EL CONCURSO
Originalidad y creatividad son dos de las seis cualidades que evaluó el jurado para seleccionar a los 18 ganadores del Concurso La escuela que es mi casa. Esta fue una convocatoria promovida por El Pitazo y el Fondo de las Naciones Unidades para la Infancia (UNICEF) para brindarles a los niños venezolanos la oportunidad de contar su experiencia de aprendizaje en el año de pandemia debido al COVID-19, momento en el que debieron abandonar sus salones de clases para estudiar en las casas.
De 302 obras recibidas a través del correo electrónico, 99 fueron preseleccionadas para la etapa final. De esta, resultaron los ganadores de las categorías poesía, historieta y relato, en dos grupos de edades: de 10 a 12 años y de 13 a 16.
Los trabajos que llegaron a esta ronda cumplían con todos los requisitos establecidos por el jurado calificador en las bases del concurso. Entre ellos, coherencia en el contenido, apego al tema de la propuesta y concordancia entre lo enviado y los requisitos de la convocatoria.
Al final del proceso resultó una selección que nos permite redescubrir al país que a veces olvidamos. Uno que late potente, vivo, indoblegable y esperanzador en la imaginación y franqueza de un grupo de niños y adolescentes que decidieron hablarnos de sus creencias, de sus búsquedas, de sus fórmulas mágicas de supervivencia. Lo hacen desde el municipio Guajira, en el estado Zulia, en el extremo occidental venezolano, hasta el estado Amazonas, en el sur.
A través de sus relatos, poesías y dibujos ratifican su talento, su derecho a la participación y su fe en la familia y en la amistad; en el hogar como refugio en la calma y en la urgencia, y en la escuela. Lo dicen sin ninguna duda, firmes en la palabra y en el trazo: solo estudiando y aprendiendo se construye futuro.
A continuación los ganadores y sus obras
GRUPO 1
–10 a 12 años–
PRIMER LUGAR
JOSUÉ SÁNCHEZ
12 años
La escuela desde mi casa
Me encontré en la brevedad
del segundo y el instante
que de forma impresionante
vi mi mundo tambalear.
Una alarma ya encendida
cual campana al repicar
y una corona bandida
hoy nos vino a encerrar.
Mis amigos muy distantes,
mis maestros ni se diga,
tocó dar la despedida
a mi casa de estudiante.
Hoy las clases son virtuales
y aprendo desde mi hogar,
mis maestros, son mis padres
y el recreo, al descansar.
Hoy me asomo a la ventana
y veo el tiempo volar,
pasan días y semanas,
sin correr y sin jugar.
En un futuro cercano
ya me puedo imaginar
la llegada a mi colegio
y a mis amigos al entrar.
El salir sin tapaboca
con la mano saludar
poder dar un fuerte abrazo
y aire limpio respirar.
Y volver a convivir
dentro de un mismo salón,
y al profesor dando clases
prestarle mucha atención.
Desarrollar y explicar
sin ninguna distracción,
y junto a mis compañeros
hacer una exposición.
Imagino emocionado
a mi colegio llegar
y a la niña que me gusta
poder ir a saludar.
Todo esto lo lograremos
si cumplimos cabalmente
con las normas de salud
que hoy en día están presentes.
El covid nos ha obligado,
con su riesgo tan letal,
a tener mucho cuidado
y a la distancia social.
Yo sé que ya falta poco
para ver lo imaginado,
cumpliré todas las normas
y al salir, tendré cuidado.
Es la bioseguridad,
un tema tan importante,
el cuidar muy bien mi rostro
y mis manos con los guantes.
Se volverá una rutina
salir con el tapaboca,
saludar a la distancia
es lo que ahora nos toca.
Y ya para despedirme
haré una gran petición,
a mi Dios de que nos cuide
y a la gente, discreción.
ENTREVISTA
Para Josué Sánchez escribir poesía viene de familia
Josué resultó ganador del primer lugar del concurso La escuela que es mi casa, convocado por El Pitazo y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). Para él la poesía es más que un pasatiempo: simboliza un legado familiar
Por: Génesis Marior Figueroa | Aragua | El Pitazo
La familia Sánchez López es un recordatorio viviente del dicho que reza: lo que se hereda no se hurta, pues con solo 12 años, el joven Josué Sánchez resultó ganador del primer lugar en la categoría poesía del concurso La escuela que es mi casa, convocado por El Pitazo y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).
Luego de una cuarentena larga y alejado de sus compañeros de clase, Josué, de raíces falconianas y residenciado en Aragua, se tomó cuatro días para escribir su obra, una pieza cargada de sentimientos encontrados que muestra la realidad que muchos jóvenes han tenido que enfrentar durante la pandemia: compañeros distantes y clases en línea, algo que para muchos resulta muy complicado.
“No he visto a mis compañeros ni a mis profesores", se lamenta Josué, quien cursa el primer año, una etapa escolar que se basa en el trabajo en equipo.
El joven, tímido y de rasgos finos, se emociona cuando habla de la poesía, pues viene de una familia de poetas y escritores que vieron en él un don para la escritura y lo impulsaron a participar en este concurso.
“Dedico este premio a mi abuelo, a mi hermana y a mi mamá, porque ellos tres son poetas", dice todo emocionado, y recuerda que se enteró del resultado por una llamada telefónica a su mamá, Arelis, quien siempre lo apoya y lo impulsa a seguir sus sueños.
“Estábamos muy felices y nos abrazamos. Llamé a mi abuelo y me felicitó", reitera este ganador, que además menciona que uno de los premios, un celular, lo ayudará a investigar sus clases.
Sueña con escribir un libro
Josué agradece al Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia y a El Pitazo este tipo de iniciativas que impulsan a los jóvenes a crear. Entre sus planes está seguir escribiendo poesía y escribir un libro, como lo hizo su abuelo.
“También espero que la cuarentena y la pandemia terminen pronto, ya que quiero salir de mi casa sin tapabocas, sin riesgo de contagiarme y abrazar a mi familia”.
SEGUNDO LUGAR
MIRIALFRI CARVAJAL
11 años
Extraño a mi escuela
Antes del COVID-19
antes de la pandemia
antes, muy, muy antes
de que cerraran las escuelas.
Llegando a mi escuela
nos regresaron a casa
porque había vacaciones
hasta la otra semana.
Cuando llegó el día
de regresar a la escuela
nos dijeron que no
porque ha llegado una pandemia.
Una rara pandemia
un extraño virus
al cual le pusieron
el gran coronavirus.
En el pueblo de China
todo empezó
hasta que en Venezuela
ese virus llegó.
Nos podíamos contagiar
y nos pusieron en cuarentena
cerraron todo
incluyendo las escuelas.
Y yo me he puesto triste
extrañando a mi escuela
esperando algún día
reencontrarme con ella.
Llorando todos los días
sin nadie con quien jugar
yo con mis compañeros
anhelo mucho estar.
De repente me encontré
con una hoja que decía
cómo te imaginas
volviendo a tu escuela.
Bueno, me imagino
los pájaros cantando
y yo, muy feliz,
con mis amigas estudiando.
Una fiesta
con música y teatro,
donde los profesores
nos estarían abrazando.
Todos alegres
contentos y abrazándonos
donde nuestra familia
también estaría disfrutando.
Me imagino todo eso
y muchas cosas más
les prometo que algún día
se las terminaré de contar.
Yo extraño mi escuelita,
ella me trata con amor
les diré cómo se llama
presten mucha atención.
En Casuarito Vichada
estudio en la institución
educativa Antonia Santos
con mucha emoción.
Y el año que viene
veremos qué se puede hacer
para regresar a la escuela
y el COVID-19 nunca ver.
Esto es todo lo que imagino
esto es todo lo que viví
espero que mi poema
los haya hecho feliz.
ENTREVISTA
Mirialfri desea recorrer de nuevo el Orinoco para volver a clases
Una inteligente niña que vive en un poblado a orillas del Orinoco, en Amazonas, se alzó con el segundo lugar de la categoría poesía, grupode 10 a 12 años, del concurso La escuela que es mi casa, impulsado por El Pitazo y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF)
Por: Carlos Suniaga | Amazonas | El Pitazo
Recorrer una enmontada colina tomada de la mano de su abuela y llegar a un improvisado muelle desde donde sale una lanchita que navega un estrecho margen del Orinoco, era la rutina de Mirialfri Carvajal antes de la pandemia. Ella vive en el sureño estado Amazonas y estudia en el colegio Antonia Santos de Casuarito, departamento Vichada, en Colombia.
La precaria situación de Venezuela dejó sin docentes las escuelas de Puerto Ayacucho y su familia la cambió al plantel colombiano, donde también reciben clases otros 300 niños venezolanos.
Mirialfri tiene 11 años y habla con una naturalidad que impresiona. Lee mucho y le gusta escribir todo lo que ve y siente. Ganó el segundo lugar de la categoría poesía en el concurso La escuela que es mi casa, impulsado por El Pitazo y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).
Asegura que lo que más desea es regresar a la escuela. A su escuela. La que queda al otro extremo del Orinoco y cuyos profesores son colombianos. “La cuarentena ha sido un poquito triste porque extraño mi colegio. Allá a veces hacemos tareas que en la casa no podemos, entonces pienso que es mejor estar en la escuela”, dice.
Precisamente todo lo que ha vivido durante el confinamiento en su casa fue lo que la motivó a participar en el concurso y a escribir un poema titulado ‘extraño mi escuela’. En su texto relata con tristeza el momento en el que cerraron la institución por la cuarentena, pero también se imagina el fin de la pandemia, y lo describe muy alegre, con pajaritos, amigos y fiestas. Y regresando a clases.
“Quien me habló del concurso fue mi mamá. Ella llegó del trabajo y me mostró una hoja, yo empecé a leer todo lo que decía y me gustó y quise participar”, relata Mirialfri en una apresurada conversación telefónica, aprovechando una pizca de señal que jugó a favor de esta entrevista.
Cuenta que ya se leyó el libro ‘24 poetas latinoamericanos’, que fue uno de los premios del concurso. Todos los textos que hay en su casa los ha leído hasta dos veces y estaba ansiosa por ver otro texto. “Me gustó mucho ese libro porque hay muchos poemas y eso me inspira. Es muy interesante conocer las ideas de cada persona que escribe en el mundo”, comenta la ganadora del concurso infantil de El Pitazo y UNICEF.
“Estoy muy emocionada de haber escrito la poesía porque sé que mucha gente vio mi trabajo y ahora me gustaría saber qué piensan de eso”, cuenta muy alegre. Al leer el poema de Mirialfri no se puede pensar en otra cosa que en una niña llena de esperanza y con un prometedor futuro.
Ella dedica el premio a su mamá, abuela y tío. Una vez que se enteró de que había ganado, los abrazó muy fuerte y luego compartieron un almuerzo. “Así es como me imagino al mundo, donde todos se puedan abrazar y no usar tapabocas”, indica.
Mirialfri quiere estudiar diseño gráfico y seguir escribiendo para inspirar a otros niños. Que vean que no existen barreras ni limitaciones posibles para los sueños. “Yo les digo a los niños que no guarden sus talentos, que los saquen a la luz para que el mundo vea de lo que somos capaces”, comenta.
TERCER LUGAR
ITALIA PARRA
12 años
¡Zas! Del salón a mi sala
De la noche a la mañana
de repente me encontré,
que al salón de mi colegio
ya no podía volver.
Y la sala de mi casa
se convirtió en el salón,
en el que tareas y tareas
había que hacer por montón.
Y una esquinita de ella,
es mi rinconcito especial,
en el que tomo las fotos
para enviar en digital.
¡Y la silla! mi pupitre,
¡Mi perrita! compañera traviesa,
lápices, colores, hojas, cuadernos
¡Todo sobre la mesa!
¡Y la voz de mis padres! el timbre,
pero no el del recreo,
¡hora de esto y aquello!
para que el tiempo no sea
el que me enrede los cabellos.
Tal fue el esfuerzo y plena dedicación,
que no valió lloriqueo, pataleo o frustración,
nos armábamos de guáramo para decir;
“que se abra el telón”.
Escuela, cham@s y familia
nos montamos en el tren
a veces queríamos bajarnos
o pasarnos de andén en andén.
De vez en cuando sentíamos
que se nos agotaba la paciencia,
pero respirábamos profundo
¡Y hacíamos la diligencia!
Y guía tras guía,
aunque armábamos algarabía,
avanzábamos con tesón,
dejando lo más en alto
la escuela y la educación.
Doy gracias a Dios por no permitir
que nos quiten las sonrisas,
niñez, juventud, tan frágiles
y que pasan tan deprisa.
Extraño risas, voces
y el compartir día con día,
esos pequeños detalles
que nos llenan de alegría.
Sé que pronto volveremos
aunque con más precaución,
yo no dejaré mi sala
pero si regresaré al salón.
La salita de mi casa
es testigo de mi historia,
que quizás también cada uno
reflejará en su memoria.
Sé que aún nos queda mucho
camino por recorrer
y aunque mi sala me gusta,
a mi escuela quiero volver.
ENTREVISTA
Italia Parra y su familia se apoyan más desde que la escuela se mudó a casa
Su obra “Zas, del salón a mi sala”, la hizo merecedora del tercer lugar del concurso La escuela que es mi casa, organizado por El Pitazo y UNICEF Venezuela. Su cotidianeidad la inspiró a escribir sobre esta nueva realidad que la llevó a mudar todos sus útiles escolares a un pequeño rincón de su hogar
Por: Wanda López Agostini | Distrito Capital | El Pitazo
Cuando la mamá de Italia Parra, la psicopedagoga Luisa Caraballo, llegó a la casa con un volante del concurso La escuela que es mi casa, la niña comenzó a evaluar en cuál categoría participaría. “Me decidí por la poesía, porque fue la que más me llamó la atención. En los momentos que me llega la musa, me inspiro bastante para escribir”.
Italia Isabella es acuariana, estudia octavo grado de básica y es una amante de los libros. Todas las noches, luego de hacer sus tareas y cumplir con sus deberes en la casa, se “premia” leyendo, su actividad favorita. El último año se ha devorado la saga “Si las personas fuesen constelaciones”, de Flor M. Salvador. Tanta es su pasión por esta historia, que le pidió a sus padres que le celebraran su cumpleaños con esta temática.
Aun con miedo, se aventuró a participar en esta convocatoria nacional. Se preguntaba si podía ganar o si habría historias mejores que la suya, pero recordó que siempre hay que tener fe en sí mismo y que, a veces, debes arriesgarte para obtener alguna recompensa.
Zas: su motivo para escribir
El 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud declaró pandemia la propagación del COVID-19. Ni los países, sus gobiernos, instituciones o ciudadanos estaban preparados para lo que venía. En cambio, la incertidumbre se extendía tan rápido como el virus y surgió la primera orden oficial en el país: empezar con la educación a distancia.
En una tierra como Venezuela, que un año antes había experimentado un apagón nacional que, en al menos cinco regiones duró más de cuatro días, esto parecía un gran reto, y lo sigue siendo. En el país no solo hay problemas eléctricos, las constantes fallas de conexión a internet son una realidad.
Zas, del salón a mi sala fue la poesía con la que Italia Parra Caraballo participó en La escuela que es mi casa, un concurso organizado por El Pitazo y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef Venezuela). “Decidí llamar a mi obra “zas” porque todo pasó tan de repente, fue tan inesperado. Ninguno estaba preparado para algo así, pero con el tiempo tuvimos que acostumbrarnos a lo cotidiano de esta nueva realidad”.
Se inspiró en lo que están viviendo todos los niños en el mundo: las clases virtuales. “Aunque a veces queremos rendirnos, debemos recordar todo el esfuerzo y la dedicación que hemos puesto hasta ahora y creer en nosotros, y tener esa confianza para poder seguir”, reflexiona.
Sabe que el cansancio, muchas veces, se apodera de las personas; que no quieren hacer más nada; que ponen su vida en pausa por un momento. Pero recuerda que eso también es parte del aprendizaje, de la historia de cada uno. “Deseo que las personas siempre mantengan constancia en algo, así se les haga un poco complicado. Es importante mantener ese empeño y creer en uno mismo”.
Para ella, lo más importante es que esta, su pequeña historia, llegue a muchos niños. Porque desea hacerles saber que siempre deben seguir sus sueños, que no decaigan y que recuerden que deben tener fe en sí mismos y confiar en lo que anhelan sus corazones. “Lo que sueñas lo puedes lograr siempre y cuando tengas constancia en lo que haces, en tus estudios”, destaca.
Una experiencia que da frutos
La educación desde el hogar le ha servido de mucho aprendizaje, no solo para ella, también para sus padres. Recuerda que fue muy emocionante saber que había ganado el tercer lugar del concurso en la categoría poesía.
Su premio, este logro, producto de su dedicación y empeño, se lo dedica a su familia, especialmente a su mamá, quien siempre le recuerda que debe poner su mayor esfuerzo en las tareas. También le agradece a Dios, porque gracias a él tiene la dicha de seguir sacando lo mejor de esta experiencia.
Un reencuentro que puede esperar
“Me imagino el regreso a clases cuidándonos mucho más. Siento que muchos estudiantes estarán felices, incluyéndome, pero por los momentos no deberíamos regresar por lo que está pasando. Pero cuando volvamos, vamos a estar bastante contentos. Tanto los maestros, los alumnos y los padres vamos a estar felices, pero todo a su tiempo”, manifiesta.
Lo que más extraña de sus días en el colegio son los momentos con sus compañeros y profesores, también esa posibilidad que tenía de pedirle ayuda a sus docentes para resolver rápidamente las dificultades con algunas materias.
A Italia le gusta pensar que la pandemia motivará a las personas a preocuparse por su salud y su vida, porque en un momento pueden estar bien, pero al otro, puede que no sea así. Todo este proceso le ha enseñado que la vida es corta y que puede pasar en un segundo. “Siento que a todos nos va a dejar la enseñanza de que debemos cuidarnos”, dice.
GRUPO 2
–13 a 16 años–
PRIMER LUGAR
LEONARDO ZAPATA
13 años
Mi experiencia en cuarentena
En el año 2020 me ha pasado algo inusual,
por motivos de la Pandemia, confinado en el hogar, he tenido que recibir clases de manera virtual.
Con ayuda de mis profes, a través del celular,
mis abuelos y la compu, tuve mucho que investigar.
Entre materia y materia, explicaciones y más,
reemplacé mis costumbres para lograr atinar.
No fue fácil adaptarme, me acostumbré a caminar, con el sol a mis espaldas y la gente a trabajar,
andaba de paso en paso hasta al liceo llegar.
En razón de mis amigos, compañeros y maestros, extrañarlos cada día no he podido evitar.
Además de que en los estudios, en grupos a realizar, mis lecciones no completas las debía repasar,
ya que los temas tratados son de uso elemental.
Al justificar mis quehaceres no puedo dejar de pensar, que todos son importantes para poder avanzar.
Tanto Ciencias como Lenguaje, Ciudadanía y Religión, nos dan una base cierta, de aprendizaje mejor.
Los valores aprendidos no puedo justificar,
sin el mensaje que quiero, a continuación explicar:
Para mí el mayor reto, al volver a empezar,
es unirnos nuevamente y mi rutina continuar,
en un ambiente apropiado, con la gente a trabajar, dar lo mejor de sí mismos, en armonía total.
Por ahora me despido, no sin antes acotar,
nuestro eterno agradecimiento a ese SER CELESTIAL, por mantenernos saludables y ayudarnos a superar este trance que sabemos, sucede a nivel mundial.
ENTREVISTA
Leonardo David Zapata:
“Tarde o temprano se pueden lograr las metas”
El adolescente de 13 años, amante del béisbol y el rap, ganó el primer lugar en el concurso La escuela que es mi casa, categoría poesía, convocado por El Pitazo y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef)
Por: Ruth Lara Castillo | Carabobo | El Pitazo
Leonardo David Zapata celebró por partida doble su cumpleaños el 30 de enero, pues ese mismo día su abuela le informó que ocupó el primer lugar en el concurso La escuela que es mi casa, categoría poesía, convocado por El Pitazo y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).
“Yo estaba jugando frente a la casa y mi abuela me llamó para avisarme”, contó aún con emoción el adolescente de 13 años, quien asegura que la música rap y el acompañamiento de sus abuelos le sirvieron de inspiración para involucrarse en el mundo de la poesía durante la cuarentena social por COVID-19. “Fue una experiencia interesante, porque me gusta el rap, en el que los textos deben rimar, al igual que en la poesía”.
Con una sonrisa tímida, Leonardo contó a El Pitazo que plasmó en su creación la nostalgia que le genera no ir a clases ni compartir con sus compañeros, amigos y maestros. “Cuando iba al liceo veía a las personas caminar, ir a sus trabajos, pero todo eso cambió debido a la pandemia”.
Leonardo sonríe, mira a su abuela y con ojos brillantes revela que a ella le dedica este reconocimiento, porque fue quien le avisó del concurso. Ella y el abuelo lo apoyan en todas sus actividades. “Mi abuela me ayudó para que la poesía rimara. Me ha enseñado muchas cosas; me habla de todo lo que estamos pasando. Estoy muy feliz porque nunca había recreado algo así”.
El estudiante de octavo grado no descarta seguir escribiendo poesías, pero sin dejar de lado el béisbol, deporte que le apasiona. Mientras tanto, espera con ansias que termine la cuarentena.
“Ya la gente podrá salir e ir al liceo. Hemos tenido un gran aprendizaje, pero por mucha ayuda de mis abuelos porque aún me cuesta entender las actividades. Creo que la clave para avanzar en los estudios durante la pandemia es la concentración y escuchar a los representantes”, dice convencido.
El joven, quien comenzó la entrevista con timidez, finalizó con palabras firmes para invitar a niños y adultos a continuar trabajando por un mejor futuro para Venezuela. De igual modo, les pidió “que nunca se detengan por lo que quieren, porque tarde o temprano se pueden lograr las metas”.
SEGUNDO LUGAR
CARLOS URBINA
16 años
El Vestido
Llevo cosiendo un vestido muchos años seguidos, dando mi esfuerzo para conseguirlo.
No me he rendido, y no pienso hacerlo,
este es el trabajo de mi sueño.
Es el vestido más hermoso de todo el mundo,
cuando lo coso siempre dudo,
pues me ha llevado trabajo duro
y por ello le llamo futuro.
Iba a un lugar muy especial a coserlo,
en el cual me enseñarían técnicas de cómo hacerlo. Ahí conocí a buenos amigos,
Que me apoyarían en mis intentos.
Mi hilo era como el viento,
se metía en la tela como el pasto en el suelo.
Verde esperanza era lo que más diferenciaba
de todos los vestidos que los demás creaban.
Pero algo inesperado pasó,
un virus muy raro llegó.
Me obligó a dejar mis clases de lado
y el proceso de mi vestido quedó parado.
Me ha tocado coser desde casa
no es lo mismo, pues la flojera llama.
Sin ayuda, la calidad no es tan buena
y el vestido pierde su esencia.
Además, coser con amigos es muy divertido,
pero coser solo siempre es algo aburrido.
Las clases son algo flojas
y las enseñanzas algo costosas.
Pero a pesar de todo, la fe no se pierde
porque el vestido se verá reluciente.
Cuando vuelva a las clases será increíble
y crearé el mejor vestido posible.
Estudiaré todo lo necesario,
hasta prepararme al nivel exacto.
Comprare todo para estar preparado.
Y cuando llegué todo será legendario.
Me esfuerzo porque ese es mi futuro,
eso es todo lo que quiero.
Construirlo poco a poco,
en la escuela donde me esmero.
ENTREVISTA
La ilusión de una quinceañera llevó a Carlos Urbina a escribir poesía ganadora
El joven, de 16 años de edad, obtuvo el segundo lugar en la categoría poesía del concurso La escuela que es mi casa, una iniciativa de El Pitazo en alianza con UNICEF
Por: Lidk Rodelo | Miranda | El Pitazo
La ilusión de una de sus mejores amigas por el vestido que luciría en su tan anhelada fiesta de 15 años fue el motivo de inspiración que llevó a Carlos Eduardo Urbina Natera a escribir una poesía para el concurso La escuela que es mi casa, una iniciativa de El Pitazo que se desarrolló en alianza con la Organización de Naciones Unidas para la infancia (UNICEF).
"Cuando mi amiga me contó su sueño, ese traje sonó en mi mente y lo relacioné con la vida, ya que una persona es como hilo, que va tejiendo su vestido en sus primeros años para luego vestirlo ante la sociedad", relató el joven de 16 años de edad, quien obtuvo el segundo lugar en la categoría poesía.
Para Carlos Eduardo la experiencia fue enriquecedora, pues le permitió mejorar su forma de escribir, aprender algo nuevo y mostrar sentimientos y emociones represados; todo en medio de las frustraciones que trajo la pandemia del COVID-19. "También quería ver hasta dónde podía llegar", reveló el estudiante, quien se enteró del concurso por su mamá, la señora Carla Natera.
Con su poema, Carlos Eduardo quiso enviar un mensaje a sus similares, en el sentido de no rendirse y esforzarse al máximo para mejorar siempre. "A pesar de que la situación esté difícil, siempre hay que seguir adelante, con la cabeza en alto", apuntó.
Carlos Eduardo no tiene autores favoritos. Asegura que lee de todo un poco, pero se confiesa atraído por los relatos de Edgar Allan Poe. Actualmente cursa quinto año de educación media general en el colegio San José de Guatire, estado Miranda, y su aspiración es estudiar ingeniería en sistemas. Para ello ya ha recopilado información sobre las universidades en las que puede formarse.
"No creo que deje de escribir; me gusta hacerlo. Es un hobby que me ayuda a expresar lo que mayormente no digo", puntualizó el joven.
TERCER LUGAR
ORIANA GODOY
15 años
El alma en la educación
De imprevisto este año
todo ha ido cambiando
porque una plaga llegó a atacar
la salud ahora se debe asegurar.
Ya no estudiamos en una institución
simplemente se modificó la situación,
trasladados de un lugar de voces sonantes,
con cantidad enorme de acompañantes,
a un hogar familiar y lleno de amabilidad
donde nos enseñan en una nueva modalidad.
Al aprender, al estudiar,
ahora se usa un medio audiovisual
con el cual puedes avanzar,
y gracias al apoyo paternal,
un aliado encontrarás.
Se enciende una luz,
un joven descubrió su virtud
debido a que en este momento
ha realizado miles de descubrimientos.
Qué importa que la cuarentena debamos cumplir, si nuestras metas y deseos nos dejan vivir.
El estudio es como un árbol, que poco a poco ha cambiado, mientras tanto, el profesor, de conocimiento nos sigue abanicando,
obteniendo como fruto un colorido y divertido aprendizaje que siempre me será de ayuda a lo largo de mi viaje ya que todo el tiempo lo llevaré conmigo siendo el que me impulse en mi camino.
En poco tiempo he aprendido tanto
nuevas cosas me han inundado,
me siento feliz de descubrir de lo que soy capaz
y de que siempre puedo dar más,
pero en mi opinión personal
una pantalla no puede reemplazar
la humanidad, el amor y la lealtad.
Extraño tanto los comentarios risueños
que a veces hacían mis maestros,
los juegos chistosos que se inventaban
cuando el tiempo libre nos sobraba,
quiero volver a ver la multitud que se reunía
en el receso cada día, la emoción de frente a frente estar nunca nada la podrá igualar, por eso creo que sería genial volver a una clase presencial.
ENTREVISTA
Oriana Godoy y el concurso La escuela que es mi casa: "Es genial que nos tomen en cuenta"
La joven, tercera finalista del concurso La Escuela en mi Casa, en la mención poesía (grupo de 13 a 16 años) y organizado por El Pitazo y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), piensa que este tipo de concurso ayuda a potenciar la creatividad de los niños y jóvenes del país
Por: Griselda Acosta | Distrito Capital | El Pitazo
Mejorar sus versos, buscar nuevas imágenes y sinónimos, es el reto que se viene exigiendo desde hace más de dos años la joven Oriana Godoy, tercera finalista en la mención poesía, grupo de 13 a 15 años, del concurso La Escuela que es mi Casa organizado por el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y El Pitazo a finales de 2020. La premiación de la convocatoria se realizó el 19 de marzo de 2021, según el cronograma establecido por las organizaciones.
Con 15 años de edad, Oriana se describe como una escritora en formación y autodidacta. Nació el 31 de agosto de 2005 y vive en la parroquia El Valle con un hermano y su madre, Doris Freites
Recuerda esta estudiante de tercer año de bachillerato, que cuando se enteró del resultado del concurso saltó de alegría en la sala de su casa. A su mamá y a su hermano no les asombró este resultado porque sabían de su pasión por la escritura.
"A mi hija le apasiona escribir. Le gusta construir versos creativos para lograr poemas únicos. A Oriana la nutre todo lo que escribe, lo que logra transmitir en sus letras. No se detiene por lo que puedan decir cuando escribe, cuando busca sinónimos para expresar con más fuerza sus textos", comenta orgullosa la madre de Oriana.
–¿Oriana y por qué te gusta la poesía?
–Por su parecido con las canciones, porque también me gusta cantar. Cuando me enteré de que las canciones tienen su esencia en esta figura literaria a la que luego le ponen música para completarlas, me gustó más la poesía.
Con un vocabulario extenso y fluido, Oriana comenta que no se separa ni un momento de su computadora cuando sabe que tienen una evaluación. Señala que su principal asistente en estas horas de estudio, es su madre. Su mamá está pendiente de acercarle el jugo, una merienda; comprarle un material que necesite para una asignación.
A Oriana le gusta estudiar, y mucho. Se ve en unos años estudiando la carrera de Medicina a pesar de que su madre le recuerda estudiar lo que le haga feliz, debido a su gusto por las letras.
–¿Cuéntanos un poco de tu poema que te dio el tercer lugar en este concurso?
–Habla del asombroso cambio que viví. Después de mis días de estudio en mi colegio, con mucha bulla, con muchachos conversando, saltando, debí pasar al silencio de mi hogar. Mi poema describe esa situación. Esa falta de contacto presencial con mis compañeros de estudios y mis profesores. Porque en el tiempo real, la respuesta es más rápida, más humana. Te permite ver más cosas que no puedes ver vía Zoom o mediante el WhatsApp.
Esta joven aficionada a la escritura explica que, debido a su gusto por las letras, siempre está observando las redes sociales; la web en general, para ver qué ofrecen o que aprende en lo referente a lo literario. "Así fue que me enteré del concurso de UNICEF y El Pitazo, me pareció tremenda oportunidad para mostrar mi talento en esta materia".
La entrevistada piensa que este tipo de concurso ayuda a potenciar la creatividad de los niños y jóvenes del país: "Es genial que nos tomen en cuenta".
–¿Y el premio a quién se lo dedicas?
–Se lo dedico a mi mamá por estar siempre conmigo, por acompañarme en mis estudios. Por entender mi pasión literaria. Por tener la paciencia y entender que la pandemia cambió todo en el país, en el mundo.
Al preguntarle sobre la situación de pandemia que vive el mundo, y por supuesto Venezuela, dice que la ve como un tiempo de asfixia, que puso a prueba a millones de personas en el mundo. “Porque les quitó sus espacios de trabajo, de estudio, de compartir con los amigos; nos quedamos sin la convivencia social sólo con la familiar. Creo que lo más fuerte para todos fue saber de tantas muertes y no poder hacer nada al respecto”.
GRUPO 1
–10 a 12 años–
PRIMER LUGAR
SHANTHAL ROJAS
11 años
Cuarenteniando,
realidades paralelas
ENTREVISTA
Shanthal y sus rizos protagonizan una historieta ganadora
La niña Shanthal Rojas, con solo 11 años y un excepcional talento para dibujar y contar historias, logró alzarse con el primer lugar de la categoría historieta del concurso La escuela que es mi casa, de El Pitazo y UNICEF
Por: Carlos Suniaga | Ciudad Guayana | El Pitazo
Joslernes Rojas corrió a la cocina de la casa y le contó a su sobrina que ganó una competencia en la que había participado semanas atrás, motivada por una maestra del colegio La Consolación, perteneciente al grupo Fe y Alegría. Se abrazaron y comenzaron a orar.
Shanthal Rojas, una niña de 11 años residente del sector Unare, en el estado Bolívar, obtuvo el primer lugar en la categoría historieta del concurso La escuela que es mi casa, impulsado por El Pitazo y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Su obra destacó entre las más de 300 que se postularon.
Su cabello rizado, simpatía, anécdotas e inteligencia son los protagonistas de un creativo dibujo en el que relata con humor su vivencia durante el confinamiento y cuánto ha aprendido en medio de la pandemia del coronavirus. También refleja su deseo de reencontrarse con sus seres queridos que están fuera de Venezuela, especialmente con su papá y abuela Leonor. Cada vez que los nombra, los ojos le brillan y se le quiebra la voz.
Desde muy pequeña manifestó habilidades para el arte. A los cinco años participó como asistente de pintura en un concurso de murales en Ciudad Bolívar. Ganó el primer lugar, y con el dinero que obtuvo, pidió que le compraran una caja de colores y témperas.
Siempre quiere mirar al futuro, dice su familia. “Si ella tiene esperanza, ¿quiénes somos nosotros para no acompañarla?”, indica la tía de la ganadora del concurso.
Shanthal vive con su tía, abuelo y bisabuela. Es tímida y sensible. Muestra madurez al hablar y le gustan los retos. Dibuja, canta, baila ballet clásico y flamenco, toca flauta, es youtuber y le atraen las matemáticas. Quiere ser científica. Al concurso se postuló con un poema y una historieta tan solo dos semanas antes de que cerrara la competencia.
Desde muy pequeña, Shanthal mostró habilidades para el arte | Cortesía Joslernes Rojas
–Faltaban solo 15 días y quizás era poco tiempo para presentar dos propuestas. ¿Fue complicado participar?
–Yo me lo puse como un reto y le pedí a mi tía que me inscribiera en las dos categorías. Dije ‘yo sí puedo’. En realidad pensé que podía ganar con el poema y no con la historieta, porque la veía como algo muy fácil.
–Pero la veías fácil porque es un talento que tienes y te sale muy natural. ¿Qué querías reflejar en tu historieta?
–Dibujé todas las cosas que he pasado en esta cuarentena. Las tareas, los grupos de WhatsApp y mi familia. También quería reflejar a mi abuela, mi tío y todas esas personas que están fuera de Venezuela buscando cómo regresar.
–¿Qué fue lo primero que hiciste cuando te enteraste de que habías ganado?
—Mi bisabuela y yo le habíamos prometido a Jesús Sacramentado que si ganaba le ofreceríamos una oración de agradecimiento. Y eso hicimos. Le agradecimos a Dios.
–¿Qué te inspiró a crear la historieta?
–Me sentí muy inspirada por lo que ha pasado en estos meses. También quería enviar un mensaje a las demás personas para que vean que no todos los niños estamos malgastando nuestro tiempo en la cuarentena. Quería inspirar a otros niños.
–¿Has logrado adaptarte a la cuarentena y al aprendizaje desde casa?
–Al principio me quedé superimpactada cuando me dijeron cuarentena. Yo me preguntaba si es que esto iba a durar 40 años. Estaba asustada porque además todos los trabajos del colegio eran sobre coronavirus, y yo no sabía qué era eso. Me tocó investigar mucho. Pero pienso que es una experiencia que nos está haciendo más fuertes para un futuro.
–Y hablando de futuro, ¿cómo imaginas al mundo después de que pase la pandemia?
–Me lo imagino muy diferente. Creo que las personas van preocuparse por cuidarse más. Pienso que debemos cuidar más a la naturaleza, porque en estos momentos de cuarentena, los animales están siendo más libres. Entonces creo que debemos reflexionar sobre lo que hemos hecho con esos animales porque no se lo merecen.
–¿Qué mensaje envías a los niños de Venezuela?
–Yo les diría que dejen los miedos, porque una cabeza con miedos no tiene espacio para los sueños.
SEGUNDO LUGAR
CAMILA QUEVEDO
10 años
ENTREVISTA
Camila Quevedo, la artista en formación que quiere seguir contando historias
Camila Quevedo es una niña tachirense de 11 años que ganó el segundo lugar del concurso La escuela que es mi casa, en el grupo de 10 a 12 años, convocado por UNICEF y El Pitazo. Desde que se enteró supo que se postularía en la categoría de historieta, porque ama dibujar
Por: Lorena Bornacelly | Táchira | El Pitazo
Camila Quevedo estaba convencida de que participar en La escuela que es mi casa era la mejor opción para mostrarle al mundo su talento en el dibujo. Sin importarle si ganaba o no, trabajó con su familia durante unos días para reunir el dinero necesario y comprar los plumones con los que aseguraba, quedaría mejor su historieta. Hoy celebra haber ganado el segundo lugar en Historieta, en el grupo de 10 a 12 años
No fue difícil para la niña de 11 años saber cuál sería su categoría en el concurso convocado por El Pitazo y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Los meses transcurridos de cuarentena por el COVID-19 ya le habían dejado muchas enseñanzas que quería reflejar a través de su arte: el dibujo.
Camila Quevedo es una niña que cursa 5to grado. La dulzura de su voz y lo meticulosidad con sus colores, marcadores y materiales reflejan el amor y respeto que tiene hacia sus herramientas para dibujar. Es una artista en formación, no solo es talentosa dibujando, sino también está en una academia de baile, por lo que considera que, al crecer, será reconocida por alguno de sus dos talentos.
Participar en La escuela que es mi casa fue la oportunidad para plasmar en una historieta lo que le llamó la atención de su alrededor durante la cuarentena. “Cada personaje tiene algo que yo conozco. La abuela Sasa es mi abuela Margarita, a ella no le gusta estar encerrada. Rodolfo es mi vecino, nunca se ponía el tapabocas; hacía fiestas hasta las 2:00 de la mañana y era súper estresante, ahora me cae mejor porque usa el tapabocas. Mi mamá no suelta la computadora porque trabaja desde casa”, explica la joven mientras regala una espléndida sonrisa.
Estudiosa, meticulosa y con las ganas de seguir formándose como artista, Camila Quevedo seguirá participando en iniciativas para niños | Lorena Bornacelly
Saber que es una de las ganadoras fue un momento emotivo y emocionante para ella y toda su familia. “Yo siempre quise ese premio, me conformaba con cualquier lugar, Dios me iba a mandar el que necesitaba. Necesitaba el teléfono para las clases virtuales, pero realmente lo que quería era participar. Estaba durmiendo y mi tía me despierta con gritos ´Camila, Camila, ganaste´ y yo me puse a llorar, estaba muy emocionada. Saltamos de la felicidad, fue genial”, recuerda con emoción Camila Quevedo.
Este logro se lo dedicó a su familia, especialmente a su hermana, quien la inspiró, pues ha sido su ejemplo de constancia y trabajo al tener tres libros digitales publicados. Sueña con la vida post pandemia porque la considera más fácil y espera seguir participando en cualquier espacio para niños que les permita mostrar sus habilidades.
Ansía continuar dibujando y bailando, pero también aspira al crecer, entrar a la universidad y estudiar medicina o enfermería y ayudar a los demás a través de alguna de estas carreras. “Cuando sea grande recordaré esto con emoción y todo el esfuerzo valdrá la pena, eso me dice mi mamá y sé que será así”, dice sonriendo.
TERCER LUGAR
ANFERNY PALACIOS
11 año
El regreso a clases, y la protección contra el COVID-19
ENTREVISTA
Anferny Palacios se expresa a través de sus cómics
Anferny Palacios, un niño de 11 años residente del estado Bolívar, durante el confinamiento dibujó su vivencia con originalidad y humor para el concurso La escuela que es mi casa. Hoy en una entrevista cuenta cómo ha sido su experiencia durante el encierro y cómo se imagina al mundo cuando acabe la pandemia
Por: Carlos Suniaga | Bolívar | El Pitazo
La habilidad que tiene Anferny Palacios para dibujar es excepcional. Él puede hacer un retrato en blanco y negro en 30 minutos o crear un cuadro multicolor de su inspiración en una noche. Su talento resaltó y ganó el tercer lugar de la categoría historieta en el concurso La escuela que es mi casa, una iniciativa de El Pitazo y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).
Tiene 11 años y vive en la parroquia Unare de Puerto Ordaz. Una maestra de su colegio lo motivó a concursar, y él, sin pensarlo demasiado, dijo que sí, porque era la oportunidad de contar una historia como le gusta: dibujando. Luego, cuando supo que ganó, la emoción fue incontenible.
“Yo estaba con mi papá, y de repente, mi mamá me llama y me dice: ‘¡Anferny, ganaste!’. Comencé a saltar, estaba muy emocionado. Yo participé con muchas ganas porque quería que todo el mundo viera mis cómics”, relata el pequeño dibujante. Le brillan los ojos al hablar, como si reviviera aquel momento.
Anferny dibujó la forma como cambió su vida durante la cuarentena y lo que él espera que pase cuando el coronavirus deje de ser una pandemia. Con trazos de creyón gris y un toque de humor, se ilustró con su mejor amigo, Luis, yendo juntos al colegio. En la puerta de la escuela los esperaba su maestra, y en el salón, sus demás amigos. Es el futuro inmediato que desea vivir.
“Cuando me dijeron que no podíamos salir más de la casa me asusté, porque me gusta el colegio; siento que aprendo mucho. Antes de toda la pandemia podía ser libre de hablar con mis amigos sin tapabocas”, comenta.
Anferny dice que su mamá lo motiva a seguir dibujando y a superarse | Carlos Suniaga
Pasión por los cómics
Anferny dice que desde que se levanta de la cama solo piensa en hacer trazos y ponerles color. Y su mayor inspiración son series de caricaturas o películas de superhéroes. “Todas las mañanas me levanto a dibujar, a hacer cómics. A veces es medianoche y sigo dibujando, y mi mamá me tiene que decir que ya es hora de acostarnos”, relata mientras se ríe a carcajadas.
A sus ilustraciones les estampa su firma personal, que ha llamado Max Cómics. Con esa identificación quiere que se conozcan sus obras. Desea entrar en alguna academia y seguir perfeccionando su técnica, y hasta tiene en mente una empresa editora de cómics.
Anferny es el orgullo de su mamá, Ángela Rodríguez, quien se emociona al hablar de él y agradece a El Pitazo y UNICEF por la iniciativa del concurso que les brindó la oportunidad a cientos de niños de toda Venezuela de expresarse de distintas formas.
“Para hablar, Anferny se pone un poco nervioso, pero pintando no hay nadie que lo detenga. Su manera de expresarse es dibujando”, asegura la orgullosa madre.
GRUPO 2
–13 a 16 años–
PRIMER LUGAR
JOSELYN MESA
15 año
ENTREVISTA
Joselyn Mesa quiere seguir relatando historietas desde su propia experiencia
La estudiante, de 15 años de edad, ganó el primer lugar del concurso La escuela que es mi casa, categoría historieta, convocado por El Pitazo y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). La frustración que sintió un día en su hogar, al repasar física, le vino como anillo al dedo para plasmar su vivencia
Por: Rosanna Battistelli | Miranda | El Pitazo
Joselyn Mesa está feliz. Ganar el primer lugar del concurso La escuela que es mi casa, categoría historieta, convocado por El Pitazo y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), en noviembre de 2020, la llenó de tanta emoción que sus ojos negros le brillan cuando nos cuenta con una sonrisa cómo se sintió.
“Me paré muy temprano y revisé la página de Unicef con mi mamá. Poco a poco, algo nerviosa, fui leyendo los ganadores, y cuando vi mi nombre grité, bailé, lloré, hice de todo esa mañana”, señaló emocionada la estudiante, de 15 años de edad.
Este concurso tenía como objetivo conocer la experiencia de niños y adolescentes al estudiar desde sus hogares debido a la pandemia, así que la frustración que Joselyn sintió un día repasando física, le vino como anillo al dedo para expresarse a través de su historieta.
“No todos los estudiantes vamos al mismo paso con las clases en línea. Algunos se desenvuelven mejor que otros, y eso fue lo que reflejé en mi historieta, porque sé que muchos compañeros se identificarán. Yo les aconsejo que tengan paciencia porque no todo sale como uno quiere al principio. En mi caso tuve dificultades para entender física, pero seguí estudiando y así fui avanzando. Gracias a este concurso pude expresar lo que sentía”, reveló.
Joselyn tardó 10 días en elaborar su relato ilustrado. Dejar volar su imaginación le fue fácil, ya que le gusta transmitir sus sentimientos a través de los dibujos, y durante la cuarentena radical por COVID-19, el tiempo libre le permitió perfeccionar esta técnica.
“Este triunfo es una demostración de que podemos lograr lo que nos proponemos. La clave está en no rendirse”, señaló la adolescente, quien a su corta edad tiene un gran dominio del lenguaje.
Este triunfo es para Joselyn una demostración de lo que se puede lograr con perseverancia | R. Battistelli
Apoyo familiar
Joselyn, quien es huérfana de padre, vive con su mamá y su hermanito, de tres años, en el sector Corocito de Ocumare del Tuy, estado Miranda. Estudia tercer año de bachillerato en el colegio Santo Ángel, adscrito a la Asociación Venezolana de Educación Católica (Avec), y fue allí donde se enteró del concurso La escuela que es mi casa.
“Este premio se lo dedico a mi familia, porque siempre me apoya. Me encantó la experiencia y agradezco a UNICEF y a El Pitazo por la oportunidad. Aspiro a relatar más historietas inspiradas en mí misma. También quiero volver al colegio, compartir con mis amigos y ver clases presenciales para entender mejor las materias, aunque sé que después de la pandemia nada será igual. Siempre quedarán los recuerdos de lo ocurrido y muchas personas no se sentirán cómodas sin tapabocas”.
SEGUNDO LUGAR
GABRIELA VÁSQUEZ
14 años
La melodía de mi vida,
en Cuarentena
ENTREVISTA
El pentagrama de colores de Gabriela Vásquez
Rodeada de verdes montañas y con el clarinete como su fiel acompañante, Gabriela Vásquez escribió y dibujó la historieta que se llevó el segundo lugar en esta categoría en el concurso La escuela que es mi casa, organizado por El Pitazo en alianza con UNICEF Venezuela. A través de negras, corcheas y semicorcheas mostró su lado musical y su deseo de no quedarse inmóvil ante el porvenir
Por: Keren Torres | Lara | El Pitazo
Inspirada en los cuentos de los hermanos Grimm y rodeada de las verdosas montañas de Cubiro, ciudad del estado Lara, donde reside, Gabriela Vásquez creó la historieta que se llevó el segundo lugar en esta categoría del concurso La escuela que es mi casa, organizado por El Pitazo en alianza con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) Venezuela.
La joven, con su tímida sonrisa y dulce tono de voz, musicalizó la entrevista con sus potentes pulmones al tocar varias melodías con el clarinete, instrumento que la acompaña y que estuvo reflejado en su historieta a través de negras, corcheas y semicorcheas: un pentagrama de colores.
“Yo relaciono a esa chica de la historieta como la forma más sencilla de verme a mí. Para escribirla me puse a recordar mis momentos creativos y también otros en los que no quería hacer nada y sentía tristeza. Fue una oportunidad para sacar mi timidez y soltarme”, cuenta.
Gabriela estudia música desde sus seis años, y desde los ocho se ha especializado en el clarinete. En la actualidad forma parte de la cátedra online de este instrumento en el Conservatorio Simón Bolívar, en Caracas, cupo que obtuvo en el año 2020, después de audicionar y ganar un puesto en esta prestigiosa casa de estudios.
“Ha sido un aprendizaje hacer la historieta. Aprendí a analizar lo que pasó durante la cuarentena y a entender que de los momentos difíciles siempre habrá un lado positivo. De todas los hechos podemos sacar una enseñanza, sea buena o mala”, opina esta ganadora.
Gabriela musicalizó la entrevista al tocar varias melodías con su clarinete, instrumento que ejecuta desde los ocho años | Keren Torres
Apoyo familiar
Al momento de la convocatoria, Gabriela contaba con 14 años, y cumplió sus 15 primaveras el 9 de marzo, después de haber recibido la noticia que la daba como finalista. “Yo estaba ocupada y fue mi mamá quien llegó muy contenta, con su estallido de energía, a decirme que había ganado. Me sentía en shock. Que te hayan elegido a ti es muy emocionante y a la vez sorprendente. No me lo esperaba”, cuenta con alegría. Su mamá, Katiuska Heidenreich, reía mientras su hija contaba la anécdota y asentía con su cabeza. Como afirmó la adolescente, su madre ha sido su apoyo y es esa voz que le repite: “Tú puedes hacerlo”.
Del concurso se enteraron a través de Natalia Gómez, madrina de Gabriela, quien les envió la convocatoria por mensajes de WhatsApp, porque sabe de las capacidades que tiene la joven para el dibujo y la música.
“Me gusta transmitir lo que siento a través del dibujo. He estado tentada a seguir haciendo historietas, contar nuevos relatos y publicarlos”, confiesa. Y sobre el mundo después de la pandemia, admite que lo más probable es que cueste volver a la rutina; pero sí está segura de que habrá un aprendizaje, un cuidado en la higiene y respeto en el contacto físico.
A los jóvenes que no encuentran inspiración durante la cuarentena, Gabriela les recomienda buscar algo que les guste para alcanzar sus sueños. “Si te gustan los colores, por ejemplo, haz mapas mentales. Busca dentro de ti lo que te guste y te beneficie en tu aprendizaje, porque si te quedas parado, el mundo va a seguir avanzando sin esperarte”, dice quien no planea quedarse inmóvil ante el porvenir.
TERCER LUGAR
GABRIEL MONCADA
15 años
ENTREVISTA
“No están dadas las condiciones para el regreso a clases”
El ganador del tercer lugar en la categoría historieta del concurso La escuela que es mi casa, realizó una viñeta en donde relata con humor y sencillez las dificultades a las que se han tenido que enfrentar los niños venezolanos para cumplir con las tareas de la escuela
Por: Catherine Medina | Distrito Capital | El Pitazo
El dibujo es la primera expresión artística de la humanidad. Basta con ver fotografías de las famosas cuevas de Altamira, en España, donde los primigenios hombres narraron con dibujos escenas de caza. Aun cuando el instinto de dibujar es casi algo primitivo, no es común conocer profesionales que se dediquen a esta forma del arte.
No es el caso de Gabriel Moncada, el ganador del tercer lugar en el segundo grupo de la categoría historieta en el concurso La escuela que es mi casa, un espacio nacido gracias a una alianza de El Pitazo y Unicef con el objetivo de darles la oportunidad a niños, niñas y jóvenes de narrar cómo viven la transformación de sus casas en verdaderas aulas virtuales.
Así lo mira Gabo
Gabriel –Gabo, para sus familiares y amigos– dibuja, según él mismo, desde los 11 años. “Siempre me ha encantado dibujar y me fascina hacer caricaturas de denuncia”, declara. Su línea de trabajo actual se centra en explicar cómo es vivir el día a día en Venezuela desde la perspectiva de un joven.
Su cuenta de Instagram @asilomiragabo es su mejor carta de presentación. Destacan su reflexión ante la tragedia de los náufragos de Güiria y su mirada crítica sobre las flexibilizaciones permitidas por el Ejecutivo en plena agudización de la pandemia. Uno de sus dibujos más recientes consiste en un mesón con productos de la cesta básica, todos importados, incluida la nueva cepa de COVID-19, de origen brasilero. En la viñeta, el joven escribe: “Tenía que llegar, si aquí todo lo importamos”.
No es de extrañarse, entonces, que los maestros de Gabo sean Eduardo “Edo” Sanabria, Pedro León Zapata, Roberto Weil y Rayma Suprani. También es un fanático empedernido de Marvel y un experto, al que podría consultarse, sobre el universo cinematográfico que ha creado la compañía, parte del emporio Disney.
Pero no todo es política en la pluma de Gabo. También ilustra simpáticos chigüiritos y nutrias chapoteando en un río, o a las guacamayas que engalanan el cielo caraqueño. Hace fan art de personajes como The Mandalorian, personaje que bautiza la serie de la plataforma Disney+, o a la mítica Korra de la saga Avatar.
La obra de Gabriel Moncada está enfocada en la denuncia política desde un punto de vista juvenil | Cortesía
La alegría familiar
Gabriel ganó el tercer lugar de La escuela que es mi casa con una caricatura en la que cuenta, desde su perspectiva, cómo fue cambiar los pupitres y el contacto con sus profesores por las computadoras, las reuniones de Zoom y las clases en Google Classroom.
“En mi colegio no hay precisamente clases virtuales, sino más bien a distancia por las dificultades que tenemos para conectarnos. Nos asignan tarea y la enviamos. No tenemos ese contacto personal que antes teníamos con nuestros maestros”, relata el caricaturista en ciernes.
A lo largo de la entrevista, que tuvo lugar a través de Zoom, el sonriente Gabriel estuvo acompañado en todo momento por Cecilia, su mamá, tan sonriente y orgullosa como él. Lo describe como un muchacho dedicado, perseverante. “Su triunfo es una noticia buenísima en medio de toda la adversidad”, afirma con esa sonrisa que heredó su hijo.
El regreso a clases, aun sin pandemia, se hace cuesta arriba para familias como la de los Moncada-González. “Gabo no se puede ir caminando al colegio porque está en una zona peligrosa. Incluso, a veces se escuchan los tiroteos que provienen de la Cota 905”, relata Cecilia. “Además, no hay efectivo para tomar una camioneta. Y si llegamos a disponer, las unidades están abarrotadas y nos exponemos al contagio”, prosigue la representante.
“Aún no están dadas las condiciones para que podamos regresar. Lo más prudente es que el Gobierno no dé aún ese paso”, opina Gabriel ante la posibilidad de regresar a clases planteada por el Gobierno de Maduro. Cecilia González, su madre, reafirma la postura de su hijo. “Claro que quiero que mis hijos vuelvan a clases, pero cuando haya mejores condiciones. Que todos los profesores estén vacunados, por ejemplo”, explica.
La obra de Gabriel pone en evidencia los grandes problemas de su país, pero desde la esperanza. Piensa en hacer una continuación de la viñeta ganadora para retratar esa “nueva normalidad” que vivirán los estudiantes una vez superada la pandemia. Con sus 15 años, llama a no perder la fe. A seguir trabajando, a seguir haciendo lo que nos apasiona. “Si haces algo con amor, constancia y trabajo duro, podrás lograr tus objetivos”.
El consejo le ha dado frutos. En su Instagram muestra orgulloso los premios recibidos por La escuela que es mi casa, y su rostro de alegría se impone al tapabocas que le cubre la mitad del rostro. Gabriel dará de qué hablar en un futuro, y lo hará por buenos motivos.
GRUPO 1
–10 a 12 años–
PRIMER LUGAR
VALERIA DÍAZ
12 años
El día en que todo cambió
Parecía un día normal, como todos los demás. Un bonito día de marzo, cuando esos árboles de florecitas de colores adornan nuestro castillo blanco. ¿Cómo íbamos a imaginarnos que sería ese día nuestro último timbre de primaria? Abracé y besé a mis amigos, como siempre solía hacer. Hasta ese momento, los abrazos no estaban prohibidos, despedirse con un beso en la mejilla era lo común y hacer tonterías todos juntos estaba bien.
Desde enero o quizá diciembre, ya sabíamos que había una pandemia en el mundo, pero la veíamos muy lejana. Hubo pequeños cambios en nuestras rutinas, de los que no estuvimos tan atentos, por ejemplo, mi mamá me mandaba a clase con vasitos cónicos de papel, ella sabía que mis compañeros siempre me pedían agua ya que mi termo conserva el agua fría por muchas horas, y me pidió insistentemente no compartir mi termo con nadie. Nuestra maestra por su parte, casi nos bañaba con alcohol en gel cada cierto tiempo y nos obligaba a lavarnos las manos antes y después del desayuno, cosa que muchos hacían a regañadientes, en ese proceso perdíamos casi la mitad de nuestro recreo.
El anuncio oficial se dio en fin de semana. Ya no volvería al colegio el lunes, ni mis padres a la oficina. Desde el lunes estaríamos los tres, las veinticuatro horas del día en los cien metros cuadrados que conforman nuestro apartamento y con un internet deficiente. Sentí a mis padres angustiados y fue la primera vez que me preocupe también. Llamé a una amiga que ahora vive en España, ella me contó acerca de sus clases a distancia, me tranquilizó un poco, aunque para ese momento yo estaba consciente de que Venezuela no es España y que aquí no estábamos preparados para afrontar lo que venía.
Los primeros tres meses fueron muy duros, sentía que aunque me la pasaba literalmente todo el día haciendo tareas, realmente no estaba aprendiendo. Tenía esa sensación, a pesar de que mi mamá es como el personaje que interpreta Julia Roberts en la película “Extraordinario”; ¡Dios Santo!, que señora tan estricta y exigente. Ella es ingeniero y una de las personas más inteligentes que conozco, fue ella quien realmente se convirtió en mi maestra esos meses y hasta le explicó en línea a algunos de mis compañeros.
Entonces empecé a preguntarme ¿Cómo hacían los niños que no tienen una mamá como la mía? Todavía no encuentro una respuesta satisfactoria.
Luego vivimos lo que definiré como “consolidar la pérdida”.
En mi colegio es todo un acontecimiento la promoción de sexto grado, se organizan una serie de actividades muy valoradas por los alumnos y por los padres también. Por obvias razones las hermanas dominicas que dirigen el colegio informaron rotunda y contundentemente que no se realizarían estas actividades. Mis padres y yo entendimos su posición, también era la nuestra, muchos otros padres y alumnos no lo entendieron, pero esa es otra historia.
El regreso a clases también sería a distancia, esta vez en casa estábamos mejor preparados. Mis padres contrataron un servicio de internet más eficiente y yo organicé el estudio a mi gusto. Iniciaría una nueva etapa y lo haría en estas circunstancias. Mi principal objetivo se convirtió en aprender a pesar de los obstáculos.
Los profesores de mi colegio no tuvieron vacaciones, durante ese tiempo se dedicaron a prepararse tecnológicamente para poder seguir enseñándonos en la distancia. Cuando supe esto, pensé que los alumnos debíamos estar a la altura de ese esfuerzo y decidí que daría lo mejor de mí.
Me gusta ver el lado positivo de las cosas, en un libro leí que lo que nos hace más humanos es nuestra capacidad de superar las adversidades. Me agrada pensar en eso. Soy muy afortuna en tener todas las herramientas necesarias para estar cómoda con mis clases a distancia, sin embargo, algunos compañeros no tienen tanta suerte, lo positivo de esa situación ha sido la enorme solidaridad y compañerismo del que he sido testigo, el compromiso que hemos asumido quienes estamos en mejor situación para ayudar a quienes han tenido mayores obstáculos. Eso me parece maravilloso.
Otro aspecto bueno y digno de reflexión es que somos la generación centennial pero a veces me pregunto ¿Le estamos dando un uso correcto a tantas herramientas tecnológicas que tenemos a nuestra disposición? La respuesta es que ahora sí.
Durante los últimos nueve meses he salido solo tres veces de mi casa. La última vez fue para ir al odontólogo, ese día no pude conectarme a mis clases virtuales. Tal vez la pandemia me ha servido para aprender a observar con más detalle cosas que quizá antes no veía.
El día que fui al odontólogo, atravesamos en nuestro carro la avenida principal del Pueblo de Baruta, mis padres conversaban y yo solo miraba por la ventana. Vi varios niños, algunos más pequeños que yo. Sentí cómo la tristeza comenzó a embargarme, las lágrimas corrieron por mis mejillas ¿Por qué no estaban en sus casas recibiendo sus clases? Vi en ellos a Panchito Mandefua, el protagonista de ese cuento que tanto me gusta desde muy pequeña. Algunos vendían caramelos; otros, verduras que casi no podían cargar. Estaban sucios, desprotegidos e ignorados ¿A nadie le dolía que esos niños estuvieran ahí y no donde debían estar?
Abracé a mis padres, mientras ellos me preguntaban qué me ocurría, y yo no podía articular palabra para responder. Unos días antes me pasó algo muy particular e increíble, para un trabajo de Castellano y Literatura debía investigar acerca de un autor de cuentos venezolano.
Yo elegí a Mireya Tabuas, porque básicamente es una de mis autoras favoritas y porque aprendí a leer con uno de sus cuentos. En su página web estaba la información que necesitaba, pero como soy muy curiosa, yo quería saber más, así que decidí enviarle un e-mail a la dirección de correo electrónico que aparecía allí.
Para mi sorpresa y alegría ella amablemente me respondió y hasta me concedió una entrevista. Antes de finalizar la entrevista le pedí un consejo para los niños y jóvenes venezolanos y parafraseándola me respondió: “Escriban, dejen su testimonio a las futuras generaciones”. Así que esa es la principal razón que me motivó a escribir este relato.
Malala Yousafzai (Premio Nobel de la Paz 2014) fue víctima de un atentado terrorista por alzar su voz en defensa de los derechos de las niñas de Pakistán a la educación. Apoyada en su dignidad, fue capaz de plantar la cara a las injusticias asumiendo riesgos extraordinarios, siendo todavía una niña. Quizá no todos estamos destinados a ser personas tan increíbles como Malala, pero siguiendo el consejo de la señora Tabuas, quiero alzar mi voz por esos niños que hoy tienen cercenado su derecho a la educación en mi país. Quiero hacer un llamado desesperado a las autoridades nacionales e internacionales. Deben garantizar que en el futuro en este país haya médicos, ingenieros, arquitectos, científicos, artistas; no más Panchitos Mandefua.
E S P E R A N Z A con ella me abrigo, con ella me protejo, bajo ella me escudo. Sé que en algún momento volveré al hermoso castillo blanco donde estudio y valoraré cada momento, a cada profesor, a cada compañero. A veces damos por sentado que todos tienen las mismas oportunidades que nosotros y no es así.
Deseo tanto volver a mis clases presenciales como que mi grito desesperado de auxilio sea escuchado.
ENTREVISTA
El día que todo cambió para Valeria Díaz
La ganadora del grupo de 10 a 12 años de la categoría relato del concurso La escuela que es mi casa, narra en su trabajo la situación de los niños en Venezuela y las precarias condiciones que limitan sus posibilidades de recibir una educación de calidad
Por: Catherine Medina | Distrito Capital | El Pitazo
A Pablo Picasso, creador del cubismo, se le atribuye la siguiente reflexión: “Me tomó cuatro años pintar como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño”. Un escritor puede sacar su licenciatura en el mismo lapso de tiempo, pero quizás le tome toda una vida aprender a hacerlo como Valeria Díaz.
Valeria es una niña venezolana de 12 años, ganadora del primer lugar en el primer grupo de la categoría relato del concurso La escuela que es mi casa, realizado por El Pitazo y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) Venezuela.
Leer a Valeria es convencerse de que el túnel por el que transitan los venezolanos en la actualidad finaliza en una luz brillante. Leerla es sorprenderse gratamente de que existe una generación que conoce la obra de Mireya Tabuas, que sabe quién es la dirigente y premio nobel Malala Yousafzai, se solidariza con su causa y entiende la gravedad de las injusticias que ha enfrentado. Pero también es entender el dolor de la pandemia desde los zapatos de una niña que, en nueve meses, solo salió tres veces de su casa. Que no ha podido ver a sus compañeritos. Que tuvo que migrar sin poder despedirse de nadie.
Valeria, acompañada por su madre a lo largo de una entrevista realizada por Zoom, es de palabras cortas pero precisas. Habla bajito porque es tímida, pero con una dicción que cualquier presentador de la televisión venezolana envidiaría. Tiene el pelo largo, castaño y brillante, como la heroína de algún cuento escrito por Hans Christian Andersen.
Pero ella está más inclinada a los cuentos de los hermanos Grimm (su favorito es La pastora de gansos), y su libro favorito es Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga. “Fue lo primero que guardó en su maleta cuando migramos”, dice su madre, Alcilady Palacios, visiblemente orgullosa de su hija.
De hecho, fue Alcilady quien encontró la convocatoria de La casa que es mi escuela a través de las redes sociales de El Pitazo, y conociendo el gusto de su hija por la lectura y la escritura, la motivó a participar. Valeria lo hizo con un conmovedor relato sobre su vida en pandemia y lo enriqueció con una denuncia sobre la situación de los niños en Venezuela. Le colocó por título El día que todo cambió.
La joven autora describe este relato como “una denuncia en nombre de los niños que no están recibiendo educación en Venezuela, ya sea porque no tienen dinero o los recursos para poder estudiar y deben vender cosas en la calle”. Explica su tristeza al ver la indiferencia con la que la sociedad y las autoridades observan este problema, y afirma, categórica, que Venezuela se está quedando sin futuro.
Valeria recuerda que en su calle de residencia en el municipio Baruta, en Distrito Capital, veía todo el tiempo a niños trabajando bajo la lluvia o bajo el sol inclemente en vez de estar resguardados en una escuela, aprendiendo. “Ellos no deberían estar en esa situación”, explica.
Alcilady recuerda que lloró al leer el relato de su hija por primera vez. “Es fuerte lo que ella escribe”, comenta. “Es una realidad, algo que está pasando. Ella se siente impotente, triste, porque no entiende cómo los niños que deberían estar estudiando en un colegio, vagan por la calle vendiendo cosas o comida, desaliñados y desprotegidos”, reseña la madre.
También demuestra su frustración cuando Valeria le pregunta qué va a ser del futuro de Venezuela cuando su niñez y juventud deambula por las calles. “Me lo preguntaba y yo no tenía una respuesta. No la tengo aún”, confiesa.
En la obra de Valeria se mezclan la frustración que los corazones nobles sienten ante las injusticias con el agradecimiento de tener una mamá y un papá amorosos, responsables y dedicados. Describe su antiguo colegio como un castillo blanco, con un patio de árboles con flores de colores que podrían ser apamates, araguaneyes o plumerias, según lo conciba el lector en su imaginación.
Del triunfo se enteraron un domingo en la mañana. “Una buena noticia en medio de todo”, recuerda una sonriente Alcilady. A Valeria se le ilumina el rostro recordando el momento en el que se supo ganadora, ya que no pensaba que su relato era capaz de conquistar el primer lugar. La humildad es, ciertamente, una cualidad que dominan pocos de los mejores escritores, y Valeria lo es en gran medida.
A raíz de una asignación escolar, Valeria entrevistó a la periodista y guionista Mireya Tabuas, con quien mantiene una comunicación regular vía Whatsapp. De hecho, ella fue su referente a la hora de escribir y una de las primeras en enterarse del logro de Valeria.
Quiere seguir inscribiendo, aunque aún necesita domar la entrada de la inspiración. Le gustan las carreras relacionadas con el arte y, definitivamente, la escritura se perfila no solo como uno de sus grandes talentos, sino también como una de sus grandes pasiones.
Aún le queda tiempo para escoger. Hay que recordar que apenas tiene 12 años. Dedica su premio a todos los niños en situación de calle y espera que su denuncia llegue lejos, hasta que puedan escucharla aquellas personas con la capacidad de atenderla. ¿Qué mueve a Valeria? La esperanza con la que, en sus propias palabras, se abriga, se protege. Y bajo ella se escuda.
SEGUNDO LUGAR
ELEOMAR QUINTERO
11 años
Una escuela, una vida
Los estudios, desde hace mucho tiempo, han sido una parte de mi vida, especialmente los libros y la escritura. Todo eso me ha enseñado lo que sé, y hasta logré obtener una beca en un colegio privado, gracias al conocimiento adquirido.
Desde que comenzó la cuarentena, todo se complicó, pero las medidas preventivas y tecnológicas aplicadas hicieron posible tener clases virtuales, por lo cual estudiar en casa es una buena sensación, y de hecho, siento que he aprendido mucho más que cuando las clases eran presenciales.
Al inicio de la implementación de la educación online, no tenía los recursos necesarios para estudiar cómodamente, sin embargo, me esforcé para adaptarme y conseguí el recurso más importante que es el acceso a internet, sin dejar de lado la utilización de libros, ya que son la fuente más verídica de información, obteniendo como resultado de mi esfuerzo un promedio de 20 puntos en el primer momento pedagógico.
Es impresionante cómo un teléfono pasó de ser un dispositivo de comunicación, a una de las herramientas más indispensables de estudio virtual y, a pesar de mi corta edad, me enorgullece poder manejar estas aplicaciones tan informáticas.
Un aspecto interesante de la educación virtual es que sus posibilidades de aprendizaje son infinitas, dependiendo de la experiencia adquirida, la cual particularmente en mi casa abrió caminos para aprender o desarrollar diferentes actividades de estudio como mapas mentales, conceptuales, mixtas, cuadros sinópticos, comparativos e, incluso, pruebas online con límite de tiempo a través de una nueva página web del colegio donde estudio.
A pesar de que me acostumbro a las clases virtuales, siento que es importante e indispensable regresar a clases presenciales ya que hay actividades como las exposiciones, las cuales no son iguales hacerlas en público que en un video, además las exposiciones también ayudan a superar el miedo escénico.
No obstante, al volver a la escuela me gustaría que planificaran actividades como debates y charlas que hicieran todos los colegios por igual, para que aprendamos escuchando otros puntos de vista. Para ello, estaría dispuesta a compartir mi experiencia en este concurso con el resto de los alumnos.
ENTREVISTA
Eleomar Quintero convirtió su casa en una escuela
El niño, de 12 años de edad, es el ganador del segundo lugar en la categoría Relato del concurso La escuela que es mi casa (de 10 a 12 años), organizado por El Pitazo y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Cuenta que para estudiar desde casa, convirtió una habitación en salón de clases
Por: Edwin Urdaneta | Zulia | El Pitazo
Eleomar Anthony Quintero Pereira tiene 12 años y estudia séptimo grado. Cuando llegó la pandemia a Venezuela sintió pánico por no poder regresar a la escuela. Por eso, una vez en casa, decidió hacer un espacio en el que también pudiera aprender.
Una habitación de su hogar la convirtió en salón de clases: la mesa del comedor la puso en el medio y, en uno de los lados, acomodó una computadora, su biblioteca, los útiles y los materiales. Además, adaptó una pantalla del televisor para proyectar diapositivas y videos asignados por sus profesores de la escuela Elide Magali Medina de Mill, donde ganó una beca para estudiar porque mantiene sus calificaciones con 20 puntos.
Compitió en la categoría Relato, grupo de 10 a 12 años, en el concurso La escuela que es mi casa organizado por El Pitazo y la UNICEF. “Elegí el relato porque no soy tan bueno dibujando, ni con la poesía”, explica.
Parte del proceso por el que pasó, y cómo fue valorándolo, lo destaca de la siguiente manera en uno de los párrafos de su texto: “Es impresionante cómo un teléfono pasó de ser un dispositivo de comunicación a una de las herramientas más indispensables de estudio virtual”.
Eleomar Quintero se enorgullece de haber aprendido de todas las tecnologías para estudiar desde casa durante pandemia | Edwin Urdaneta
Comenta que fue su mamá, Tatiana Pereira, la que le habló del concurso y del cual se enteró por grupos de WhatsApp y por las redes sociales. Eleomar se motivó a participar justo porque quería describir cómo fue su proceso para acceder a las nuevas tecnologías y los conocimientos fuera del aula.
“Cuando supe que había ganado grité de alegría, reí y lloré de la emoción”, comenta.
Sobre la situación de salud que está viviendo el mundo considera que es una experiencia que va a dejar un aprendizaje importante: “La pandemia nos ayudó a aprender sobre nuestros errores y a valorar lo que tenemos. Mi recomendación a los niños es que sigan esforzándose cada día, porque la constancia rinde sus frutos”, dijo.
El estudiante dice que el premio lo dedica a los participantes y que le gustaría seguir contando más vivencias. Destaca que el apoyo de su mamá, que es profesora de secundaria, es fundamental para lograr sus metas: tener buenas calificaciones y poder graduarse, en un futuro, como médico pediatra.
Desde el sector rural La Cordillera, en el municipio Colón, estado Zulia, dice que después de la cuarentena el mundo será un lugar mejor donde las personas no sólo se cuidan del contagio de un virus letal, sino de aprovechar al máximo las oportunidades.
TERCER LUGAR
AGUSTÍN JIMÉNEZ
10 años
Una cuarentena de más de cuarenta días
En el inicio de la cuarentena comencé triste. No podía salir, no podía reunirme con mis amigos y solo estaba con mis padres, aunque nos divertíamos jugando videojuegos o juegos de mesa.
Poco a poco, empecé a estar calmado; luego, empecé a ver series de las décadas de los años 70 y 80 como Candy Candy, Marco, Meteoro, Mazinger Z y Fantasmagórico. Estas eran las comiquitas que veían mi papá y mamá, realmente son mejores que las de ahora. Mi hermana nos dio su clave de Netflix y también empezamos a ver series como La Guerras los Clones, de las Guerra de las Galaxias. Aprovechando el tiempo también tomé algunas clases de karate online para empezar a defenderme; hay algunos niños que se meten mucho conmigo por soy muy flaquito.
Pero no todo fue ver películas clásicas y series, también leí unos libros como Don Quijote y Veinte Mil Lenguas de Viaje Submarino con mi abuela, y me arriesgué a escribir. Así que, como práctica, también escribí un final alternativo de Don Quijote porque el final real no me gusto fue muy triste, así que escribí un final más bonito. Así, poco a poco, descubrí que tengo habilidades de escritor, según mi familia, y cree una saga de libros de un personaje inventado por mí que es un profesor venezolano de ciencias y arqueólogo, el Dr. Agustín, que es una especie de Indiana Jones, pero con la ayuda de muchos amigos. Hasta ahora he logrado escribir seis historias.
Antes de que se me olvide, quiero contar que en Halloween me reuní con mis amigos, pero tomando precauciones. Cuando empezó diciembre, quitaron la cuarentena en Venezuela, y empecé a bajar con mis amigos todos los días, bueno, no todos los días, solo me reunía con ellos los viernes, sábados y los domingos.
Con respecto a las clases, en marzo, cuando empecé nuevamente las clases en la computadora, había cosas que no podía entenderlas, pero mi papá me ayudaba mucho. Debo de confesar que no soy muy bueno en matemáticas y me cuesta mucho memorizar las cosas. Aun cuando no tengo clases todos los días, como cuando iba al colegio, debo de preparar muy bien las clases, ya que me pongo muy nervioso para hablar y a veces me da mucho miedo que me pregunten. Pero otras veces, cuando sé las repuestas, levanto la mano para participar, me siento un poco molesto cuando no me preguntan.
Realmente me cuesta imaginar cómo hubiese continuado las clases si no tuviésemos computadoras, teléfonos e internet. Para aprender hacen falta la ayuda de mis profesores, hasta pude hacer educación física siguiendo sus ejercicios o escuchando los consejos y recomendaciones de los otros.
Así, a partir de noviembre, mejoré mis tareas y empecé hacer las cosas solo. Durante las visioconferencias, así le dicen los franceses, ya que por cierto yo estudio por cierto en el Colegio Francia que está en La Carlota cerca de Los Dos Caminos, a veces había problemas de conexión y a veces me preguntaron cosas que no podía entender, pero las empecé a comprender.
Finalmente, terminé mis clases el viernes pasado, bueno, hace unos días, y ahora voy a celebrar Navidad y Año Nuevo y, bueno, ya veré que haré cuando regrese a clases. También yo había hecho un árbol de los valores para mi escuela y me regalaron una taza como recuerdo.
¿Cómo me siento aprendiendo desde casa? Bueno, desde que estoy en cuarentena me ayudó mucho. Yo aprendí cómo resolver las cosas. Aunque mi papa me ayudaba mucho, a veces, yo pude hacer las cosas solo y, la verdad, sé que para muchos la cuarentena ha sido algo terrible, pero me puso genial porque ya las cosas las estoy dominando. Me encanta, y estoy feliz; me siento genial.
¿Cómo será mi regreso a la escuela? Bueno, la verdad es algo incómodo, porque ya hace tiempo que no voy a la escuela. Bueno, es algo que iba bien, solo que es que es muy imposible explicarlo, pero lo que quiero decir es que cuando vuelva clases no sé qué pasará. A lo mejor, las cosas serán diferentes, aunque la verdad estoy muy preocupado, espero sentirme bien cuando vuelva a clases y espero encontrarme con mis amigos del colegio y mis profesores.
No sé, tal vez yo vaya a la escuela en metro o en auto, pero no sé, bueno yo espero que sea en auto porque en metro yo no puedo ir, me provoca incluso hasta desmayos. Será mejor en auto, bueno, espero, porque no sé si mi papá tenga suficiente dinero como para pedir un taxi; pero bueno, lo que yo sé es que regresaré a clases con auto.
¿Qué puedo hacer para que ese reencuentro con la escuela sea de la manera que imaginas? Cuando regrese al colegio, me imagino que los profesores van a querer verificar que realmente he estado aprendiendo. Ellos están muy pendientes en las clases; que nuestros padres no nos ayuden. Así que por eso me estoy esforzando y repasando todo lo que me han dado, realmente quiero que se den cuenta de que sí estoy aprendiendo.
ENTREVISTA
Agustín Jiménez: “Me gusta escribir lo que imagino”
El niño que logró el tercer lugar del concurso La Casa que es mi Escuela en la mención Relato, modalidad de 10 a 12 años, se confiesa un enamorado de los libros, pero sobre todo, de escribir cuentos sobre aventuras. No le gusta para nada este tiempo de pandemia porque lo apartó de sus compañeros de estudio y amigos
Por: Griselda Acosta | Distrito Capital | El Pitazo
La abuela de Agustín Jiménez no dudó ni un segundo en anotarlo en la primera edición del concurso La Escuela que es mi Casa, organizado por El Pitazo y UNICEF, debido a su facilidad de escribir cuentos. Agustín está emocionado, agradecido por lograr el tercer lugar en la mención relato con el texto Una cuarentena de más de cuarenta días.
Cuenta su abuela, Nidia Luna, que a los pocos minutos de comentarle sobre este concurso lo vio con su cuadernillo sentado en la mesa de la sala escribiendo: "Cuando escribe es impresionante, se transforma, se queda aislado en su mundo de fantasías".
Con 10 años de edad nos cuenta que estudia en el Colegio Francia, que nació el 9 de abril de 2010 en Caracas. Se confiesa un enamorado de la lectura y la escritura. Su regalo ideal son los libros de cuentos y ficción, así como cuadernos y lápices para escribir todo su mundo mágico de personajes increíbles y de aventuras interminables.
Con ojos expresivos, de trato amable y de contextura delgada, este caraqueñito no descansa en compartir todo lo que sueña hacer cuando sea adulto. Tanto que su padre no puede aguantar muchas veces la risa en cada nuevo invento, en cada sueño que menciona. No le teme a la burla de los que le dicen pequeño y flaco, sabe que los que critican y se meten con él es porque tienen problemas en su hogar. Su seguridad personal es ejemplar.
Sentado en el mueble, comenta más cómodo, que gracias a su madre, Érika Álvarez y a la ayuda de su padre, Gustavo Jiménez y por supuesto de su abuela puede estudiar en el Colegio Francia; allí recibe todas sus materias en el idioma Francés. Vuelve a recordar la falta que le hace su escuela, el compartir con sus compañeros de clases. Ve a esta pandemia como un enemigo difícil de vencer, como ese dragón que escupe fuego de las historias del Dr. Agustín.
–¿Agustín pero cómo fue esa cuarentena de más de cuarenta días que narraste en tu relato?
–Fue un tiempo en casa con muchas emociones. Que me costó describir. No podía creer que íbamos a estar encerrados tanto tiempo. Porque yo creía que iban a ser sólo 40 días. Me puse triste porque ya no iba a la escuela. Cuando empezamos las clases a distancia, usando el Zoom no entendía mucho. Gracias a la ayuda de mi papá avancé y ahora ya hago mis tareas solo.
Nuestro entrevistado piensa que los concursos para niños y jóvenes que los invitan a escribir, dibujar y hacer poesías deben ser más en el país. Cree al igual que sus padres que estas actividades son necesarias porque apartan a los niños de las computadoras y de los celulares.
Pero Agustín no se va quedar sólo con el relato que le permitió el tercer lugar. Afirma muy seguro que va seguir escribiendo cuentos de historias, de aventuras porque ama escribir todo lo que imagina, "tengo muchas ideas que plasmar en mi cuaderno, cuando se me acaban veo películas y leo".
Nuestra promesa de escritor nos sorprendió con un adelanto de un cuento que prepara actualmente, las aventuras del Dr. Agustín: después de superar un sinfín de inconvenientes el Dr. Agustín logra rescatar La Gioconda, pintura robada de un famoso museo de Europa. Con la cara llena de arena y ceniza, el audaz científico aventurero pudo escapar de la venganza de los ladrones de esta obra de arte, al tomar el tren Arikawa, aunque todavía no sabe si su vida está a salvo porque le toca superar el trayecto del bosque de los animales invisibles...
–¿Tu relato, a quién quieres que llegue?
–Me encantaría que lo vieran todos los que organizaron el concurso y me gustaría también que muchos niños y jóvenes lo vean, así como mis amigos y mi familia que está en el exterior.
Este muchacho de cuentos increíbles se muestra sensible, afectado, cuando sabe de niños que la están pasando mal por falta de comida y techo. Recuerda que hay muchos problemas, por ello tiene planeado hacer una compañía de robot para resolver todos los problemas del país así como la contaminación de las playas.
El premio por su tercer lugar en Relato, modalidad de 10 a 12 años, le gustó mucho, se enteró por una llamada de los organizadores cuando le informaron que ya estaba formalmente inscrito en el concurso, "los libros, los cuadernos, todo el premio fue un buen regalo", celebra.
Para Agustín los libros son una fuente que impulsa su creatividad. Le dan más ideas, más palabras, más ánimo y motivación.
GRUPO 2
–13 a 16 años–
PRIMER LUGAR
JHOSMARY FLORES
16 años
Nos volveremos a ver
Generalmente invertimos más de diez años para nuestra formación escolar y, durante ese tiempo, siempre tenemos días en los que queremos dormir un poco más o quedarnos ese día en casa. Tal vez porque estamos cansados, tal vez porque tenemos sueño y, en algunas ocasiones, porque está lloviendo, pero jamás, ni en nuestros más remotos pensamientos, se nos cruzó la idea de que un día íbamos a desear con muchas ansias volver a nuestra escuela, ver a nuestros profesores y compartir los más simples momentos con nuestros amigos.
Un día salimos de clases, y hasta ahora no hemos vuelto y no sabemos cuándo retomaremos nuestras actividades escolares presenciales. Sin embargo, mientras el tiempo pasa, hemos tenido que adaptarnos a nuestra nueva realidad, a solo darnos abrazos virtual o solo oírnos a través de la distancia. Hemos aprendido lo importante y significativos que son nuestros compañeros de clases que, sin darnos cuenta, forman parte de nuestra familia educativa, aquellos con quienes compartimos mas de seis horas al día durante mas de diez años. Pero impresionantemente, hemos percibido otra cosa, lo importante y necesario que son nuestros profesores en nuestra formación y crecimiento profesional. Nunca nos habíamos tomado el tiempo necesario para detallar la dedicación y el entusiasmo que ellos ponen al enseñarnos. Y ahora que nos toca ser nuestros propios proveedores de conocimiento, nos damos cuenta de lo valioso que es su trabajo.
En este tiempo, hemos estado en casa luchando para aprender cosas que creíamos saber, como un simple ejercicio de matemáticas y el correcto arte de la investigación documental o cosas como el manejo adecuado de la tecnología. Nos damos cuenta de lo débiles y vulnerables que somos y de lo dependientes que hemos sido de nuestros instructores.
Mientras hemos estado estudiando en casa bajo nuestra propia supervisión, y a veces bajo la supervisión de nuestros padres, hemos llegado a sentir cierta libertad, pues sentimos que tenemos el control sobre nuestras actividades. Lo que no sabíamos es que está “libertad" viene con una dosis fuerte de responsabilidad que hemos tenido que aprender en periodos de tiempos cortos para poder cumplir con todas nuestras actividades.
Han sido días difíciles, duros y de mucho estrés, pues hemos tenido que sufrir todo un proceso de adaptación . Mas aun, hay una tenue luz de esperanza que se mantiene encendida todos los días en nuestra cabeza, es el hecho de sentir que algún día volveremos, pero. ¿Cuándo será que todo esto va a pasar? ¿Cómo va a ser cuando esto pase? ¿seremos los mismos después de todo esto? ¿hemos aprendido algo de toda esta situación?. Son muchas las interrogantes que surgen, pero son muchas mas las posibles respuestas a ellas.
Yo siempre pienso: “cuando todo esto pase seremos felices y estaremos juntos de nuevo disfrutando de nuestra compañía invaluable, aprovechando al máximo el conocimiento de nuestros profesores y teniendo la dicha de abrazarnos demostrándonos cariño fraternal”
Sin embargo, una de las interrogantes que mas vuelta da en mi cabeza es: ¿seremos los mismos después de esta experiencia y esta situación que hemos vivido? Tal vez no, muchos de mis amigos han perdido a sus seres queridos en esta complicada situación, muchos otros han perdido cierto interés en su educación y, para otros, fue complicado adaptarse al nuevo mecanismo de estudio que estamos teniendo y abandonaron las clases. Nosotros somos 5to año de Bachillerato, así que tal vez no nos volvamos a ver dentro de un aula de clases; tal vez para cuando todo esto termine, ya seamos bachilleres de la República y no sea necesario regresar, quizás no sintamos ese calor de amigos y hermanos que hay en nuestro salón. Pero, si eso ocurre ¿Qué vamos a hacer? ¿Será que simplemente todo va a acabar allí? ¿Será que es el fin y que no vamos a volver a ser ese grupo de adolescentes rebeldes que jugaba y gritaba en los corredores del Jesús Bandrés? No lo sé, en este momento ninguno de nosotros lo sabe, pero lo que si sabemos es que debemos estar preparados para volver y mantener siempre nuestra esperanza latente de que aquel ultimo día de clases que estuvimos todos juntos, no fue nuestra despedida.
ENTREVISTA
Jhosmary, una ganadora del concurso de UNICEF que sueña con ser escritora
Jhosmary Flores, de 16 años, ganadora del primer lugar en la categoría relato del concurso La escuela que es mi casa, cuenta que ahora investigará mejor sus tareas y contactará a sus familiares migrantes gracias a un celular inteligente y un dispositivo wifi inalámbrico. Ambos son premios obtenidos por narrar su experiencia desde casa en la parroquia rural Lezama, del municipio Monagas, estado Guárico, durante la pandemia por COVID-19
Por: Pedro Izzo | Guárico | El Pitazo
Restan tan solo cinco meses para que Jhosmary Flores culmine el quinto año y se gradúe de bachiller de la República Bolivariana de Venezuela. Tal vez en este tiempo no vuelva a reencontrarse con sus amigos en los pasillos del liceo Jesús Bandres, en la parroquia Lezama del municipio Monagas, estado Guárico. Mientras tanto, sus estudios continúan en casa. Los escasos recursos no son excusas para la joven, que vio en el concurso La escuela que es mi casa la oportunidad de mostrar su talento y así obtener un premio que le permitiera un mejor desempeño académico.
“Me siento muy contenta, porque de verdad lo necesitaba”, se escuchó a lo lejos a Jhosmary antes de que se cayera uno de los 18 intentos para sostener un contacto telefónico con la ganadora del concurso. Finalmente, la llamada 19 fue la vencedora. Con la misma inteligencia que relató su experiencia de estudio durante la pandemia, Jhosmary ubicó un espacio libre de distorsiones, y así, con voz fina y firme, sin tanto titubear, recordó la emoción de sentirse ganadora.
“Yo no estaba en la casa. Llamaron mientras yo buscaba unas tareas para investigar, y cuando llegué mi mamá me recibió con esa noticia. Fue muy emocionante”, recuerda la adolescente de 16 años, quien agradeció a su madre, Cándida Flores, a su abuela, su hermana y su tía por creer en su talento y apoyarla en todo momento.
Luego de leer Cien años de soledad e inspirarse en la obra de Gabriel García Márquez, Jhosmary decidió incursionar en la categoría relato del concurso promovido por El Pitazo y UNICEF. “Quería probar mi capacidad y ver si tenía el talento para escribir un relato, que es lo que más me apasiona”. Confiesa que no fue fácil adaptarse al aula de clases en casa, entre otras razones porque en el día a día sortea una lucha constante con la débil señal telefónica mientras hace uso del celular de su mamá para cumplir con sus deberes académicos.
Pese a no tener la certeza de volver a las aulas del liceo Jesús Bandres, donde solía compartir con su primo Michael Flores y demás compañeros, esta novel narradora visualiza desde ya sus opciones universitarias. Ella adelanta sus preferencias, ubicadas entre el sueño de convertirse en una escritora y una dura realidad económica que afronta junto a sus familiares, mientras estudia con disciplina y dedicación: “Me gustaría una carrera para ser escritora, pero como donde yo vivo eso no es muy común, la otra carrera que me gustaría estudiar es medicina”.
El premio
Jhosmary suena calmada tras la bocina del celular que le prestó una vecina para lograr esta entrevista, como reconocimiento a la victoria que obtuvo con el relato Nos volveremos a ver. Mientras estas líneas representan un premio para el logro de la joven de Bellas Brisas, en Lezama, ella no pudo ocultar la alegría y las ansias de recibir su otro gran premio, con el cual evitará molestar a su mamá y a su vecina para recibir llamadas y hacer las tareas. “Me gané un teléfono y un aparato de wifi. Me siento muy contenta porque de verdad lo necesitaba para investigar, hacer mis evaluaciones y comunicarme con mis seres queridos que están fuera del país”, exclamó con energía en su voz.
Antes de despedirse, Jhosmary envió un mensaje a todos esos jóvenes estudiantes que, como ella, tienen dificultades, pero sueñan en grande: “Sigan adelante, estudien mucho para lograr lo que desean. Y aunque no es fácil, cayendo también se aprende, y si no te propones realizar la meta, no vas a saber las capacidades que tienes”, dijo con absoluta firmeza la joven vencedora.
SEGUNDO LUGAR
ELÍAS HAIG
15 años
Escalas (o biografía de un sueño)
Es una noche lluviosa. El a simple vista infinito titiritar de las gotas, al golpear las ventanas con una fuerza que hace cientos de generaciones intrigó a Herón, ahora es el tempo de las preguntas que sacuden mi cabeza. Las dudas que no dejan de azotar mis pensamientos y de jugar con mi intelecto, pero también las mismas dudas que sé, en el fondo de mi corazón, que no tienen respuesta. Al menos una única respuesta.
Einstein, el famoso físico que a pesar de poder tener el mundo a sus pies fue capaz de rechazar los impulsos de su ego, decía que “la enseñanza ha sido siempre el medio más importante de transmitir el tesoro de la tradición de una generación a la siguiente”. Él, que sufrió las consecuencias del latigazo que fue la gripe española para la civilización de inicios del siglo XX, mientras saboreaba las mieles del éxito, jamás dudó en defender con el lápiz y la mente, sus armas más poderosas, la importancia de la educación. ¿Qué diría él frente a esta situación?
¿Qué opinaría él de la falta de empatía, de la mediocridad de muchos frente a la educación a distancia? ¿Qué diría Einstein sobre los profesores que se niegan a apoyar a sus alumnos en este proceso, y cómo alabaría a aquellos que no han dudado en entregarse en alma y mente a la loable misión de no dejar que la pandemia interrumpa el crucial proceso de humanización que solemos llamar educación?
Mi profesor de Historia siempre dice que no debemos pensar en lo que podría haber pasado, sino estudiar lo que pasó, pero es inevitable que sentirse desarmado frente a la muralla aparentemente infranqueable que significa la educación a distancia, lleve a tener pensamientos alejados de la razón, y más cercanos al alma de lo que el sentido común y la prudencia suelen sugerir.
Por desgracia o fortuna, mi mente recuerda claramente la sucesión de hechos que rigió mi vida antes de la dramática tormenta que fue la pandemia. Recuerdo tan bien esa vez que traté de crear el piropo perfecto o el sabor de la arepa que cené esa noche, en la que estaba estudiando para una actividad que debía empezar aquel fatídico 13 de marzo que llego, incluso, a dudar de la veracidad de tales recuerdos que atacan mis sentimientos como un virus a una célula. Que atacan a mi memoria como una pandemia a una normalidad que creía imperturbable.
No han faltado las mañanas en que, sentado frente a mi computadora tratando de concentrarme en la estructura del átomo, termino reflexionando sobre por qué en el examen de biología que tuve una semana antes del decreto de la cuarentena no respondí bien la ubicación de las papilas filiformes.
No han faltado las mañanas, también, en que dejo de pensar en lo que pasó y empiezo a construir incomprobables teorías sobre de qué hablaré con mi mamá mientras regreso del colegio en ese mítico primer día de clases tras la pandemia.
Charly García dijo, en su legendaria canción “Los Dinosaurios”, (que suena mientras escribo estas letras tan desesperadas que me hacen dudar de la factibilidad de tal emoción), que “cuando el mundo tira para abajo, es mejor no estar atado a nada”. Pero, por más aleccionador que sea tal verso o por más de acuerdo que esté con él, sé con toda seguridad que jamás podré desatarme de aquello que ahora encadena mis emociones y acosa a mis pensamientos, pero que muchas veces me ha dado alas y me ha dejado saborear la bebida más deliciosa que alguna vez he probado: el estar satisfecho con uno mismo.
Eso que ahora es un policía que me encadena y ha sido, muchas veces, el avión que me lleva hacia los destinos más paradisíacos, es la educación. La educación, ese proceso que ha permitido descubrirme, pero que hace que sepa, con toda certeza, que jamás terminaré de comprender la turbulencia que suele haber en mi mente. La educación, esa niña en la que no puedo dejar de pensar, pero sé, con toda certeza, que jamás podré saber realmente quién es.
La educación, esa doncella que en su perfección ha prevenido guerras de horror inimaginable para mentes humanas, pero que también ha provocado que aquellos exploradores que se han embarcado en la infinita misión de conquistarla terminen enloqueciendo antes de llegar siquiera a la mitad de su viaje.
Siempre me ha parecido interesante hacer teorías. Creo que ellas son una parte crucial del indispensable proceso de reflexión que es el método científico, pero algo que me atormenta de ellas es que a veces hay que hacer sacrificios para comprobarlas. Y, peor aún, que a veces no está en mis manos su comprobación.
Estos diez meses de encierro han sido, irónicamente, la confirmación de mi opinión con respecto a las teorías. Desde el primer día he insistido en contaminar, o quizá endulzar, mi cerebro de información sobre el regreso a clases como quien, obsesionado con una canción, empieza a formular teorías sobre el significado de su letra y a coleccionar fotografías de quien la compuso, sabiendo que tales prácticas probablemente jamás terminen en nada.
Creo que la primera vez que leí sobre las drásticas medidas que se han tomado alrededor del mundo para prevenir la difusión del COVID-19 fue en enero, cuando me enteré de que en China los colegios empezaban a cerrar y a limitar sus actividades para proteger a sus estudiantes.
Acostumbrado a la típica exageración de ciertas personas, al reportar situaciones que no son del todo agradables, pensé que era un sencillo brote de una enfermedad completamente prevenible y que nuestra tecnología moderna y la ciencia, en la que tanto confío, nos salvarían. Pensé, también, que ese virus jamás llegaría a Venezuela. Que lo lamentablemente aislados que estamos del mundo entero sería, por una vez, nuestra arma secreta para protegernos de la propagación de un virus.
Y qué equivocado estaba. Menos de dos meses después, estaba desesperado tratando de llamar a mi mamá, preguntándole si sabía por qué se decía que iban a cancelar las clases. Y, peor aún, diez meses después estoy tirado en mi escritorio desconfiando de todo: arropando mis deseos y sueños en un pesimismo que, si bien carcome mi felicidad, al menos me protege de decepciones.
De las decepciones a las que estoy tan acostumbrado: como la de pensar que sólo estaríamos sin clases unos 40 días; o como la de pensar que por no haber las condiciones adecuadas para ver clases online, estas serían ligeras y comprensivas.
O la decepción que me llevé los primeros días de cuarentena, al pensar que jamás perdería lo que más amo: ir a mi escuela.
Como escribí más arriba, una de las actividades en las que más he invertido –¿o quizá perdido?– mi tiempo en esta cuarentena es teorizando cómo será el regreso a clases. No sólo he tratado de informarme sobre cómo han hecho los países que han regresado a la educación presencial para que los casos de COVID-19 no aumenten exponencialmente, sino que también he llevado mis sueños de volver a saludar a mis amigos al llegar al colegio por primera vez, tras la cuarentena, al punto, de crear una lista de reproducción con todas las canciones que quiero escuchar en el trayecto entre mi casa y el colegio.
Sin embargo, tras tanto tiempo de reflexión, creo que sólo puedo imaginarme el regreso a clases presenciales como algo duro. ¿Por qué duro? Porque no será lo mismo. Porque los exámenes ya no serán iguales, porque ya no seré de los más pequeños de bachillerato, como antes de la pandemia, sino que estaré más cerca de graduarme que de haber entrado a primer año. Porque nosotros ya no seremos iguales.
Tengo sólo quince años, pero creo que algo que he aprendido con el paso de los años es que pensar en el futuro y poner demasiadas expectativas en él es una pérdida de tiempo, mientras no hagamos nada para cambiarlo. ¿Regresaremos a clases pronto? No lo puedo saber. ¿Cómo será ese regreso a clases? Tampoco lo puedo saber a ciencia cierta, pero sí sé que una vez podamos regresar a la educación presencial nosotros, los alumnos, tendremos una oportunidad excelente de demostrar nuestra capacidad cívica. Tendremos la oportunidad de demostrar que no necesitamos a nadie para, racionalmente, seguir las medidas sanitarias y negarnos a un regreso a clases irresponsable, en el que protegerse del COVID-19 sea imposible.
Ahora, algo que hay que considerar, es que una cláusula del contrato que firmamos al tomar una oportunidad de demostrar algo, es que esa oportunidad también puede demostrar lo contrario.
Lamentablemente, regresar a clases no es algo que dependa de nosotros. Pero una vez que podamos hacerlo, será responsabilidad nuestra dar una lección de civilidad. Será responsabilidad nuestra hacerle saber al resto de personas que los niños no sólo seguimos instrucciones, sino que también sabemos seguir a la razón, esa vela que, desde nuestras mentes, nos permite iluminar el planeta.
El 2020 ha sido de cosas impredecibles, y el regreso a clases seguramente será igual de impredecible. Teorizar sobre supuestos es perder el tiempo, pero pensar cómo podemos, desde nuestra posición de alumnos, ayudar a que ese regreso sea efectivo no sólo es válido, sino que es una responsabilidad.
No perdamos el tiempo pensando qué queremos: invirtámoslo pensando cómo lo podemos lograr. Aunque no podemos definir cuándo regresaremos a clases, sí podemos definir si queremos ser ejemplo de lo bueno o de lo malo de ese regreso.
Seamos ejemplo de lo bueno.
ENTREVISTA
Elías Haig: “No hay un espacio donde se escuche a los alumnos”
Con tan solo 15 años, el estudiante altomirandino se hizo acreedor del segundo lugar de la categoría relato en el concurso La escuela que es mi casa, convocado por El Pitazo y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF)
Por: Pola Del Giudice | Miranda | El Pitazo
Con un cálido y respetuoso saludo comienza el encuentro con Elías Haig en la oficina de su padre, un laboratorio dental de amplia trayectoria en la capital mirandina. Él es un joven altomirandino que con tan solo 15 años se hizo acreedor del segundo lugar de la categoría relato en el concurso La escuela que es mi casa, convocado por El Pitazo y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).
Con un tono de voz pausado y claro, Elías se sienta en el mueble de la oficina principal. El tapabocas impide ver su sonrisa, pero sus ojos muestran la alegría del reconocimiento. Muestran cómo su espíritu joven se apasiona por la escritura de textos y la lectura de fantasía épica, como la del escritor británico J. R. R. Tolkien, de quien se confiesa admirador. Es además creyente del método científico, del poder de la educación y del derecho a la participación.
“Me enteré del concurso a través de Centro Comunitario de Aprendizaje (Cecodap), donde he participado en distintas actividades. Me gusta estar en eventos donde pueda mostrar y alzar mi voz. Creo en el derecho a la participación y creo en la importancia de aprovechar todas las oportunidades para hacer oír nuestra voz, lo que pienso que es prioridad”.
Elías tiene un blog personal que alimenta con vivencias propias de su juventud y que ha crecido durante la pandemia, porque considera que la escritura es una manera de expresar sus sensaciones y emociones en esta cuarentena que nos ha puesto a prueba. “Escribir en mi blog es una actividad que comparto con las clases online, que me apasionan mucho”.
La noción de la procrastinación es el título que da la bienvenida a su blog, en el que el inquieto adolescente deja constancia de que es admirador de Carl Sagan. “Carl Sagan tiene su fan en Venezuela”, reza un tuit de su autoría (en la cuenta @EliasHaig) que él incrustó en su página virtual. No es difícil adivinar que su deseo de ser astrofísico algún día y su creencia en el método científico se deben a la influencia del astrónomo norteamericano, autor del archifamoso libro Cosmos. El deseo comunicacional de Elías lo llevó, además, a crear Un pódcast azul pálido, un programa por Youtube.
Sobre los concursos piensa: “Son oportunidades excelentes y me parece que se deben apoyar porque es un privilegio estar allí. Yo me sentí motivado a participar en La escuela que es mi casa porque veo que hay foros donde participan papás y profesores, pero no hay un espacio donde se escuche a los alumnos”, puntualizó.
Y del premio pasamos al contexto de las clases online, durante las cuales Elías ponía su álbum musical favorito: Clics Modernos de Charly García. “Aunque hay días en que no te sientes bien, esa música fue mi combustible para expresar lo que se vive en casa, estudiando”.
Para Elías ya es normal sentir el vacío por no ir a la escuela y así lo plasmó en el relato con el cual concursó. Allí señala cómo la pandemia, como todos sabemos, ha limitado drásticamente la posibilidad de vivir como se hacía hace tan solo un año. “Te sientes desmotivado por la manera en que te estás desenvolviendo, pero siempre es necesario mantenerte al frente. Seguir adelante tiene que ser la prioridad”.
Cuando supo que había ganado no lo entendía. “Estaba muy dormido y vi que era un número extraño el que repicaba en mi teléfono. Como no lo conocía, decidí preguntar por mensaje de texto quién era. Me dijeron que era del concurso, que había ganado el segundo lugar, pero aún no lo asimilaba”. Sus padres se emocionaron y todos sus familiares hicieron una celebración dentro y fuera del país.
El joven liceísta dedicó el relato y sus escritos a la escuela, un espacio que extraña en medio de la pandemia y al cual espera regresar pronto.
TERCER LUGAR
JOSBELY FERNÁNDEZ
13 años
El sueño de Valeria
Valeria es una niña de 9 años que vive en un lugar ubicado en Jalaala (región de la Alta Guajira) llamado Kasusain. Cursa cuarto grado en la escuelita de su ranchería, donde es muy apreciada y reconocida por su habilidad en el arte del tejido, como por su gracia y destreza como bailarina del yonna su danza tradicional y su gran repertorio de cuentos, mitos y leyendas con que divertía a sus compañeros.
Un día, la maestra les dio la trágica noticia de que a partir de ese momento las clases presenciales estaban suspendidas por tiempo indefinido por causa de la terrible enfermedad del COVID-19 que aflige a toda la humanidad. También informó que las actividades académicas serían enviadas a través del internet. La niña se sintió muy triste porque no contaba con este medio, y comprendió que ya no podría compartir con sus compañeritos y compañeritas momentos de juegos y tareas escolares juntos.
Desde entonces, la vida de Valeria tuvo otros colores; necesario fue organizarse. Todos los viernes iba con su hermano mayor Utai (Roca), él único que tenía teléfono de la familia, a alquilar internet para bajar todas las tareas escolares de la semana y así realizarla en los días siguientes. Fue a partir de este momento en que sus abuelos, su mamá, su papá y sus hermanos mayores se convirtieron en sus maestros, compartiendo con ellos alegrías, inquietudes y muchos aprendizajes. En sus tiempos libres se dedicaba a atender a los ovejitos pequeños, a tejer con su abuela, a darle de comer a sus gallinas, porque sabía que les sería de gran utilidad, porque ya había vendido dos de ellas para el pago de la conexión wifi.
Una mañana, a la hora de pastorear los ovejos, su mamá le dijo a Valeria que los arreara hasta la pradera para que pastaran, los dejara allá y se regresara rápidamente para ayudar en los quehaceres de la casa.
Después de ayudar a su mamá, se acostó en un chinchorro que estaba colgado bajo la fresca enramada de palma, donde levemente se durmió. Abrió sus ojos y se levantó, ya su padre había traído de regreso los ovejos, por lo que fue directo a contarlos y notó que faltaba uno de los pequeños que había nacido hacía solo tres semanas. Se preocupó y salió a buscarlo por los alrededores, en su búsqueda llegó por las áreas de la escuela, a la cual noto reluciente, estaba recién pintada, vio que había mucha gente allí, por lo que decidió, llegar para averiguar. Pudo observar entonces que algunas personas sembraban plantas, otros inflaban o colgaban globos, las madres colaboradoras entraban y salían muy prestas de la cocina, el director y el profesor de Educación Física colocaban músicas folclóricas.
En medio de este ambiente de fiesta, un señor vestido elegantemente con el atuendo típico de los ancianos wayuu, y que estaba parado debajo del frondoso cují que está en el frente de la escuela expreso a viva voz:
–¡Todo está listo para que regresen los niños y niñas a la escuela!
En ese momento Valeria escucho una bulla que provenía desde el horizonte de la escuela. Cuando ella se volteó a mirar pudo darse cuenta que eran todos los estudiantes que venían con sus corazones cargados de ilusiones, de sueños y metas. Entraron contentos con sus mochilas repletas de útiles escolares e iluminaron la escuela de alegría, de energía, de vida…
Valeria se asustó mucho, al punto de que se le aceleró el corazón al darse cuenta de que estaba vestida con una mantica y cotizas de estar en casa, que llevaba puesto un sombrero de paja y la cara pintada con paipai (protector solar a base de hongo). Ella en su desesperación salió corriendo a su casa mientras gritaba toda asustada:
–¡Esperen, esperen! ¡Por favor, no comiencen sin mí y sin mis padres!
En el momento de mayor desesperación, Valeria se despertó. Había sido solo un sueño, donde soñó que se había despertado, estaba muy sudada y con lágrimas en sus ojos. Su abuela, que la observaba, se le acercó preguntándole que le pasaba. Ella le contó en detalle lo que había soñado.
La abuela que era una Alüüi (persona con capacidad visionaria), interpretó el sueño diciéndole que era un mensaje de Taata Ma'leeiwa (Dios Padre) revelando que es tarea de docentes, representantes, comunidad y sociedad en general poner bonita la escuela para el regreso de los estudiantes y a estos les tocaba poner ánimo y entusiasmo. A Valeria le gustó mucho la interpretación que le dio mamá grande, porque sí, eso es lo que le tocaba aportar. Eso le sobraba. FIN
ENTREVISTA
La joven wayuu que deja volar su imaginación para escribir
En la comunidad donde vive pasan días sin servicio eléctrico. Ese momento lo aprovecha para leer, escribir y soñar. Escribió un relato sobre su hermana basado en la cosmovisión wayuu de los sueños que pueden contar el pasado o el futuro
Por: Eira González | Zulia | El Pitazo
Josbely Valentina Fernández es wayuu y tiene 13 años, vive en el municipio Guajira del estado Zulia y su creatividad y habilidad para escribir la ayudaron a conseguir el tercer lugar en el concurso La escuela que es mi casa, categoría Relato, organizado por El Pitazo y Unicef en donde participaron niños y jóvenes de toda Venezuela.
En medio de la aridez de la tierra de la Guajira, cujíes y el fuerte viento proveniente del mar, una comunidad pequeña del municipio, conocida como Campamento, es el hogar de Josbely, la tercera hija del matrimonio entre Katiuska y Belén Fernández. Esta joven talentosa aprovecha las horas sin electricidad, que son bastantes, para leer y escribir.
“Voy a seguir escribiendo porque es muy divertido. Me ayuda a dejar volar mi imaginación”, expresa Josbely al ver que posee la habilidad para crear textos, según ella heredada de su papá, quien también escribe poemas, mitos y leyendas.
Destaca que en medio de esta pandemia, escribir y leer son sus opciones para distraerse y mucho más en un sitio como la Guajira: alejado de la ciudad, silencioso; solitario.
Para este relato se inspiró en su hermana menor, Valeria, de 9 años de edad: “Me parece que es una niña muy talentosa, le gusta leer y cantar”. Creyó que podía escribir sobre ella porque es un ejemplo de todo lo que un niño debe hacer en la Guajira para estudiar. Cuenta que va a su escuela, junto a su hermana, en mototaxi y, de regreso, camina una hora para ahorrar el pasaje y así ayudar a sus padres.
Josbely Fernández viste con su manta y sus cotizas wayuu, dice que heredó su entusiasmo para escribir de su padre | Eira González interna
Para el concurso, escribió sobre un sueño que tuvo su hermana Valeria; lo contó a su abuelita y ésta se lo interpretó según su cultura Wayuu. "El sueño es significativo para los Wayuu. Se toma con mucho respeto porque puede hablarnos sobre el pasado o el futuro", dijo Josbely, quien a su corta edad entiende la importancia de aprender y valora el esfuerzo de sus padres.
Relató que para pagar la conexión en una zona wifi, muchos de los representantes tuvieron que vender sus gallinas, ovejos y cochinos porque es la única forma de que los jóvenes investiguen sus actividades: "Aquí es muy difícil estudiar, a veces estamos uno o dos días sin luz".
Cuando su mamá le dijo: "Llamaron del concurso, ¡ganaste!" dice que saltó de la alegría, creyó que con tantos niños talentosos, no lo lograría y en medio de su risa afirmó: "Pensé en el premio".
Con una capacidad para contar, describir y relacionarse, esta joven cautiva a quien la escucha. Su sencillez y manera de ver su entorno la hacen encantadora. Sueña con el pronto regreso a clases, el paso de esta trágica pandemia y una vida tan normal como la que llevaba. Aunque es hábil con las redes sociales y la tecnología, lleva marcada su cultura de manera natural, viste de manta y cotizas.
Josbely envió un mensaje para todos los niños y jóvenes de Venezuela: “Si les gusta algo luchen por alcanzarlo. No hay que tener miedo a los sueños”.
