desde mayo 2017 hasta diciembre de 2020.

[3] Dentro de “fuerza física” se encuentran englobados también los estrangulamientos. De igual manera, entre los casos de armas blancas también también nos referimos al uso de objetos contundentes.

[4] En esta categoría también se incluyen los otros casos a parte de armas de las armas blancas y de fuerza física, sin embargo, estas representan el % de estos homicidios.

[5] Todos los valores resultaron estadísticamente significativos, con un p-valor inferior a  0,01.

[6] Pelletier, K. R., & Pizarro, J. M. (2018). Homicides and Weapons: Examining the Covariates of Weapon Choice. Homicide Studies, 23(1), 41–63. https://doi.org/10.1177/1088767918807252

[7] Fox, K. A., & Allen, T. (2013). Examining the Instrumental–Expressive Continuum of Homicides. Homicide Studies, 18(3), 298–317. https://doi.org/10.1177/1088767913493420

[8] Chan, H. C. O., & Beauregard, E. (2016). Choice of Weapon or Weapon of Choice? Examining the Interactions between Victim Characteristics in Single‐victim Male Sexual Homicide Offenders. Journal of Investigative Psychology and Offender Profiling, 13, 70-88. doi: 10.1002/jip.1432.

[9] Häkkänen, H. (2007) Murder by Manual and Ligature Strangulation. In: Kocsis R.N. (eds) Criminal Profiling. Humana Press. https://doi.org/10.1007/978-1-60327-146-2_4

[10] Pelletier, K. R., & Pizarro, J. M. (2018b). Homicides and Weapons: Examining the Covariates of Weapon Choice. Homicide Studies, 23(1), 41–63. https://doi.org/10.1177/1088767918807252

[11] Cook, E. A., & Walklate, S. (2020). Gendered objects and gendered spaces: The invisibilities of ‘knife’ crime. Current Sociology, 001139212093297. https://doi.org/10.1177/0011392120932972

[12] Pelletier, K. (2017). Motivation to Kill: The Relationship between Motive and Weapon Choice in Homicide. Arizona State University

[13] Cohen, E. A., & Grossman, D. (1996). On Killing: The Psychological Cost of Learning to Kill in War and Society. Foreign Affairs, 75(2), 147. https://doi.org/10.2307/20047512

[14] Pelletier, K. (2017). Motivation to Kill: The Relationship between Motive and Weapon Choice in Homicide. Arizona State University

[15] UNODC, Global Study on Homicide 2019 (Vienna, 2019)